El Juramento de Ceniza CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

EL MAR DE CENIZA

El océano no rugía; gemía. Las aguas que separaban el continente de Aethelgard del traicionero Archipiélago de Ónice no poseían el azul vibrante de los mares del sur ni la espuma blanca y alegre de las costas libres.

El Mar de Ceniza hacía honor a su nombre.

Era una vasta extensión de aguas grises, espesas y turbulentas, cubiertas por una bruma perpetua que olía a salitre, a azufre y a secretos sepultados.

La carabela Sombra Errante cortaba las olas con una agresividad nacida de la urgencia.

A babor y a estribor, rompiendo la niebla como fantasmas de madera y lona, navegaban sus dos naves gemelas, el Halcón Negro y la Venganza de hierro.

Las tres embarcaciones, requisadas de los astilleros del puerto este en las primeras horas del amanecer, navegaban con las velas hinchadas al máximo, forzando los mástiles hasta hacerlos crujir bajo la presión de un viento que Kaelia misma se encargaba de mantener constante mediante sutiles empujes de alteración atmosférica.

Kaelia permanecía de pie en el mascarón de proa de la Sombra Errante, ajena a las gélidas salpicaduras que le empapaban el rostro y la coraza de cuero.

Sus ojos ámbar estaban fijos en el horizonte invisible, intentando perforar la densa niebla que parecía tener voluntad propia.

Llevaban navegando dos días sin descanso.

El agotamiento era una losa que le aplastaba los hombros, pero la furia y la urgencia mantenían su núcleo mágico encendido, latiendo con la intensidad de una forja.

—Si sigues mirando al mar con esa intensidad, vas a hervirlo antes de que lleguemos —dijo una voz grave y áspera a sus espaldas.

Kaelia no se giró de inmediato. Reconocería el sonido de esas botas contra la madera de cubierta en medio de un huracán.

Darius se colocó a su lado, apoyando los antebrazos en la barandilla de babor.

Vestía una túnica de lana gruesa y un abrigo de cuero oscuro que el capitán del barco le había cedido.

Aunque aún se movía con cierta rigidez y su rostro conservaba las sombras de la tortura en las mazmorras del Rey, la brisa marina parecía haberle devuelto parte de su antigua vitalidad.

El Sabueso de la Corona era una criatura de acción; el encierro lo estaba matando, pero la perspectiva de la guerra lo revivía.

—¿Deberías estar fuera de la cama? —preguntó Kaelia, su tono a medio camino entre la reprimenda y el alivio. Giró la cabeza para observarlo. El viento le revolvía el cabello negro y corto, y sus ojos grises, fijos en las olas, parecían reflejar la misma tormenta que se avecinaba.

—El camarote era demasiado pequeño. Y los sanadores de Thorne son demasiado insistentes —respondió Darius,