Capítulo 6 #2
Doña Teresa ofreció, como quien ofrece moneda que no se entrega sin condición, una posibilidad práctica.
—En el mercado de Santa Marta conozco a un mercader que trata con escribanos —propuso—. Puedo disponer un contacto que indague sin llamar la atención.
Isabel miró la mano de su tía sobre la mesa; en ese gesto había tanto tejido de pasados como cálculo. No gustaba de deberes mendicados, pero aceptó la puerta tendida.
—Acepto el contacto —respondió—. Pero nada que implique pagar con nombre propio o prometer cesiones. Toda gestión vendrá por folio, sello y dos testigos. Si alguien ofrece favores a cambio de silencio, que lo deje por escrito; será prueba.
Catalina deslizó una idea técnica sin ruido, con la voz de quien ha leído caligrafías y conoce abreviaturas.
—Buscaremos también al notario itinerante —dijo—. Hay uno que copiaba rollos para señores y monjes; su cuaderno podría contener las mismas abreviaturas que la “R.”. No nombro aquí al hombre porque su memoria corre de boca en boca; debemos hallarlo por rutas ajenas.
Isabel clavó la vista en la transcripción desplegada sobre el paño: la “R.” era una línea de esperanza, pero no la única.
—Bien —afirmó—. Catalina: localiza al notario si Gonzalo no rinde.
Llevad copia certificada del fragmento y una petición formal al prior para que refrende cualquier lectura bajo hábito.
Hernán: prepara dos partidas de víveres y guardias sin insignias, caras de posada, no de guardia.
Diego Vargas y Tomás de la Vega. Cada uno con un testigo civil distinto.
Y que nadie cante en la plaza ni pronuncie el nombre de Gonzalo ni del notario.
Nadie objetó. Isabel dibujó una pequeña cruz en el margen y escribió al lado: "Silencio".
Hernán tanteó una posibilidad incómoda.
—Podemos interrogar a vasallos mayores —propuso—. Preguntas discretas, en privado. Algunos alcaldes reciben noticias antes que los señores.
Isabel dejó que la idea reposara dos respiraciones. La memoria viva de los vasallos podía contener hilos que el papel no ofrecía, pero la curiosidad sin reglas abría grietas.
—Hazlo —ordenó por fin—, pero con reglas: solo tres consultas iniciales, en presencia de dos testigos civiles y un escribano.
Las respuestas serán por escrito, rubricadas y selladas para la cadena de custodia.
Nada de interrogatorios en posadas. Si alguien probase haber recibido pago por cambiar testimonio, que se anote y se comunique al prior para que certifique el soborno.
Doña Teresa alzó el matiz que siempre pesa entre prudencia y orgullo.
—Si la corte entiende la cautela como ausencia, el orgullo de casa podría parecer cobardía —dijo—. ¿No teme que el silencio se confunda con debilidad?
Isabel no miró a su tía; miró la tabla donde la firmeza se escribía con tinta.
—Temo que hablar de más entregue piezas que aún no queremos mostrar —replicó—. El tribunal juzgará por pruebas, no por voces. Prefiero probar con pergaminos que nos han querido desarmar con falsedades. Nuestra defensa será técnica y ritual, no proclama.
Hernán comenzó a objetar la necesidad de calmar al pueblo.
—Catalina redactará una proclama templada para la plaza —dijo Isabel—. Que diga: la casa procura pruebas y coopera con la justicia. Nada más. Proclama de neutralidad, no de alarde.
Numeró fechas junto a la cruz del silencio: día 3 —Gonzalo o declaración de ausencia; día 5 —nota ritual del prior; día 7 —testimonio de Juan; día 10 —peritaje preliminar en Alcaraz; día 13 —compilación de expediente; día 15 —presentación ante receptor y audiencia.
Cerró el fuero con un trazo que no admitía márgenes.
—Si algo falla —añadió—, no improvisaremos. Informadme. No quiero acciones que respondan a orgullo sino a necesidad. Si alguien propone marcha o gesto público, que venga a mí antes de proceder. ¿Se entiende?
Hernán asintió y estampó su firma en su cuaderno; Catalina apoyó la palma sobre la copia certificada como juramento tácito; Doña Teresa posó un dedo sobre el borde del folio, gesto que fue a la vez bendición y cálculo.
