El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

No codificó la orden; la limpió de ornamentos.

Un juramento, pensó, no merece retórica cuando pesa sobre vidas.

Hundió la punta de la pluma con un gesto seco y dejó que el trazo final se secara al roce del viento.

Luego dobló el papel, lo plegó en tres y lo selló con una pequeña bola de cera que llevaba junto a la medalla de la casa.

El sello quedó imperfecto; no le importaba la belleza, sino la marca.

En la penumbra apareció el mensajero que había llamado al toque.

Un muchacho del valle, capas remendadas, ojos alertas; conocía rutas y posadas y sabía qué puertas se cerraban al anochecer.

Isabel no le dio discursos; le entregó la nota y la medalla como prueba de comisión.

Le señaló con un dedo los nombres que debía ver primero: Mateo en la galería, luego el veterano Diego Vargas en la armería.

Le habló en voz baja, despacio, como quien enseña un gesto de bordado.

—Entregad esto al señor de la guarnición antes del primer toque de guardia —dijo—. No marchas nocturnas: patrullas visibles, dos testigos por mensajero, ningún gesto que parezca ocupación. Volved y contad la hora de entrega.

El muchacho hizo una inclinación seca, guardó el papel bajo la capa y se marchó como quien sale con un latido ajeno en la boca. Isabel le quedó mirando hasta que la silueta se hundió entre los tejados y el último resplandor del pueblo se cerró tras él.

Se quedó sola otra vez con el frío y la piedra.

Sacó de la faltriquera una pequeña caja de nogal que la costumbre familiar le había obligado a no nombrar en voz alta: contenía las medallas de comitiva menores, una copia certificada enrollada y, envuelto en paño, un sello de plata.

No era el arcón de la Torre —ese seguía bajo llave—; era un cofre menor que ella llevaba para viajes o comprobaciones.

Lo abrió y dejó que la luz de la luna hiciera tenue brillo sobre la plata.

Pasó la yema del pulgar por el borde del sello; era un gesto de propiedad que no reclamaba posesión del mundo, sino la responsabilidad de custodiarlo.

Recordó sin pedirlo a su mente la mano de Doña Teresa sobre la carta, el matiz de negociación en sus palabras.

Imaginó —sin dramatizar— la posibilidad de perder una deferencia, una alianza, incluso afecto; el pensamiento le apretó la garganta.

Casi sin notarlo, prolongó un silencio como si el viento pudiera llevarse ese precio y dejar solo la decisión.

Se incorporó, buscando la línea del horizonte donde la noche cortaba la ribera. Pronunció una frase que fue menos palabra que firma: colocó la palma sobre el sello y, con la voz apenas un hilo, dijo lo que ya había firmado en actos y listas.

No hará cesión por conveniencia, pensó; convirtió la frase en gesto: cerró el puño sobre el sello, lo presionó contra la cera tibia y lo dejó duro y rotundo.

Fue un juramento sin público, igual de vinculante que cualquiera ante la torre.

Nadie lo leería mañana si no era necesario; la marca quedaba; para ella bastaba.

Tomó el pequeño cofre, lo guardó en la bolsa que colgaba de su cintura y revisó de nuevo la lista en el cuadernillo.

Añadió una línea menor, casi una nota de madre: "Si Doña Teresa pide intercambio verbal, remitir por escrito y con dos testigos.

" No era dureza contra su tía; era defensa de forma.

Cerró el cuaderno con un gesto que selló la tarea de la noche: delegar y vigilar.

Antes de bajar por la escalera, se acercó al merlón más alto.

Apoyó las manos en la piedra, sintió la aspereza y la edad de la muralla bajo los dedos.

Miró las rendijas donde, años atrás, juramentos se habían pronunciado junto al alba.

No había eco de palabras antiguas; solo la acumulación de pasos.

Inspiró hasta que el aire le llenó la garganta, y como quien traza una cuenta final dijo en voz baja, esta vez a su propio nombre, la cláusula que la sostendría: "Por Alcaraz, por los que viven aquí, por la voz que no se vende.

" La frase no buscó ornato; fue puntual y suficiente.

Bajó la escalera con el cofre en la cintura y la sensación de haber dejado un postigo cerrado detrás de sí.

Al llegar al patín de la puerta, llamó a un centinela que hacía ronda y le encargó vigilar la ruta por la que había partido el mensajero; no confió en el gesto, sino en el hecho de que alguien más mirara.

La orden fue escueta: —Avisadme cuando vuelva.

En la antesala prendió una vela en un candil, colocó el cofre sobre la mesa y con una mano temblorosa, no por miedo sino por el peso de lo puesto en marcha, cerró la tapa.

El chasquido del cierre fue un golpe seco en la sala silenciosa; el sonido quedó colgado en la piedra, como una firma.

Guardó la llave en la faja, la apretó contra su costado y se encaminó hacia la cámara donde, al alba, partirían las comitivas que habían de traer pruebas y voces.

El cofre quedó cerrado sobre la mesa, la medalla bajo su tapa; la noche siguió su curso y la promesa aguardó su hora en la muralla.