El Juramento de Ceniza Prólogo
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El Juramento de Ceniza

El Juramento de Ceniza

Por Mario Garcia

© inepub.com

Prólogo

El frío en las entrañas del Monte del Vacío no era un frío natural, nacido de la piedra o del invierno. Era una escarcha cósmica, la ausencia absoluta de calor y de vida que se aferraba a los huesos y envenenaba el aliento.

Alaric, recién coronado Rey de Aethelgard, descendió los últimos escalones de basalto con la antorcha temblando en su mano izquierda.

El oro de su diadema real aún le rozaba las sienes con la incomodidad de lo nuevo, pero el verdadero peso de su reinado no residía en el metal forjado en la capital.

Residía allí abajo, en la oscuridad insondable del Archipiélago de Ónice, el secreto mejor guardado de su línea de sangre.

Frente a él se alzaban las inmensas puertas de hierro y hueso del Templo del Sello.

No había guardias. No había sacerdotes. Su padre, en su lecho de muerte, le había entregado una única llave de obsidiana y una advertencia que le había sonado a los delirios de un moribundo: «El trono no es un asiento de poder, Alaric.

Es la tapa de un ataúd. Y algo está arañando la madera desde dentro».

Alaric insertó la llave en la cerradura rúnica. El mecanismo gimió como una bestia herida y las pesadas hojas se abrieron, escupiendo un hedor a ozono y podredumbre milenaria.

El joven rey entró en la inmensa caverna.

En el centro, un foso circular descendía hacia un abismo del que emanaba un tenue, casi imperceptible, resplandor violeta.

Alrededor del borde, una red de pilares de cuarzo blanco latía débilmente, manteniendo unida la fractura del mundo.

Pero Alaric no miró el abismo de inmediato; su atención fue capturada por un atril de piedra en el que descansaba un grueso tomo encuadernado en cuero negro.

El diario del Primer Rey Mago.

Alaric dejó la antorcha en un soporte y abrió las páginas quebradizas. Las entradas iniciales hablaban de gloria, de la unificación del continente y de la magia como un regalo de los dioses. Pero a medida que pasaba las páginas, la caligrafía se volvía errática, desesperada.

«No es un regalo», rezaba una de las últimas anotaciones, escrita con trazos furiosos que habían rasgado el pergamino.

«La magia que fluye por las venas de nuestra gente no es una bendición.

Es una fuga. Una filtración de la prisión que yace bajo el mar.

Cada vez que un hombre enciende una llama con su mente o altera la piedra, el sello se debilita.

El ente primordial se alimenta de la fricción.

Está despertando. Para salvar el mundo, la magia debe ser erradicada.

Pero ¿cómo masacrar a tu propio pueblo?»

Alaric retrocedió un paso, sintiendo que el aire se volvía espeso en sus pulmones.

El Primer Rey no había tenido el valor de hacerlo.

Había sellado la falla con su propia fuerza vital y había dejado el problema a sus descendientes.

Durante siglos, la monarquía había intentado controlar a los magos, pero la "enfermedad" seguía extendiéndose.

Los Marcados, como los llamaban ahora en los bajos fondos, nacían cada día con mayor poder.

Y el sello se estaba resquebrajando.

Alaric se asomó al borde del foso. En la profunda negrura, el resplandor violeta parpadeó.

No era un simple fenómeno geológico. Había una inteligencia allí abajo.

Vasta, antigua y hambrienta. Sintió un susurro deslizándose por su mente, no con palabras, sino con sensaciones de poder absoluto, de eternidad, de un dominio que empequeñecía su patético reino de mortales.

En ese instante, en la penumbra del Monte del Vacío, el joven e idealista Rey Alaric murió, y nació el arquitecto del terror.

Comprendió lo que debía hacer. Las medias tintas de sus antepasados solo habían retrasado lo inevitable.

Si los Marcados eran la fuga que debilitaba el sello, entonces debían ser utilizados para repararlo.

No podían ser simplemente ignorados o marginados.

Debían ser purgados. Su esencia mágica, su sangre, sería el mortero que mantendría cerrada la grieta.

—No seré el rey que dejó arder el mundo —susurró Alaric a la oscuridad.

Cerró el diario con un golpe seco y lo guardó en su zurrón.

Ya estaba calculando los años que le tomaría construir la maquinaria de exterminio perfecta.

Necesitaría un ejército fanático, inmune a la empatía.

Necesitaría líderes sádicos que no cuestionaran las órdenes, hombres como ese joven noble de la Casa Kaelen que había mostrado una preocupante, pero útil, inclinación por la crueldad.

Alaric se giró para marcharse, pero se detuvo.

Una idea más, fría y seductora, arraigó en su mente.

Si iba a canalizar la fuerza vital de miles de herejes hacia la falla tectónica...

¿no podría, acaso, desviar una pequeña porción de ese inmenso flujo hacia sí mismo?

Solo lo necesario para asegurar que su reinado durara lo suficiente como para completar la tarea.

Para proteger a Aethelgard. Para ser eterno.

El Rey sonrió, una mueca carente de cualquier rastro de humanidad.

La historia lo llamaría tirano. Los años venideros estarían manchados con la sangre de inocentes en la Plaza de los Mártires.

Pero mientras ascendía las escaleras de regreso a la superficie, abandonando el abismo, Alaric sabía que estaba forjando el único futuro posible. Un futuro construido sobre cenizas.