El Juramento de Ceniza CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

SANGRE EN LOS ADOQUINES

El amanecer sobre Aethelgard no trajo consigo la luz del sol, sino un manto de nubes bajas y grises, hinchadas por la promesa de una tormenta inminente.

El aire estaba cargado de estática y del olor metálico de las espadas recién afiladas.

En el vasto patio de armas del flanco este, ocho mil soldados de infantería pesada de la Tercera División formaban en filas perfectas, un mar de acero oscuro y estandartes plateados que aguardaba en un silencio sepulcral.

Frente a ellos, contrastando violentamente con la disciplina castrense, se agrupaba la variopinta horda de Kaelia.

Eran centenares de Marcados y simpatizantes del Distrito Inferior, vestidos con cueros remendados, telas raídas y armaduras saqueadas que les venían grandes.

No tenían formación militar, ni marchaban al unísono, pero en sus ojos ardía un fuego que ningún adiestramiento del Rey podía infundir: la desesperación de quienes ya no tenían nada que perder.

Kaelia permanecía de pie junto al General Thorne en una plataforma elevada, observando la insólita alianza.

Ella había renunciado a su capa raída. Ahora llevaba una coraza de cuero endurecido, ajustada sobre su túnica oscura, y dos dagas gemelas al cinto.

Pero su verdadera arma no colgaba de su cintura; latía en su pecho, un núcleo de poder alterador que zumbaba con la intensidad de un enjambre enfurecido.

—¿Están listos tus hombres, General? —preguntó Kaelia, sin apartar la vista de las imponentes torres del Palacio de Ónice que se alzaban en la distancia, coronando la ciudad como una garra de piedra negra.

—Llevan entrenando toda su vida para la guerra, Kaelia — respondió Thorne.

Su tono era solemne, carente del desprecio que un oficial de su rango solía mostrar hacia los civiles—.

La pregunta es si tu gente está lista para enfrentarse a la picadora de carne que Lord Kaelen ha desplegado en la Avenida de los Reyes.

—Mi gente ha vivido en una picadora de carne desde el día en que nacieron —replicó ella, girando la cabeza para mirarle a los ojos—. Hoy solo van a devolver el favor.

Thorne asintió lentamente. Desenvainó su espada, el acero rozando la vaina con un silbido limpio que resonó en el patio. Levantó la hoja hacia el cielo encapotado, y los capitanes de sus batallones respondieron alzando sus estandartes.

—¡Tercera División! —bramó el General, su voz amplificada por la acústica de los muros de piedra—. ¡Hoy marchamos no para proteger a un tirano, sino para salvar el alma de Aethelgard! ¡Por el verdadero honor del reino!