CAPÍTULO 8
EN LAS FAUCES DEL LEVIATÁN
El hedor a cobre, madera quemada y muerte aún impregnaba la cubierta del galeón de la Cuarta División, pero no había tiempo para limpiar los restos de la escaramuza.
Bajo las órdenes implacables de Silas y Darius, los rebeldes arrastraron los cuerpos de los caídos hacia la bodega, ocultando cualquier rastro evidente de la masacre.
Fregaron la sangre con agua de mar y arena hasta que las tablas de roble recuperaron su tono pálido y desgastado por la sal.
El reloj avanzaba inexorablemente, y la tormenta violeta que coronaba el Monte del Vacío latía como un corazón enfermo, recordándoles cada segundo que el Rey Alaric estaba a un paso de condenar el continente.
Darius había despojado al capitán prisionero de su coraza dorada y su pesada capa carmesí.
Se ajustó el peto sobre sus propias vendas, ignorando el dolor agudo de sus costillas fracturadas.
El yelmo, rematado con una cimera de crin de caballo negro, ocultaba su rostro lo suficiente como para pasar desapercibido desde la distancia.
Mientras tanto, Kaelia y el resto de los Marcados descendieron a la penumbra de la bodega superior, manteniéndose fuera de la vista.
Solo los soldados de la Tercera División de Thorne, ataviados con piezas de armadura recuperadas de los marineros enemigos, permanecieron en cubierta, maniobrando los cabos y las velas con una precisión nacida del miedo.
—¿Estás seguro de que esto funcionará, Vane? —preguntó Silas, agazapado detrás del coronamiento de popa, con su ballesta cargada y el único ojo útil clavado en la densa línea de barcos que bloqueaba el horizonte.
—No estoy seguro de nada, Silas —respondió Darius, su voz amortiguada por la visera del yelmo.
Mantenía las manos firmes sobre el timón, guiando al inmenso galeón hacia las fauces de la flota enemiga—.
Pero conozco el protocolo de la Cuarta División.
Tienen órdenes estrictas de no romper la formación a menos que estén bajo ataque directo.
Verán nuestras banderas, verán la silueta de un galeón clase Leviatán y asumirán que somos la patrulla de vanguardia regresando para reabastecerse.
Si mantenemos el rumbo y la velocidad constantes, no dispararán.
A medida que la niebla terminaba de disiparse, la verdadera magnitud de las fuerzas navales del Rey se hizo evidente.
Doce galeones pesados, fortalezas flotantes de madera oscura y bronce, formaban una muralla inexpugnable a lo largo de la bahía de la Isla de la Zarpa.
Detrás de ellos, los escarpados acantilados de obsidiana se elevaban como murallas naturales, protegiendo los astilleros y la ciudadela portuaria.
Y más allá, dominándolo todo, el Monte del Vacío rugía, escupiendo relámpagos que no iluminaban, sino que parecían absorber la luz del día.
Kaelia, oculta en las sombras de la escalera que bajaba a la bodega, observaba a Darius a través de los peldaños.
Sentía el terror frío en el estómago de sus compañeros Marcados.
Estaban navegando directamente hacia el corazón del poder militar de Aethelgard, una base diseñada específicamente para detectar y aniquilar cualquier rastro de magia.
Si los cañones antimágicos de esos doce galeones abrían fuego simultáneamente, ni siquiera el Corazón de Vhol podría alterar una lluvia de metralla tan masiva.
—Mantened la calma —susurró Kaelia a Elian, que temblaba a su lado. La Dama de Ceniza no apartaba la vista de la nuca de Darius—. El Comandante sabe lo que hace. Solo necesitamos llegar al puerto.
El galeón capturado se deslizó por las aguas agitadas, acercándose a la línea de bloqueo.
La tensión en el aire era tan espesa que casi podía cortarse con una espada.
Cien metros. Cincuenta metros. Los inmensos cañones de los navíos leales apuntaban hacia ellos, como ojos vacíos y oscuros esperando una orden.
Darius no redujo la velocidad ni un ápice.
Sabía que cualquier atisbo de duda los delataría.
Un destello de luz rúnica brilló en el castillo de proa del buque insignia del bloqueo. Era una señal de reconocimiento. Darius, con movimientos rápidos y precisos, ordenó a un soldado de Thorne que izara una serie específica de banderas