El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 4
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Capítulo 4

Sombras en el Archivo

Doña Isabel de Montemar

Esa tarde, la Torre del Juramento olía a cera apagada y a polvo que no había abandonado los pliegos en generaciones.

La luz entraba en hileras angostas por la ventana estrecha, cortando el aire frío en bandas; el eco devolvía, con lentitud, la marcha de las botas sobre la piedra.

Isabel quedó un instante en el umbral, la capa recogida en el hombro, y dejó que los ojos se acostumbraran al desorden deliberado: cajas abiertas, rollos vertidos como cuerpos de barco, hileras de pergaminos atados con cuerdas que crujían al tocarlas.

Catalina trabajaba arrodillada sobre una lona, las manos enguantadas de polvo, la frente ceñida por una franja de pelo que la lámpara hacía brillar.

No había prisa teatral; había necesidad calculada.

—¿Cómo van las series más antiguas? —preguntó Isabel sin sentarse, como quien abre un inventario con la voz.

Catalina levantó la vista. Había trazos de tinta en las uñas y una mancha en la comisura de los labios —marca de una vela que se inclinó con el soplo de la mañana—. Respondió con la calma que le daba la costumbre de ordenar el pasado.

—He recorrido los libros de cuentas hasta 1362; después comienzan rollos que no siguieron la numeración.

Algunos fueron devueltos a monacatos y otros están incompletos.

Si las referencias que menciona la plaza existen, estarán en los protocolos notariales o en las actas de juramento, pero los folios más viejos llegaron mal encuadernados y sin respaños. Puedo hallarlos, pero me llevará horas.

Isabel dejó que las palabras cayeran sobre la mesa como una posibilidad traducida en tiempo.

Pensó en la audiencia, en el pliego lacrado que aguardaba su turno en manos del enviado, y en la fecha que la corte había impuesto en su letra menuda.

La urgencia la empujó; transformó la ansiedad en trabajo.

—Empieza por allí —dijo, señalando un arcón bajo la ventana—. Abre lo que esté sin numerar. No muevas originales sin marcar copias. Cataloga todo en doble columna: fecha, custodio, estado. Quiero saber qué falta y qué puede presentarse como prueba ritual.

Catalina asintió y se inclinó sobre el arcón.

El roce de cuero al arrancar la tapa sonó más alto que la lámpara.

Isabel se acercó y, sin pretenderlo, dejó la mano apoyada sobre la madera fría, como si tomara el pulso de la historia que contenía el cofre.

Pensó en los juramentos que la Torre había escuchado: promesas en el claror del día, votos que habían atado no sólo personas sino tierras.

Ese peso —la idea de que el papel podía sostener un destino— volvió a tensar la mandíbula de Isabel.

No nombró el sentimiento; ajustó órdenes.

Las horas pasaron entre susurros y el trabajo mecánico de la escribana que copiaba y del mayordomo que hacía relación.

Catalina encontró una referencia, luego otra, y fue marcando con tiza señales en los lomos.

A su lado, Isabel revisó los listados que Hernán había preparado: nombres de arrendatarios, fechas de contratos, recibos de entrega que debían acompañar cualquier argumento en la audiencia.

La combinación de papeles y sellos era una cartografía de legitimidad: la casa oponía trazabilidad al capricho.

Cuando la lámpara fue consumiendo la tarde, Catalina hizo un gesto que la detuvo como la revelación de una coordenada en un mapa. Extendió un rollo con cuidado y apartó el polvo con la palma.

—Aquí —dijo en voz baja—. Hay una acta. No está completa: falta el sello y la rúbrica no es íntegra. Pero menciona un juramento público en la Torre, y constan las condiciones de autonomía que invoca la casa. Es un fragmento; la entradilla está clara.

Isabel se inclinó sobre el pergamino. La caligrafía era un trazo apretado, con abreviaturas que el tiempo había redondeado en manchas; en el margen alguien había escrito, con un pulso distinto, una anotación en tinta menos apagada. Catalina leyó lo que podía entrecortada:

«…que Alcaraz, por derecho de linaje y por juramento público ante capellán y notorio de la comarca, mantendría la administración propia sin encomienda externa, hasta que los herederos otorguen otra voluntad…»

La frase no se completaba: el pliego terminaba en un desgarro y el lugar destinado al sello mostraba sólo la huella en negativo, la circunferencia corta y sin cera.

Isabel deslizó el dedo sin tocar el texto, midiendo la ausencia.

Apretó el cerrojo de la mandíbula, respiró, y en la claridad del archivo formuló el siguiente movimiento.

—Registra esto como acta parcial —ordenó—.

No la hagas pública. Hazme dos copias certificadas en limpio y una transcripción literal.

Marca el hueco del sello y anota la ausencia de testigos completos.

Que cada copia tenga dos testigos que firmen y un sello de la capellanía. ¿Podemos completar la cadena?

