El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Diego apoyó las palmas sobre la mesa y leyó sin alzar la voz. No hubo gesto que delatara sorpresa, sólo la medida fría del cálculo.

—Conozco esa abreviatura —respondió—. R.

aparece en actas de remitencia: indicaba un escribano mayor o una red de copias que pasaban por un notario.

No son marcas de linaje, sino de circuito.

Pero los sellos... —tocó el borde del pergamino con el pulgar—, los sellos se pierden en traslados; en los años de peste y luego en las mudanzas tras escaramuzas hubo cajas que cambiaron de casa y pliegos que se arruinaron con la humedad.

Isabel contuvo el gesto; no pidió consolación, pidió nombres y fechas.

—¿Qué traslados? ¿Qué años? ¿Qué casas se ocuparon de custodiar? —preguntó.

Diego extendió una hoja donde figuraban movimientos y custodios.

—Tras 1364 se depositó mucho en prioratos por seguridad; después, tras el saqueo del camino al sur, se dispersó material.

Algunos escribanos hicieron copias y se llevaron los originales a sus casas; otros entregaron libros a monasterios.

En algunos casos la cera del sello fue arrancada por curiosos o por quienes buscaban valor material.

Donde llovió, la tinta se fue. No es leyenda: está anotado aquí.

Isabel siguió la línea del índice con la punta de un dedo, como quien verifica casillas en una lista de pertrechos. Necesitaba más que conjeturas; requería autoridades que pudieran atestiguar la costumbre ritual y manos capaces de identificar escrituras.

—¿Quién podría cotejar manos y fórmulas? —inquirió—. No me basta con sospecha; preciso peritos que la corte reconozca.

Diego habló de memoria profesional, como se nombra un nombre de cabildo.

—Fray Raimundo —dijo—. No es prior, pero es bibliotecario del priorato y compuso índices de obituarios y aniversarios. Ve las letras antiguas como quien lee cuentas. Si hay memoria litúrgica o notas de sacramento, él las encontrará.

Isabel asintió sin orgullo ni duda: la Iglesia podía aportar la legitimidad ritual que la prueba documental, por sí sola, no alcanzaba.

Subió a la capilla en menos pasos de los que su cuerpo recordaba; el olor del cuero y la cera reforzó la gravedad de la petición.

Fray Raimundo esperaba entre estanterías: sus dedos mostraban hollín de velas y la calma de quien remienda códices.

Cuando Isabel habló, él apoyó la regla sobre la mesa y la escuchó con la atención de quien calcula medidas.

—Doña Isabel —dijo—. Catalina me avisó. El libro de aniversarios y las notas de procesiones contienen memoria de juramentos y fórmulas.

Podemos emitir una nota que describa la ceremonia: juramento ante cruz y altar, presencia de sacristán y notorio público.

Esa nota no sustituye un sello real, pero el prior puede rubricarla y aportará validez ritual que los jueces respetan.

Isabel observó cómo Raimundo nombraba la posibilidad; no ofrecía certezas, proponía traza ritual.

—¿Quedan testigos vivientes que recuerden la ceremonia? —preguntó.

Raimundo dejó caer la mirada sobre el libro polvoriento.

—Algunos. Juan, el sacristán viejo, recuerda luces y estandartes; vive en la posada de Valdela y puede refrendar la memoria de la liturgia.

Tiene voz, aunque la memoria mengua; su declaración ganará peso si la escucha la comunidad y la certifica el altar.

Además —añadió, midiendo—, hay un escriba retirado: Gonzalo de Uceda.

Era copista para notarios; dicen que se refugió en la villa de Santa Marta.

Si aún conserva apuntes o una copia, su testimonio sobre la mano y la concordancia de texto sería determinante.

El nombre de Gonzalo marcó una ruta: una villa, una posada, un rostro que podría recordar trazos de pluma. Isabel no mostró alivio; organizó.

—Hernán preparará la partida —ordenó—. Iremos discretos.

Llevarán dos copias certificadas de la transcripción: una para el escriba, otra para el prior.

Una medalla de la casa y una carta de comisión mía.

Nadie hablará en la posada de los pliegos; si Gonzalo está enfermo, un notario local certificará su declaración.

Raimundo asintió y propuso un procedimiento que Isabel aceptó sin discusión.

—Prepararé la nota ritual —dijo—. Iré a Valdela con Roberto, el diácono; escucharé a Juan ante la cruz de la capilla y redactaré la certificación con hora y testigos. Todo lo que él declare irá por escrito y será sellado por el prior.

Isabel trazó la cadena de custodia con la precisión contable que la había guiado desde el principio.

—Cada pliego que salga —dictó—, será sellado ante dos testigos civiles y por un clérigo.

Catalina firmará las copias delante de mí.

Si encontráis al escriba, que repita la lectura en voz alta ante quien le acompaña y que su declaración conste por escrito y sellada de inmediato.

Cualquier ofrecimiento en dinero o promesa a cambio de papeles será registrado y traído como prueba.

