CAPÍTULO 4
EL ECO DE LAS CADENAS
El humo negro y espeso entraba a raudales en el Gran Vestíbulo del Palacio de Ónice, arrastrándose por los inmaculados suelos de mármol blanco como una marea de podredumbre.
Durante siglos, aquel salón había sido el símbolo supremo del poder inquebrantable de la Corona, un espacio diseñado para hacer sentir minúsculos a embajadores y lores.
Sus columnas, talladas en una sola pieza de cuarzo oscuro, se elevaban veinte metros hacia un techo abovedado donde frescos recubiertos de pan de oro relataban las victorias de los Reyes Magos sobre el Caos.
Pero hoy, el Caos había regresado para cobrarse su peaje, y no tenía la intención de admirar la arquitectura.
Kaelia fue la primera en cruzar el umbral destrozado, pisando los inmensos fragmentos de las Puertas del Solsticio que habían quedado esparcidos por el suelo como lápidas profanadas.
Su respiración era irregular, cada inhalación un recordatorio punzante del peaje que el Corazón de Vhol le estaba exigiendo a su cuerpo mortal.
Le sangraba la nariz, y un reguero carmesí le manchaba la barbilla, pero sus ojos ámbar no habían perdido ni un ápice de su letal determinación.
Frente a ella, formando una última línea de defensa desesperada en la base de la gran escalinata de alabastro, aguardaba la Guardia de Élite del Rey.
Eran quinientos hombres, la crema y nata de la infantería, ataviados con capas carmesíes y armaduras de obsidiana pulida, armados con alabardas y escudos pavonados.
A diferencia de las divisiones en la calle, estos hombres no huirían.
Estaban fanáticamente dedicados a Alaric.
—¡Por el Rey! ¡Muerte a los herejes! —rugió el comandante de la Guardia, bajando la visera de su yelmo.
Detrás de Kaelia, el General Thorne y los remanentes de la Tercera División irrumpieron en el vestíbulo, seguidos de cerca por Silas, Elian y los Marcados supervivientes.
El contraste entre los harapientos rebeldes cubiertos de barro y la prístina Guardia Real era absoluto, pero la moral había cambiado de bando.
Las tropas de Thorne rugieron, embriagadas por la victoria imposible en las puertas, y cargaron sin esperar órdenes.
El choque en el Gran Vestíbulo fue una carnicería a corta distancia.
El sonido del acero contra el mármol, los gritos de guerra y los alaridos de los heridos reverberaron en la bóveda con una intensidad ensordecedora.
La sangre comenzó a manchar el suelo blanco, convirtiéndolo en una pista de patinaje mortal.