CAPÍTULO 2
EL FILO DE LA TRAICIÓN
El Mercado de las Cenizas se había transformado.
Ya no era un pozo de desesperación y miedo donde los oprimidos bajaban la cabeza ante el acero de la Corona.
En el espacio de un par de horas, las ruinas de los puestos comerciales se habían convertido en barricadas, y los callejones adyacentes hervían con una actividad frenética y febril.
La Dama de Ceniza había encendido una mecha que llevaba décadas esperando una sola chispa.
Kaelia caminaba entre la multitud, sintiendo el peso de cientos de miradas sobre ella.
No eran miradas de terror, sino de una devoción casi fanática.
Había desmantelado a un escuadrón entero de la Guardia sin derramar una sola gota de su propia sangre, y ese acto imposible la había elevado a la categoría de deidad callejera.
Hombres y mujeres afilaban cuchillos de carnicero, guadañas oxidadas y espadas melladas robadas a los soldados caídos.
Otros, aquellos que habían vivido ocultando su condición, comenzaban a experimentar con la chispa de magia que corría por sus venas, encendiendo pequeñas llamas o haciendo levitar piedras bajo la supervisión de los más veteranos.
—Mi señora —la llamó una voz a su espalda.
Kaelia se giró. Era Silas, el hombre al que le faltaba un brazo, el primero que había dado un paso al frente para unirse a ella. A pesar de su mutilación, sus ojos oscuros destilaban la dureza de un veterano de guerras olvidadas.
—No me llames así —respondió Kaelia, su tono cortante pero exento de crueldad—. No soy de la realeza. Soy una ladrona. Llámame Kaelia.
—Como ordenes... Kaelia. Hemos asegurado el perímetro del mercado.
Los vigías en los tejados informan que la Guardia no ha enviado refuerzos todavía.
Parece que el capitán que dejaste escapar ha sembrado el pánico en los cuarteles inferiores, pero es solo cuestión de tiempo antes de que despachen a la Primera División.
Kaelia asintió lentamente, cruzándose de brazos mientras observaba el cielo plomizo de Aethelgard.
La calma antes de la tempestad. Sabía que Alaric no permitiría que un levantamiento de Marcados durara más de un día.
El Rey respondería con fuego y sangre, enviando a sus mejores hombres para masacrarlos antes de que la noticia se extendiera más allá del Distrito Inferior.
—Que vengan —murmuró ella, sus ojos ámbar brillando con una luz fría—. No vamos a esperarlos aquí. Si nos quedamos a la defensiva, nos rodearán y nos matarán de hambre. Necesitamos armas de verdad. Necesitamos