Capítulo 6
Juramento privado
Isabel de Montemar
La sala de mapas olía a cera vieja y a piedra que aún retenía el frío de la noche.
Isabel dejó la puerta tras de sí con el gesto de quien cierra un trámite y no un refugio; el eco apagó los pasos de los que habían acudido a su llamado.
En la mesa central, junto a un despliegue de cartas y líneas pintadas en tinta, permanecía la lámpara con su llama breve, el compás de hueso y un pequeño arcón donde, desde hacía días, ella guardaba lo que no debía mostrarse sin medida.
Sacó del arcón la transcripción que Catalina había pasado a limpio.
Era la copia del acta parcial hallada en el Archivo.
La extendió sobre el paño con la misma calma con que se reparten cuentas: sin teatralidad, por necesidad.
—Es la citación.
Doña Teresa apretó la tela de su cofia entre los dedos hasta marcar los nudillos; Hernán guardó silencio con la cuartilla del libro de raciones entre las manos; Catalina inclinó la cabeza como quien reconoce un trabajo que aún no está completo.
Mateo, de pie junto a la ventana, sostuvo la sombra de su figura con una mano sobre la vaina de la espada y nadie solicitó su palabra.
Isabel tomó la pluma y señaló con el trazo breve la fecha consignada en el margen: quince días.
El trazo en el margen marcaba un plazo que no admitía demora.
Leyó en voz baja, no para acallar a los demás, sino para fijar el ritmo de la sala: la hora, el plazo, la nómina de documentos exigidos.
Su voz se templó en la lectura, como si las cifras y los nombres tuvieran un peso que solo podía medirse en sílabas.
Cuando terminó, dejó la pluma sobre la transcripción y apoyó las palmas, pequeñas y firmes, en la mesa.
Isabel reparó en las manos de cada uno: las uñas limpias de Catalina manchadas aún de tinta, la palma de Hernán con la señal de sellos repetidos, la férrea mano de Doña Teresa, que contenía un argumento y una renuncia a la vez.
Mateo miró el mapa, y su silencio fue permiso y promesa; ella lo aceptó sin agradecer.
Abrió la transcripción donde Catalina había marcado con tiza la huella de la rasgadura y la abreviatura que la había inquietado.
—La acta parcial —dijo—. Está incompleta: falta sello, faltan testigos.
No la presentaremos como arma, sino como pista.
Catalina, tú te encargarás de Santa Marta; llevas dos copias certificadas y la transcripción literal.
Buscad a Gonzalo de Uceda y haced que repita la lectura en voz alta ante un notario o, a falta de notario, ante quien el prior señale.
Si no aparece, que quede por escrito su ausencia con hora, lugar y testigos.
Catalina asintió con un movimiento breve; su voz fue medida al responder.
—Partiremos al alba. Llevaré la medalla de la casa y la carta de comisión. Si hallo resistencia, la describiré y la sellaré.
—No entréis a la posada con alharacas —añadió Isabel—. Discreción, no espectáculo. Que parezca curiosidad, no comitiva.
Hernán tomó el cuaderno que siempre llevaba y dejó en la mesa la lista de nombres que había anotado. Isabel repasó la letra, como quien recuenta moneda.
—Hernán —dijo—, preparad la logística. Dos caballos para Catalina; hombres de custodia sin insignias que llamen la atención; víveres para cuatro jornadas.
Registrad la salida en el libro y sed rigurosos con los testigos: dos civiles en cada entrega, y si hay que sellar ante un clérigo, que sea el prior o su representante. No quiero excusas.
El mayordomo no contestó con retórica; pasó la mirada por la sala y consignó la orden con la misma prontitud con que había cerrado cuentas durante años. Isabel observó su rostro: la obediencia de Hernán no necesitaba solemnidad, sino exactitud.
—Doña Teresa —prosiguió—, necesito de vos dos cosas: un contacto en la corte que reciba comunicaciones registradas y, si es posible, algún enlace que permita adelantar una carta a un intercesor sin ataduras explícitas.
No pido favores comprados; pido nombres que escuchen y que puedan abrir un pasillo para un escrito.
Todo por escrito, sellado y con dos testigos.
La tía la miró con ese rostro de quien pesa intereses como quien pesa monedas antiguas. Acarició con un dedo el borde de la transcripción, no por afecto al papel, sino para constatar que lo que se ofrecía allí no era un argumento arrojadizo sino una carga que debía manejarse con manos firmes.
—Haré llamadas donde proceda —dijo Doña Teresa—. No prometo favores que cuesten la casa. Si os sirven, serán cartas en papel y sello; si no, no intervendré.
Isabel no buscó gratitud; buscó claridad. Llevó la vista al mapa y señalizó con la pluma dos lugares: el priorato y la villa de Santa Marta.
—Prior y escribano: esas son nuestras primeras líneas —murmuró—.
Pido al prior nota ritual que describa la ceremonia.
Su sello no reemplaza el real, pero da validez ritual.
Requerimos testigos eclesiásticos que puedan jurar en el registro.