Diego tomó la pluma sin prisa; Catalina añadió la nota marginal que marcaba la laguna del sello.

Isabel pidió que en las transcripciones se anotara lo dudoso sin especular sobre causa de la laguna: lo visible, lo celosamente guardado y la ausencia.

No quería que la copia se convirtiera en alegato; debía ser instrumento para que la Iglesia y la corte juzgaran.

—Anotad lo evidente y lo dudoso —repitió—. No hagáis conjeturas sobre tinta ni sobre restauraciones sin quien lo pueda confirmar. Señalad la “R.” y todo cuanto la acompañe.

La conversación se volvió operativa: nombres, rutas, horarios.

Isabel pidió que la partida saliera al amanecer por dos vías distintas —la Culebra y la que bordea el río—; no quería que una sola ruta quedara expuesta a vigilancia.

Quiso también un lector joven en el convoy y un veterano que supiera conseguir posada sin alardes.

Antes de cerrar, interrogó de técnica profesional, más por hábito que por desconfianza: ¿los escribas reconocerían una mano después de años?

—Reconocen manos como un zapatero reconoce suela —respondió Diego con la metáfora seca del oficio—. Si Gonzalo conserva costumbre, nos dará correlación más que mera memoria.

Isabel no sonrió. Tomó nota de los detalles logísticos: quién firmaría la cadena de custodia, cuántos testigos acompañarían, qué sellos temporales se pondrían en cada pliego.

Ordenó que Hernán eligiera dos hombres discretos, que no fueran los habituales de la posada, y que llevaran dos copias firmadas en su presencia.

Pidió también que Raimundo preparase la nota ritual antes del mediodía para que el prior la rubricase al día siguiente.

Se acercó otra vez al arcón con la cautela de quien guarda un depósito.

Catalina la esperaba en el umbral con la pluma ya guardada.

Isabel apoyó la mano sobre la tapa cerrada y repitió la condición que había establecido: nadie tocaría el original salvo ella y Catalina.

Catalina asintió. Diego cerró su libro y preparó sendos sobres para las copias certificadas.

Fray Raimundo dobló la hoja donde escribiría la nota ritual y pidió permiso para partir al alba con Roberto hacia Valdela.

Isabel trazó el cronograma en la cabeza: salidas, retornos y la urgencia de llegar con testigos antes de que la corte hiciera sentir su prisa. Con la misma firmeza con que había mandado ordenar las cuentas del señorío, dictó la última medida práctica.

—Que partan al amanecer —ordenó—. Que vuelvan con palabra fija o con la certificación que pruebe que la ceremonia existió.

Cerró la tapa del arcón con la mano, dejó la lista en manos de Hernán y fijó la primera jornada: dos caballos, dos copias y el regreso con palabra o certificación.

La noche no cedía; la Torre permanecía en vela.

Aún con la mano sobre la tapa del arcón y la lista en manos de Hernán, Isabel apoyó la palma sobre el pergamino rasgado como quien toma el pulso a una ciudad; la pausa fue ritual, no duda.

Había mandado volver a abrir la caja para consultarlo con Catalina: el original no había salido de la cámara y quedaría de nuevo bajo llave.

La lámpara proyectó la sombra de sus dedos; la huella circular donde debió ir el sello aparecía como un espacio sin respuesta.

Catalina dejó sobre la mesa la transcripción limpia, dos columnas con margen de notas y la abreviatura "R.

" subrayada con tinta apenas más oscura. Isabel leyó en voz baja.

«…juramento público en la Torre, ante capellán y notorio… que Alcaraz mantendría la administración propia…»

La frase se interrumpía en el desgarro. Bastó la interrupción para medir su alcance: más que rumor, materia que, con sellos y testigos, podía presentarse ante un tribunal.

Depositó la transcripción sobre la mesa; el original fue de nuevo asegurado en la caja fuerte y la copia quedó a la vista, sujeta a la custodia establecida.

Sobre la mesa encontró el pliego de la citación: la corte pedía pruebas en quince días.

Sintió la cera dura bajo la uña; tomó una pluma y, sin adornos, trazó una lista de misiones.

Primero: localizar el sello. Si la ausencia del disco de cera era excusa para la duda, la prueba de su existencia —o la constancia de que había sido sustraída— sería la defensa más sólida.

Ordenó a Diego que buscara en las remesas de 1364 y 1371; las notas de traslado solían registrar movimientos de sellos y cajas.

Segunda: localizar al escribano aludido por la "R.

" —Gonzalo de Uceda —citó Diego—; Santa Marta marcaba la pista en la red comarcal.

Tercero: obtener la nota ritual del prior; Fray Raimundo debía refrendar la memoria litúrgica de la ceremonia.

Cuarto: traer la declaración del sacristán Juan y la del escriba Gonzalo ante notario y clérigo; sus voces, rubricadas y selladas, transformarían el fragmento en una pieza admisible.