El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

No dejó que la lista se convirtiera en rutina.

Junto a cada punto anotó responsables y plazos.

Catalina encabezaría la partida a Santa Marta con una copia certificada y un cuadernillo para anotar incoherencias.

Hernán se ocuparía de la logística: dos caballos, víveres para cuatro jornadas, dos hombres de custodia cuyo porte no despertara sospechas en una posada.

Raimundo redactaría la nota ritual al alba siguiente.

Si el viaje pedía la presencia de una autoridad visible, llevaría una medalla de la casa y una carta formal de comisión; no por ostentación, sino para que la palabra tuviera fuerza cuando se presentara ante un clérigo.

Dividió el pergamino en siete casillas: verificación del escriba; declaración del sacristán; nota ritual del prior; retorno con testimonio; peritaje preliminar en Alcaraz; cotejo de sellos y presentación ante el receptor.

Quince días para cubrir siete hitos: la cuenta no admitía márgenes.

Subrayó la primera casilla con la pluma: salida al amanecer.

Al margen añadió alternativas concretas: "Si no halle a Gonzalo — declaración notarial local; petición al obispado.

" No quería invenciones; quería rutas trazables.

Mandó duplicar las copias y sellarlas ante dos testigos; una iría al prior, la otra quedaría en custodia del archivo.

Cada intercambio debería constar por minuta: quién entregó, quién recibió, hora y testigos.

Si alguien presentaba pliegos pulcros y testigos comprados, la diferencia entre histrionismo y evidencia sería esa traza que nadie podría borrar sin dejar huella.

Hablaba de la hipótesis de documentos ajenos ante la corte.

Dejó por escrito la cadena: sello temporal — testigo civil — firma del clérigo. No admitiría improvisaciones.

Catalina, con las yemas manchadas de tinta y el párpado pesado, esperó la voz que fijara las rutas. Isabel trazó la dirección con la calma de quien reparte rentas.

—Por la Culebra hasta Santa Marta; vuelta por la ribera si el Paso presenta vigilancia —dijo—. Catalina, id con la copia sellada y la lista de preguntas. Mostrad las hojas solo al escriba y al prior. Hernán, dadnos hombres que pasen por escolta discreta, no por guardia oficial.

Catalina asintió sin preguntas; conocía la medida de cada orden. Hernán anotó y propuso dos nombres para la custodia que Isabel aceptó: hombres de rostro corriente, conocidos en la posada. No quería que la partida pareciera comitiva ni que despertase curiosidad innecesaria.

Isabel pensó en la plaza, en los molinos y en las mesas de los arrendatarios que dependían de una administración visible.

No pronunció "pérdida"; apretó la pluma con la misma decisión con que cerraba cuentas.

Redactó una proclama breve para la asamblea del valle —no para la corte—: "La casa procura pruebas; esperamos la decisión del receptor.

" Catalina copiaría el texto y lo fijarían en la plaza al alba.

La intención era frenar rumores, no invocar aplausos.

Dispusieron otra salvaguarda: registrar todas las ofertas que llegasen.

Si alguien pretendía comprar la voz de Alcaraz, que quedara constancia escrita y sellada.

Los favores, anotados, se convertían en pruebas.

Ordenó a Hernán que comunicara a Mateo las partidas previstas de Catalina y que solicitara dos veteranos para escoltas separadas por rutas distintas; prudencia que pareciera hábito, no preparación de choque.

No quería que la guarnición fuese espectáculo; necesitaba un canal de seguridad que no intimidara al pueblo.

Repasó la transcripción y la redujo a un código compacto en su cuaderno de cuentas: "R.

—Gonzalo?— Prior — Juan — sellos — c. custodia.

" El código la estabilizó; convirtió la esperanza, ese bloque inestable que había sentido al ver el fragmento, en una estructura de nombres, plazos, rutas y testigos. Fue un acto de trabajo más que de fe.

Antes de enviar a nadie, fijó una instrucción práctica: nadie interrumpiría la partida con pedidos menores.

Las manos del señorío estaban ocupadas; la prioridad debía quedar clara.

Guardó el original en la caja fuerte del archivo y entregó la copia certificada a Catalina.

Marcó en el libro de salidas la comisión con su propia letra, un trazo que constituyó nuevo sello administrativo.

Se permitió un gesto privado: apoyó la frente un instante sobre el papel cerrado y midió el peso de la noche. La concentración convirtió la víspera en mapa. Abrió los ojos, recogió la pluma y llamó a Hernán con un movimiento breve.

—Al amanecer parten Catalina y dos hombres —dijo—. Que vuelvan con palabra o con la firma del prior. Si no, que traigan declaración notarial del escriba o, a falta de eso, testimonio certificable de quien lo sustituyó en la copia. Registradlo todo.

Hernán tomó nota sin preguntas; allí la obediencia no era súplica sino práctica de sostén.

Isabel volvió a mirar el acta parcial una vez más, y con una tinta que no admitía exageración trazó una línea que unía hoy con el día de la audiencia.

Debajo escribió, sin énfasis: "Quince." Luego dobló el papel y lo dejó sobre la mesa como quien deposita un juramento en custodia.

Convertida la esperanza en misión, cerró la sesión y dio la primera orden a la noche.