Capítulo 3 #3
—Hernán —continuó—: Que se preparen las relaciones de rentas y censos.
Quiero nombres de arrendatarios, fechas de contrato y recibos depositados en los últimos treinta años.
Duplica las copias y sella cada pliego ante testigo.
Designa a dos hombres para la cadena de custodia; que los conozcan en la plaza y den fe con firma.
Hernán dejó caer una línea en la lista con la misma gravedad con que contaba monedas; su asentimiento fue acto, no palabra. Ella no delegó el problema en la posibilidad: lo convirtió en tarea.
Por la puerta pasó Mateo de Salazar, la figura recortada en sombra, la mano descansando en la empuñadura. Isabel lo registró como se mira un mapa: necesidad y límite. No habló para pedir su espada ni para rechazarla; pidió disciplina con un gesto frío.
—Mateo: Refuerza la custodia del archivo: relevos visibles en la puerta, patrullas discretas en el Paso y centinelas junto a los mensajeros. Ninguna fuerza que pueda interpretarse como amenaza pública. Entiendo que protegerás; no toleraré que la guarnición sustituya a la administración.
Mateo asintió; su perfil se mantuvo en el umbral como garantía voluntaria de contención.
Ordenó entonces otra cadena: que se enviaran emisarios a los señores vecinos, pidiendo cartas de apoyo si las tenían; que se notificara al prior para solicitar peritos eclesiásticos que pudieran cotejar sellos y la validez ritual de juramentos antiguos; que se compilara una lista de testigos vivos que pudieran atestiguar prácticas de administración: sacristanes, escribanos retirados, un notario itinerante de la comarca.
No dijo nombres en voz alta; Catalina y Hernán entendieron la prioridad: trazabilidad, no retórica.
Pidió también, con la misma mesura, que se registraran todas las ofertas que llegaran a la casa: presentes, promesas, sugerencias de cesión.
Exigió que se sellaran y documentaran; la prueba de intento de compra sería, en la corte, tanto arma como escudo.
Su rostro no cambió; su decisión, en cambio, desplegó una red de precauciones.
—Padre Esteban —murmuró—: Necesitaré tu firma en los certificados que acompañen a cualquier testimonio eclesiástico.
Que prepares una nota sobre rituales de juramento que conozcas y sobre la memoria de ceremonias públicas en las que la casa intervino.
No debe faltar la bendición que avale la cadena ritual.
La petición fue registro: medidas que la iglesia podía certificar y fechas que el prior sobrellevaría en su voz.
Al cerrar el pliego y guardarlo en la caja que Catalina dispondría para la custodia, Isabel sintió el vértigo de la administración; la incertidumbre era número.
Hizo sonar la vela contra la mesa con los dedos, un gesto para medir el paso del día.
Sus manos trazaron una lista mental de firmas que faltaban, de pliegos por certificar, de nombres por llamar.
La ciudad del valle dependía de esa red, y cada hilo debía estar anudado con tinta y testimonio.
Pidió además que nadie hablara en público sobre las operaciones que emprendían salvo para la proclama que ella misma redactaría: un texto breve, sobrio, que explicara su postura sin abrir paso a calumnias.
Catalina y Hernán miraron la lámpara como quien mide condiciones de viaje; aceptaron la discreción como estrategia.
Antes de permitir que el mensajero partiera, exigió una cosa más: que entregara al receptor de la corte copia sellada de la manifestación de la casa, la nota en la que pedía el cotejo pericial y la relación inicial de documentos que presentaría.
La formalidad obligaba a que la respuesta circulara por vías visibles: la ley, bien empleada, era la mejor defensa.
El mensajero tomó nota, selló y juró; su firma quedó como parte de la traza que Isabel tejía.
Cuando la puerta se cerró tras él, el despacho volvió a quedarse con el olor de cera y de tinta fresca.
Isabel se apoyó en la mesa un instante y dejó que la noche se acomodara en sus hombros sin quebrarlos.
No habló; enumeró: custodios, copias certificadas, cartas de vecinos, peritos eclesiásticos, testigos vivos, un libro público donde registrar cada ofrecimiento o promesa.
Ordenó que se redactara un cronograma—fechas de salida de emisarios, tiempos de regreso y, sobre todo, plazos para la presentación de pruebas ante la corte.
Luego, como quien marca el compás de una armada, dictó la última medida: que se comunicara la urgencia a los pueblos del valle para que no interpretaran movimientos defensivos como preludio de saqueo; que se aseguraran molinos y arados con inventarios y testigos; que se enviaran mensajeros discretos a los escribanos de villa y a los monasterios con petición formal de certificaciones.
La vela se inclinó al cabo de un rato y su llama proyectó la sombra de la mano de Isabel sobre el pliego.
Ella la miró y, sin dramatismo, trazó las palabras que cerrarían las primeras órdenes: "Proteger la administración.
Probar la titularidad. No negociar la voz de Alcaraz.
" Firmó con un trazo corto, suficiente. Después alzó la vista y midió los días escritos en la última página: quince para presentar pruebas y testigos que no dejaran duda.