El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 7
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Capítulo 7

El patrocinio de Olmedo

Isabel de Montemar

La carta llegó con la mañana todavía pegada a las botas del mensajero; la capa del hombre olía a paja húmeda y a humo de posada, y traía en la mano un sobre grueso cerrado por el sello de un amo más que por el de la Corona: una rueda grabada que Isabel no había visto antes y, junto a ella, la impresión menor de un sello cortesano.

El centinela dejó el sobre sobre la mesa de la cámara, hizo una inclinación seca y se retiró sin hacer otra pregunta.

Isabel permaneció de pie, las mangas recogidas hasta el codo, la luz de la lámpara trazando una palma pálida sobre la mesa de nogal.

No abrió el pliego de inmediato. Dejó que la tinta en la cera se enfriara por completo; elevó el sello con los dedos como quien tantea la condición de un arma.

Cuando finalmente alzó la lengüeta, la letra era breve, corteza de algo ya decidido: don Alfonso de Olmedo había conseguido el patrocinio de un consejero próximo al Rey.

No había nombres de regalo ni llamadas personales; la noticia venía envuelta en la diplomacia de la corte: palabras medidas, líneas que no negaban favores concedidos.

Isabel leyó en voz baja las tres líneas clave y dejó que cada una golpeara la mesa con un pequeño ruido de papel.

La mano que sujetaba el pliego permaneció inmóvil más tiempo que su pulso.

Al fondo de la cámara oyó pasos—Hernán, Catalina y Doña Teresa acudían a la voz de la reunión que ella no había anunciado; Mateo apareció junto a la ventana, sombra firme, y no pidió paso.

Isabel no preguntó. Doblegó el borde del papel y, con un gesto apenas marcado, dejó el pliego junto a la lámpara para que la cera diera a la tinta un brillo que nadie pudiera negar luego.

Habló con la voz que había empleado la semana anterior en la plaza: medida, sin dramatismo.

—El patrocinio está confirmado —dijo—. No es el Rey, pero es aquello que pesa: oídos en Palacio y nombre que viaja hasta las salas donde se deciden favores.

Catalina se inclinó, las manos aún teñidas de tinta por el trabajo nocturno, y fijó la mirada en el pliego como si buscara en la caligrafía la costura de alguna mentira que pudieran deshacer con la lente de un escribano.

—¿Nos piden audiencia? —preguntó Hernán en voz baja, la cifra del castillo siempre detrás de la pregunta.

Isabel asintió. No era solo la cita formal la que cambiaba el aire; era la posibilidad de que la balanza de la corte terminara por inclinarse por razones de parentesco y favores. Su boca dibujó una línea fina de decisión.

—Adelantaremos las partidas —ordenó—. Catalina saldrá ahora.

No al alba; a la hora que permita que la posada cierre los ojos y no hable nadie de más.

Llevad dos copias certificadas: una para el escriba en Santa Marta y otra para el prior.

Si Gonzalo de Uceda no está, que quede consignada su ausencia con hora y testigos.

Catalina abrió la boca para explicar modos y rutas; Isabel la interrumpió con una precisión que no admitía discusión.

—Ribera y Culebra, rutas separadas. Diego Vargas escoltará la de la Ribera; Tomás de la Vega la de la Culebra.

Ninguno pernoctará en la misma posada. Dos testigos civiles para cada salida y sello delante de un clérigo si se presenta.

Y —añadió, midiendo cada palabra como quien pone herramientas sobre la mesa— que nadie pronuncie el nombre del notario ni del prior en voz alta cuando pasen por las ventas.

Doña Teresa apoyó los dedos sobre el pliegue de una servilleta, la vieja costumbre de quien pesa la política en la yema del dedo.

—Si el patrocinio llega con influencia de palacio —murmuró—, tendrán oídos y dinero para comprar silencio en nuestras rutas.

Isabel desechó la posibilidad de abrir un rencor verbal; su respuesta fue práctica.

—Registrad todo intento de compra: cada ofrecimiento que llegue a manos de un alcalde, un posadero o un escribano debe consignarse y sellarse. Hernán, anota: lista de ofertas, hora, quién recibió, testigos. Cualquier pago será prueba, no secreto.

Hernán incluyó las líneas en su cuaderno con la rapidez antigua de quien sabe convertir rumor en acta.

Observó las manos de Isabel mientras escribía: la manera en que apretaba la pluma, la tensión de la falange del dedo índice.

Catalina cerró los ojos un instante y luego preguntó por la custodia del original; la pregunta tenía el tono de quien conoce el valor de un papel y la fragilidad de la letra.

—Prepararé una réplica documental adicional —dijo—. No copia frágil, sino transcripción limpia donde conste la rasgadura y la marca de ausencia de sello. La llevaré conmigo; será prueba de que no ocultamos nada.

