El Juramento de Ceniza CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

EL PESO DE LA CORONA

El ascenso desde las catacumbas fue una marcha agónica.

Cada escalón de piedra parecía requerir un esfuerzo titánico.

Kaelia soportaba gran parte del peso de Darius, sintiendo el calor febril que irradiaba su piel desnuda y surcada de heridas.

El Comandante no se quejaba, pero su respiración era un siseo áspero, y la tensión en su mandíbula delataba el tormento que suponía cada movimiento tras días de suspensión y tortura ininterrumpida.

Silas y Elian abrían la marcha, con las espadas desenvainadas y los sentidos alerta, aunque la resistencia en los niveles inferiores había sido aniquilada.

El eco de la batalla que antes había hecho temblar los cimientos del Palacio de Ónice se había apagado, reemplazado por un silencio pesado, roto únicamente por quejidos aislados y el crepitar de las antorchas.

—Casi llegamos —susurró Kaelia, ajustando su agarre alrededor de la cintura de Darius.

Podía sentir el latido rítmico de su corazón, un tamborileo constante que le infundía fuerzas.

Ya no había rastro de la Podredumbre en su sangre, pero las cicatrices frescas de los látigos de Kaelen eran un recordatorio brutal de que el Rey no necesitaba magia para ser un monstruo.

—No tienes que llevarme... —murmuró Darius, intentando enderezarse y aliviar el peso que cargaba sobre ella, aunque sus piernas temblaron peligrosamente al hacerlo.

—Cállate, Sabueso —replicó ella con una mezcla de rudeza y ternura, tirando de él hacia sí—. Me has salvado la vida demasiadas veces. Déjame hacer de bastón por una vez. Además, si te caes y te rompes el cuello en esta escalera después de todo lo que he quemado para sacarte, te mataré yo misma.

Una exhalación que pretendía ser una risa escapó de los labios del Comandante. Se apoyó de nuevo en ella, rindiéndose a la fatiga, confiando ciegamente en la ladrona que había derrocado a una dinastía.

Cuando cruzaron la puerta de hierro fundido y emergieron en el Gran Vestíbulo, el espectáculo que se abrió ante ellos fue desolador.

La grandiosidad del palacio había sido profanada.

Los inmaculados suelos de mármol blanco estaban irreconocibles bajo un manto de sangre, ceniza y cuerpos destrozados.

La Guardia de Élite del Rey yacía esparcida en la base de la escalinata de alabastro, sus brillantes armaduras de obsidiana abolladas, derretidas o perforadas.

Entre ellos, también descansaban decenas de soldados de la Tercera División y Marcados vestidos con harapos, unidos en la muerte independientemente del bando por el que habían luchado.