El Juramento de Ceniza CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

LAS CENIZAS DEL MAÑANA

El viaje de regreso a Aethelgard fue un eco silencioso del infierno que habían dejado atrás.

El Mar de Ceniza, despojado de la influencia antinatural del Rey Alaric y del ente primordial que latía bajo el Archipiélago de Ónice, había comenzado a transformarse.

Ya no era un caldo espeso de aguas grises y niebla sulfurosa.

El viento del norte había barrido la bruma, revelando un océano profundo, de un azul oscuro y sosegado, coronado por espuma blanca que danzaba al compás de una brisa limpia y cargada de promesas.

A bordo del galeón capturado, que ahora ondeaba velas blancas improvisadas en señal de armisticio, reinaba una calma exhausta.

Los soldados de la Tercera División y los Marcados compartían raciones de pan duro y agua dulce en cubierta, unidos por el trauma compartido y la victoria imposible.

Las miradas de desconfianza habían sido reemplazadas por asentimientos de respeto.

Habían sangrado juntos en la cumbre del Monte del Vacío; esa era una hermandad que superaba décadas de propaganda y purgas.

Kaelia se encontraba en el castillo de popa, envuelta en una pesada capa de lana para protegerse del frío cortante del atardecer.

Estaba sentada en una caja de municiones, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en el horizonte del sur.

Su cuerpo aún dolía en lugares que no sabía que existían.

El sobreesfuerzo de alterar la falla tectónica y sellar el abismo había dejado su núcleo mágico al borde del colapso.

Por primera vez en su vida, no sentía el crepitar constante de la energía bajo su piel; solo un vacío silencioso y reparador, como si el propio Corazón de Vhol hubiera decidido entrar en un profundo letargo.

Unos pasos pesados y familiares la sacaron de su ensimismamiento.

Darius apareció en su campo de visión. El Comandante se movía con cautela, apoyando parte de su peso en el pasamanos de roble para no forzar las costillas que, gracias a las vendas mágicas de los sanadores, comenzaban a soldarse.

Llevaba una túnica limpia de lino blanco y el cabello negro, usualmente corto y marcial, ahora le caía ligeramente sobre la frente, dándole un aspecto menos fiero y más vulnerable.

—Deberías estar durmiendo en el camarote —dijo Kaelia, esbozando una sonrisa cansada pero genuina—. Los sanadores dijeron que necesitas reposo absoluto si no quieres que un hueso te perfore un pulmón.