El Juramento de Ceniza CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

EL CONSEJO DE LAS SOMbrAS

La Sala del Trono del Palacio de Ónice nunca había albergado a una asamblea semejante.

Bajo las bóvedas cruzadas, donde generaciones de monarcas habían dictado sentencias de muerte y recibido el tributo de lores arrodillados, el aire estaba ahora cargado con el sudor y la pólvora de una rebelión triunfante.

Las inmensas cristaleras, rotas en su mayoría por las ondas de choque del asedio, dejaban pasar un viento frío que agitaba los tapices reales, arrancando jirones de seda manchada de sangre.

En el centro de la estancia, la imponente mesa de estrategia tallada en obsidiana servía de punto de encuentro para dos mundos que, hasta el día anterior, se habían jurado exterminio mutuo.

A un lado, el General Thorne y tres de sus capitanes de mayor rango, ataviados con sus pesadas corazas abolladas, representaban a la facción militar que había traicionado al Rey.

Al otro lado, Silas, Elian y un par de líderes improvisados de los Marcados, vestidos con cuero raído y vendas ensangrentadas, encarnaban a la magia oprimida del Distrito Inferior.

La tensión era palpable. Los soldados profesionales miraban con evidente incomodidad a los hombres y mujeres que canalizaban fuego y alteraban la materia, mientras que los rebeldes mantenían las manos peligrosamente cerca de sus armas, sin confiar del todo en los mismos uniformes que llevaban décadas quemándolos vivos.

Kaelia presidía la mesa. No se había sentado en el trono negro que se alzaba vacío en el estrado; en su lugar, se mantenía de pie, apoyando las manos enfundadas en cuero sobre un enorme pergamino que representaba el continente de Aethelgard.

Su coraza estaba limpia de la sangre de la batalla, pero sus ojos ámbar conservaban esa dureza implacable que la había convertido en la Dama de Ceniza.

—El Rey no huye por cobardía —comenzó Kaelia, su voz firme cortando el murmullo tenso de la sala—. Huye con un propósito. Y si no lo detenemos antes de que alcance el santuario de las Islas Negras, la guerra que libramos hoy en los adoquines parecerá un juego de niños.

Thorne cruzó los brazos sobre su amplio pecho, el ceño fruncido bajo el cabello grisáceo.

—Mis exploradores confirman vuestra teoría, Kaelia.

El galeón personal de Alaric, el Leviatán, zarpó del puerto norte escoltado por tres fragatas ligeras antes del amanecer.

Aprovecharon la marea y los vientos favorables.

Nos llevan al menos doce horas de ventaja, y su destino evidente es el Archipiélago de Ónice, la base naval de la Cuarta División.

—Podemos interceptarlos —intervino uno de los capitanes leales a Thorne, un hombre joven con una cicatriz cruzándole la nariz—. Si tomamos los astilleros del este, tenemos media docena de carabelas rápidas a nuestra disposición.

—Carabelas contra el Leviatán y la flota de la Cuarta División —replicó Silas, con una risa seca y amarga—. Eso no es una intercepción, muchacho, es un suicidio asistido. Sus cañones antimágicos nos hundirán antes de que podamos ver el color de sus ojos.

Antes de que el capitán pudiera responder a la afrenta del veterano manco, las pesadas dobles puertas de la Sala del Trono se abrieron con un gemido grave. Las discusiones cesaron abruptamente.

Darius Vane entró en la estancia. El Comandante caminaba despacio, su postura rígida delatando el inmenso dolor de las costillas fisuradas y los músculos desgarrados.

Llevaba una túnica negra de lino que ocultaba los peores vendajes, pero su rostro aún lucía la palidez de los días pasados en las catacumbas.

Sin embargo, en su mirada gris no había rastro de debilidad.

El Sabueso de la Corona irradiaba una autoridad tan abrumadora que incluso los oficiales de Thorne se cuadraron instintivamente al verle pasar.

Kaelia sintió que el nudo perpetuo en su estómago se aflojaba un poco. Había dejado a Darius descansando bajo los cuidados de los mejores sanadores de la Tercera División, pero sabía que era imposible mantener a un hombre de su temple alejado de la sala de guerra.