Epílogo Seis meses después
El aroma a pan recién horneado y madera de pino se mezclaba a la perfección con la brisa salada del océano.
La cabaña, erigida sobre los cimientos de piedra frente al acantilado, era robusta y acogedora.
Darius había cumplido su palabra. Con herramientas básicas, sudor y la ocasional e indiscreta ayuda mágica de Kaelia para levantar las vigas más pesadas, habían construido un hogar que desafiaba cualquier tormenta.
Kaelia salió al porche de madera, llevando dos tazas de barro humeantes con té de hierbas silvestres. Llevaba el pelo largo y suelto, mecido por el viento de la mañana, y vestía una sencilla camisa de lino y pantalones cómodos. Sus pies descalzos pisaron suavemente la madera pulida.
Darius estaba sentado en los escalones del porche, afilando un hacha con movimientos rítmicos y pausados. Ya no llevaba armadura, solo una camisa abierta que dejaba ver las antiguas cicatrices que cruzaban su pecho, ahora desvanecidas por el tiempo y la falta de nuevas heridas.
—Si sigues afilando eso, acabarás partiendo el aire, leñador
—bromeó Kaelia, sentándose a su lado y ofreciéndole una de las tazas.
Darius dejó el hacha y la piedra de afilar a un lado, aceptando el té con una sonrisa perezosa y satisfecha. Le dio un sorbo y suspiró, rodeando los hombros de Kaelia con su brazo libre.
—Solo me aseguro de que estemos listos para el invierno. La leña no se cortará sola, aunque tú podrías simplemente mirarla y hacer que ardiera.
—Eso sería hacer trampa. Y además, me encanta verte sudar cortando troncos —replicó ella, guiñándole un ojo y apoyando la cabeza en su hombro.
Miraron juntos el horizonte. De vez en cuando, recibían cartas de Aethelgard.
Silas les escribía para contarles los caóticos pero emocionantes avances de la República.
Elian se había convertido en un respetado maestro en la nueva Academia de las Artes Mágicas.
Thorne y Valerius habían logrado mantener la paz y estaban reconstruyendo el comercio del continente.
Las cosas estaban lejos de ser perfectas, pero el mundo seguía girando, y lo hacía en la dirección correcta.
Kaelia cerró los ojos, escuchando el sonido de las gaviotas y el romper de las olas. El monstruo bajo la montaña estaba sellado. Los tiranos habían caído. No había persecuciones, ni cadenas, ni juramentos de sangre que cumplir.
Por primera vez en su vida, la Dama de Ceniza estaba, verdadera y absolutamente, en paz.
Fin del Libro 2