Isabel tomó un sello pequeño, hundió la impresión en cera tibia y marcó el cuaderno con la insignia de la casa; el golpe seco del metal sobre la cera fue un compromiso visible para quien supiera dónde mirar.
Llamó entonces a Diego, el escribano, que esperaba en la penumbra; no era Diego Vargas. Le entregó una lista y un sobre.
—Registra cada salida y cada regreso —ordenó—.
Mete en el libro la hora exacta, los testigos y la firma del que recibe.
No aceptes excusas. Si alguien se presenta con pliego, recibe y sella; que lo firme el portador y el testigo.
Guarda el libro en la caja fuerte al cerrar.
No habrá cifras sueltas ni memorias orales sin folio.
Diego tomó la orden con la gravedad de quien sabe la trascendencia de un trazo.
—Y una cosa más —añadió Isabel—: prohibido hablar fuera del castillo del número de hombres que escoltan o de las rutas exactas. Si alguno no obedece, que quede por escrito y lo veremos ante el prior.
La sala guardó silencio; la frase se mantuvo como ley propia. Doña Teresa, ya a un paso del pacto, ofreció la última condición: intercesiones en la corte, si eran por escrito.
—Si llegamos a entrevistas en palacio, acepto intercesiones en nombre de la casa —murmuró—. No pido cesiones tuyas; que todo lleve peso en papel.
Isabel la miró, luego asentó.
—Acepto —dijo—, siempre por folio y con testigos.
Repasó la tabla una vez más y, cuando la sala pareció acomodarse a la estructura que había dispuesto, dobló la hoja y la guardó en el arcón junto a la transcripción. Cerró la tapa, posó la mano encima un segundo y ordenó en voz baja:
—Que nadie salga de noche sin mi permiso. Catalina, saldrás al alba; Hernán, organiza las partidas. Diego, abre el libro.
Respuestas: pasos medidos, roce de pergaminos, tinta raspando el papel. Se quedó con la mano sobre la tapa un segundo, midiendo el tiempo que quedaba; no bajaría la guardia.
Levantó la mano del arcón sin prisa, como quien aparta un peso que no debe romperse de golpe.
La tapa quedó fría un instante bajo la palma; luego la mano cayó y ella se volvió hacia la escalera que conducía a la azotea.
Los peldaños de piedra respondieron al paso con el mismo silencio medido que había impuesto en la sala: firmeza sin estridencia. No miró atrás.
El viento del norte la recibió en la cima con un filo que cortó la capa y barrió la lámpara que alguien había dejado junto al matacán.
Las almenas le ofrecieron la ciudad en fragmentos: hogueras, ventanas como ojos encendidos, las bandas en los mástiles meciéndose en la oscuridad.
Isabel apoyó los dedos en la fría aspillera y dejó que la respiración se igualara al ritmo de la muralla: dentro, orden; fuera, caminos que podían traer polvo o noticia.
Había trazado mapas de papel toda la tarde; ahora trazó un mapa en la cabeza.
Los nombres desfilaron nítidos, como fichas sobre la mesa: Rodrigo y su fuego; Pedro Cortés, que prefería mandos rápidos; algunos alcaldes cuyos intereses podían comprarse con raciones; Doña Teresa, cuya voz había sido a la vez advertencia y oferente de pasillos cortesanos.
No nombró a nadie en voz alta; no hizo falta.
Cada nombre le devolvía una pregunta: ¿hasta dónde estaban dispuestos a llegar por pan, por promesa, por miedo? La duda tensó su mandíbula.
Con la mano izquierda sacó del bolsillo un cuadernillo pequeño y una pluma ya seca.
Sobre la tapa del cuaderno había trazos de cuentas, una menguada caligrafía de órdenes.
Abrió la página en blanco y escribió sin aspaviento: "Mensajero nocturno — Mateo — custodias; no provocar.
Catalina — salida al alba; ruta ribera. Diego Vargas — escolta Culebra; testigos civiles X y Y.
Prior: pedir nota ritual. Libro — registrar entrega y vuelta.
" Las letras le salieron cortas, como instrucciones de combate.
No eran recados: eran compromisos que podían sostenerse en tribunal.