CAPÍTULO 1
LA DAMA DE CENIZA
El viento del sur traía consigo el hedor inconfundible de Aethelgard: una mezcla rancia de carbón quemado, hierro oxidado y el sudor de un millón de almas hacinadas entre murallas de piedra negra.
Para Kaelia, ese olor había sido durante veintiún años el sinónimo de la supervivencia, el aroma del hogar en los lúgubres callejones del Distrito Inferior.
Pero ahora, tras haber respirado el aire puro y cortante de las Montañas Quebradas, el tufo de la capital le revolvía el estómago. Sabía a encierro. Sabía a muerte.
Oculta bajo la pesada capa de lana que le había robado a un mercader en las afueras, Kaelia observó las imponentes Puertas de Obsidiana desde la linde del Bosque de las Espinas.
Habían pasado apenas cuatro días desde que cabalgó en dirección opuesta, alejándose del altiplano nevado donde dejó atrás a Darius.
Cuatro días de cabalgada frenética, de dormir a intervalos de dos horas con un ojo abierto y la mano apoyada en la daga, de alimentarse de raíces y odio puro.
El dolor en su pecho era un ente vivo. No se parecía en nada al agotamiento mágico o a la quemazón física de sus muñecas, que aún lucían las cicatrices del Corazón de Vhol.
Era un desgarro profundo y constante, un eco fantasma que latía cada vez que cerraba los ojos y recordaba la figura del Comandante arrastrado por cadenas de acero, desangrándose en la nieve para comprarle su libertad.
—Imbécil —susurró para sí misma, la voz rota por una mezcla de furia y anhelo. Apretó los puños bajo la tela de la capa, sintiendo la chispa violácea crepitar, impaciente por salir—. Pedante, arrogante y absoluto imbécil.
Él le había ordenado vivir. Le había entregado el mundo en bandeja de plata, la oportunidad de tomar el oro y desaparecer en los Continentes Libres, donde nadie conocía a los Vane ni al Rey Alaric, donde una mujer con ojos ámbar podía caminar por la calle sin temor a ser arrojada a una pira.
Pero Darius había olvidado una lección fundamental del Mercado de las Cenizas: una ladrona nunca suelta lo que considera suyo. Y en aquel templo en ruinas, tras devolverle la vida y sentir el latido de su corazón sano contra el suyo propio, Kaelia lo había reclamado.
Volvió a centrar su atención en las puertas de la ciudad.
La seguridad se había triplicado. Las almenas estaban erizadas de ballesteros, y las patrullas de infantería registraban a cada campesino, mercader y vagabundo que intentaba entrar o salir de Aethelgard.
Buscaban a una mujer joven, de cabello oscuro y ojos delatores.
Lord Kaelen había dado la orden; no había duda de ello.