Catalina trabajó sin alzar la vista; el pulso en sus manos era mapa y brújula.

Isabel añadió condiciones, no por desconfianza de la tinta sino por prudencia de la ley: los sellos, el testimonio eclesiástico y la presencia de al menos dos testigos vivos que pudieran dar fe de la costumbre ritual.

Aquello no bastaría para ganar la audiencia, pero iniciaba la traza que el procedimiento exigía: no se trataba ya de un rumor sino de una pieza que habría de completarse.

—El margen tiene una anotación —dijo Catalina, apuntando con la pluma—. Una abreviatura que se repite en otros folios: "R." y una línea inclinada. Parece referencia a un escribano de la red comarcal. Si localizamos su libro de notas, quizá hallemos la copia o el original.

Isabel miró la abreviatura sin saber aún qué nombre la ocultaba.

Aquella señal pequeña actuaba como una fisura por donde podrían entrar otras certezas.

Le gustó la idea de una pista: su renovación fue un alivio seco, sin júbilo.

Ordenó, con la voz que administraba campanas y arados, que se registrara la abreviatura y que se incluyera en la lista de búsquedas.

—Hernán —dijo—: establece una cadena de custodia para este fragmento.

Dos hombres de la guarnición estarán a la puerta del archivo con las copias, sin ostentar armas al público.

Que nadie salga con el original. Catalina, haz la transcripción en dos columnas y marca las lagunas.

Envía copias selladas al prior y conserva el original bajo llave en la caja fuerte del señorío.

El trabajo se volcó en medidas prácticas: sellos de cera en papel secante, hojas anotadas en margen, firmas a tinta que pesaban como juramentos reducidos.

Isabel removió una silla y se sentó con decisión junto a la lámpara.

La fatiga de días anteriores, la tensión de la plaza, se transformaron en una lista ordenada de pasos.

No pidió confianza; exigió trazabilidad.

Mientras las manos trabajaban, su mirada recorrió el archivo con esa calma enfermiza que conoce las cosas por su uso.

Recordó, sin dramatismo, la plaza donde había devuelto el brazalete; reconoció en el pergamino una posibilidad que sí podía presentarse ante la corte: no la certeza del juicio, pero la ruta hacia él.

Hizo cuentas mentalmente —tiempos de mensajerías, nombres por localizar, testigos por llamar— y dictó prioridades en voz baja.

—Preparad una lista de preguntas para la audiencia —ordenó—.

Quién ofició el juramento, quién llevó los estandartes, qué testigos civiles lo presenciaron.

Si algún folio hace referencia a la ceremonia, tráelo.

No digan nada en voz alta fuera de este cuarto; que el rumor no corra.

Y una cosa más: catalogad cualquier señal de restauración en la tinta; si hallamos variaciones en la tinta o en la letra, anotadlas.

Catalina tomó nota, la pluma raspando un tiempo que parecía medir los días que les quedaban. Isabel notó un alivio seco: la ansiedad se convertía en trabajo ordenado, y el trabajo tenía la promesa de un rumbo. No era victoria; era mapa. Eso bastaba por ahora.

Cuando la tarde se inclinó hacia la noche y las antorchas de la muralla comenzaron a encenderse como hileras de estrellas bajas, Isabel se levantó.

Miró el fragmento otra vez, como quien reconoce en un rostro una deuda no saldada.

Cerró la tapa del arcón con un golpe seco y dejó que la mano reposara sobre la madera.

Anotó en la lista una última instrucción, breve y medida, que había nacido de la certeza de que la prueba todavía pedía contornos:

—Que nadie toque el original salvo Catalina y a mí; que el prior venga mañana con su sello y su nota ritual; y, sobre todo, buscad el escribano que dejó la "R." en el margen antes de que el sol vuelva a salir.

Había pasado un rato desde que había ordenado el cierre del archivo; la custodia quedaba establecida.

La mano de Isabel descansó un instante sobre la tapa cerrada del arcón antes de bajar la escalinata; no fue gesto de duda sino de clausura: allí quedaba el original bajo llave, como había ordenado.

Al llegar a la sala del escribano se permitió mirar de reojo a Catalina, que aún tenía la pluma en la boca y los dedos manchados de tinta, y notó la luz mortecina en el polvo que levantaban las hojas.

La sala del escribano comunicaba con el archivo, de modo que Isabel, al dejar la cámara, pasó junto a su umbral.

Diego, el escribano del señorío, alzó la vista sin sorpresa —no la esperaba—; su tranquilidad era la del oficio que cuenta por fechas y firmas más que por agitación.

—Sois puntual —dijo él, y su voz no era cortesía—. —Hablad.

Isabel presentó la copia certificada que Catalina había preparado; la dejó sobre la mesa con la misma calma con que se colocan piezas en un tablero. La transcripción mostraba la rasgadura, la huella en negativo del sello y la nota marginal con la “R.” que Catalina había subrayado en tinta nueva.