Catalina: pedid la nota. Hernán: aseguraos de que la copia que sale del castillo sea sellada ante dos testigos; la transcripción debe llevar la firma del escribano que la recibe.
Su voz trazó la cadena de custodia con la paciencia de quien organiza una marcha: salida registrada, sellos duplicados, testigos claros. No hubo retórica en la propuesta; hubo pasos que cualquiera podría ejecutar y que, en su conjunto, harían difícil borrar la huella.
—Y una cosa más —añadió, y la cortanteza de la frase cerró toda indulgencia—: no habrá cesiones políticas inmediatas.
Nada de pactos, nada de promesas fuera de escrito.
La defensa de Alcaraz será jurídica y metódica; no aceptaremos que la Corona compre silencios mientras inventa justificaciones.
Quien traiga una oferta que no pase por folio, que deje constancia y se marche.
Las manos en la mesa se aflojaron; algunos miraron a Mateo y él inclinó apenas la cabeza. Isabel percibió que la promesa a la espada de Mateo pesaba en la estancia. Ella no la rechazó ni la consumó; la encuadró en su plan: protección sujeta a ley, no exención de la ley.
—Medidas internas —prosiguió—: reforzad la custodia del archivo. Catalina y yo somos las únicas autorizadas a tocar el original; habrá dos copias certificadas en la cámara y un guardia discreto en la puerta. Si alguien intenta comprar la voz de un arrendatario, que quede por escrito y sellado.
Anotó las palabras y dejó que la sala respirara la estructura de la orden. Nada en su tono convidó a la exaltación. Sus manos trazaron una línea sobre el mapa, conectando puntos que no eran fronteras sino rutas de papel.
Antes de que alguno pudiera hablar, desplegó la última instrucción: una proclama moderada para la plaza, templada y sobria, que Catalina redactaría y que ella misma aprobaría. No buscaba aplausos; buscaba frenar rumores.
—Proclamad la calma —ordenó—. Que se sepa que buscamos prueba y que colaboramos con la justicia. Nada más.
Cuando la reunión se disolvió en tareas minuciosas y voces que retomaban roles, Isabel tomó la transcripción entre las yemas y la volvió a doblar con el mismo cuidado con que se envuelven líneas de herencia.
La lámpara dio un brillo pálido al pliegue.
Guardó la copia en el arcón, cerró la tapa y posó la mano encima un instante, no para sellarla con gesto simbólico, sino para entender que aquello era ahora su labor: custodiar el tiempo entre la cita y la exposición, medir cada paso y no dejar que la prisa abriese una brecha que la ley pudiera aprovechar en su contra.
Aun con el lejano rumor de ruedas en el camino, esperó a que menguara; no quería que la tensión de la calle colara en el trabajo de la noche. La lámpara proyectaba una luz corta que marcaba el filo del arcón.
Isabel mantuvo la mano sobre la tapa del arcón un instante más, notó el frío de la madera y el peso acumulado del tiempo que allí descansaba.
Abrió los ojos, retiró la mano, alzó la tapa y sacó la copia que había guardado la noche anterior; al desplegarla sobre el paño tomó la pluma que aún reposaba sobre la transcripción y la apoyó con la naturalidad de quien retoma un deber.
Sobre el folio en blanco trazó, con pulso firme, un cronograma en cuatro columnas: destino, responsable, plazo, pruebas exigidas. No habló hasta haber convertido la voluntad en trazo.
—Santa Marta —murmuró—: Gonzalo de Uceda. Catalina irá con copia certificada; lectura en voz alta ante notario o, si falta, declaración de ausencia por escrito con hora y testigos. Plazo: tres días.
Doña Teresa inclinó la cabeza, su respiración marcó el ritmo del cálculo; Hernán plegó los labios y ya escribía números en su cuaderno. Catalina levantó la vista con la serenidad de quien ha empaquetado pliegos en peores tiempos.
Isabel siguió escribiendo como quien impone un compás.
—Priorato —dijo—: Fray Raimundo. Solicitar nota ritual y rubricación; que el prior quede advertido de la urgencia. Plazo: cinco días. Juan, el sacristán de Valdela, debe ser oído dentro de siete. Si alguno falta, que lo conste el escribano del prior.
Su caligrafía se inclinaba en el ritmo de la orden: medidas, no palabras. Pensó en rutas al lado de nombres; en la frontera, los caminos marcaban la verdad tanto como los pergaminos.
—Dos rutas —continuó—. Catalina por la ribera; que parezca vianda de comerciante, no comitiva. Diego Vargas escoltará el segundo cuerpo por la Culebra; discreción absoluta. Ninguno viajará a la misma hora ni pernoctará en la misma posada.
Hernán alzó la ceja, pidiendo precisión.
—¿Quién dará la medalla de comisión? —dijo, seco.
Isabel señaló la caja menor donde guardaba la medalla de la casa y el sello temporal que Catalina había usado para las copias.
—Yo misma —contestó—. Catalina la mostrará solo en presencia de dos testigos civiles y, si lo exige, del clérigo que el prior designe. Ninguna nota de viaje sin recibo, ningún regreso sin palabra en el libro del archivo.