Isabel asintió. Había aceptado desde el inicio que la batalla sería de pergaminos y de voces, no de lanzas.

Aun así, la llegada de un protector cortesano pedía otra prudencia: verificar los hilos que Olmedo pudiera tirar desde atrás.

No se trataba solo de la fuerza que un nombre pudiera llamar; era la red de personas que ese nombre tejía en despachos y cámaras.

—Doña Teresa —continuó—; quiero averiguar los lazos que Olmedo usa en la corte. No favores a cambio de la casa; cartas con nombres, fechas y testigos. Si hay parentesco, que quede por escrito quién es y qué propuesta hizo.

La tía estuvo un segundo en silencio, la clase de pausa que mide riesgo y utilidad. Luego, la misma mano que había tanteado mapas de alianza en palacio dejó caer un nombre con un pliegue apenas marcado en la ceja.

—Preguntaré en los pasillos que conozco. No prometo favores, pero puedo conseguir audiencias pequeñas: un capellán del Consejo; una dama de cámara que escucha corrillos. Todo por escrito y con testigos en palacio.

Isabel miró a Mateo en la ventana; él no habló. Su presencia era un recordatorio físico de la promesa hecha en la balaustrada: contención de la espada. No pidió más ni menos. La administración debía mostrarse intacta, el castillo un lugar de orden, no de orgullo armado.

—Doble custodia del archivo —repitió—. Catalina y yo tocamos el original; Hernán llevará el libro con los registros de salida y retorno; Mateo pondrá dos veteranos en la puerta del priorato cuando Raimundo redacte la nota ritual.

Si llega mensajero con pliego de Olmedo, será recibido en la explanada ante testigos y registrado.

No permitiremos maniobras en la sombra. Mandad a Diego Vargas que tome la custodia visible de los envíos apenas llegue.

Mandó además que se prepararan notas tajantes para enviar a los señores vecinos: no pidió apoyo abierto en armas; pidió cartas sencillas de testimonio moral y de interés compartido en la estabilidad del valle.

A cada nombre asignó una razón: "Don Pedro de Losa — mercados; Don Álvaro — puentes.

" No buscaba favores; quería que, si la corte preguntaba, Alcaraz pudiera presentar no solo documentos sino un tejido de voces vecinas que confirmasen la utilidad práctica del señorío para la comarca.

El plan era una máquina de pasos: acelerar partidas, blindar papeles, registrar ofertas, comprobar redes de influencia.

Isabel trazó con la pluma un calendario pequeño: salida hoy, retorno en cuatro jornadas, tregua visible en la plaza hasta nueva orden.

Sus dedos apretaban el borde de la mesa hasta marcar la veta de la madera.

Antes de concluir, añadió una sola cosa, breve y paciente, que era menos un mandato que una condición sobre su propio mando.

—Quien opere sin folio será quien cargue con la culpa. No toleraré gestos que busquen resolver la disputa con la espada. Si alguien propone marcha, que venga a mí primero; todo acto que ponga en riesgo la voz de la casa quedará registrado.

Dos hombres junto al archivo tomaron las armas en la intención; no las blandieron.

Mateo inclinó la cabeza, entendió sin palabras lo que significaba la instrucción: su espada debía proteger y no legislar.

Hernán cerró el cuaderno con un golpe seco y puso la pluma en el tintero; Catalina recogió las copias ya listas y las enrolló con pulso firme.

Isabel tomó la carta que había empezado la reunión, la miró un segundo como quien mira una herida que no sangra en voz alta, y la volvió a guardar en el sobre.

Selló el paquete con cera tibia y presionó la marca de la casa: no por pompa sino por trámite.

Luego guardó la llave de la caja fuerte en la faja, la apretó contra la cadera y, sin alzar la vista del mapa extendido sobre la mesa, dijo en voz apenas audible:

—Que nadie deje el castillo sin mi permiso y que Catalina salga ahora, con cuidado; llevad la réplica, y volved con palabra.

Guardó el pliego con el gesto medido de quien no quiere dejar rastro de inquietud.

La cera del sello aún conservaba un brillo tibio donde había presionado la marca de la casa; lo dejó sobre la tabla, al alcance de la llama, y tomó la pluma como si fuera un arma fría.

No hizo gesto de llamar: Mateo, que permanecía en la sombra junto a la ventana, se adelantó a dejar caer su figura en la silla que ella le señaló con un leve movimiento de barbilla.

Hernán llegó al instante, la capa echada hacia atrás, las cuentas del libro apretadas contra el costado.

Los tres quedaron en torno al mapa extendido como quien mira una herida antes de decidir dónde coserla.

—El patrocinio ha cambiado el tablero —dijo Isabel, sin más introducción que la constatación—. ¿Qué esperamos que traiga, y qué podemos responder sin perder la ventaja que nos da la ley?

Mateo apartó la vista del mapa y dejó que su voz ocupara la sala sin urgencia.