Capítulo 26. #5
Cuando la sala se vació, nos quedamos hablando durante un buen rato en el pasillo.
Pensé que me guardaría rencor por ganarle el caso, pero en lugar de eso, compartimos vivencias, anécdotas de nuestros primeros años estudiando y nuestra visión sobre la ley.
Es un hombre apuesto, altísimo, con una presencia que domina el espacio sin necesidad de alzar la voz.
Me ha contado que lleva muchos años viviendo en Japón y que se mudó aquí desde el extranjero cuando era muy pequeño.
Su acento al hablar nuestro idioma es increíble...
Tiene un matiz tan sutil que me deja completamente fascinada mientras le escucho hablar sobre sus ideales.
Es tan misterioso… Hay algo en su mirada, una especie de tristeza que no logro entender del todo, pero quiero hacerlo.
Nunca he conocido a un abogado defensor que ponga la verdad por encima de su propio ego. Es... cautivador.
Me llevo la carta que tengo en la mano hacia mi pecho, apretándola fuerte. Es una carta de amor, pero empiezo a encajar las piezas y me doy cuenta de que, lo que realmente tengo en las manos, es…
«Elena... Kudo. ¿Fiscal?».
Abro los ojos de par en par en medio de la oscuridad de la habitación.
«Esta mujer... Estas cartas... ¿No serán de la madre de Keith?».
Sujeto el papel con tanta fuerza que temo dejar mis huellas dactilares marcadas para siempre en la historia de esta familia.
Sé que está mal, sé que esto es una invasión a la privacidad de esta mujer y, lo que es peor, un ataque directo a la confianza de Keith, si es que alguna vez tuvo algo de eso conmigo.
Pero no puedo parar de leer… Es como si algo se hubiera apoderado de mí, una fuerza que tira de mis hilos y me obliga a seguir escarbando en la herida.
Saco otra carta, con las manos todavía temblando, y la luz tenue de la luna la ilumina.
12 de febrero de 1993,
Hoy él ha venido al despacho. Ha aparecido sin avisar, y nadie me ha dicho que venía Viene a visitar al maestro Lei para charlar sobre un caso de propiedad intelectual en el que trabajaron juntos hace tiempo, pero no puedo evitar buscar cualquier excusa para acercarme.
Le ofrezco un café y mis manos tiemblan un poco mientras le paso la taza, pero me dedica una de esas sonrisas que parecen iluminar hasta el rincón más oscuro de este edificio.
Da un sorbo, me mira a los ojos y me dice que es el mejor café que ha tomado en su vida.
Sé que es una cortesía, y que probablemente el café de la máquina de la sala de espera sea mejor, incluso, pero la forma en que lo dice me hace sentir que he ganado el juicio más importante de mi carrera.
Llevo meses siguiendo sus pasos en los tribunales.
Verle trabajar es un espectáculo de lógica y humanidad; se mueve por la sala con una elegancia que me deja hipnotizada…
. Verle ser tan brillante me hace feliz, pero también me desconcierta.
Cada día que pasa, mi corazón se acelera un poco más cuando escucho su voz al otro lado de la puerta.
Hace un par de noches, me quedé hasta tarde en los juzgados revisando el expediente del último caso donde he trabajado, y él todavía estaba allí.
Cuando me vio salir, me ofreció llevarme a casa en su coche…
No pude negarme. Terminamos cenando juntos en un restaurante de carne cerca de la estación de Kioto.
No hablamos de leyes, ni de jueces, ni de sentencia, sino de la vida, de lo que significa estar lejos de casa y de lo que esperamos del futuro.
Estoy feliz. Es una sensación extraña, casi ajena a mi carácter, pero cuando le miro, veo algo en sus ojos que no he visto nunca en nadie más. Una chispa de libertad que me hace querer escapar de todo lo que significa ser una Kudo.
«Conozco esa sensación», pienso.
Sin decir nada, alargo la mano y cojo la siguiente hoja. Mis dedos rozan el papel, y veo que han pasado seis meses desde la última vez que escribió.
22 de agosto de 1993,
Perdón por el silencio. Perdón por llevar medio año sin escribir una sola línea en estas páginas, pero es que...
han pasado tantas cosas que apenas he tenido tiempo de sentarme a pensar.
La vida ha corrido más rápido que mi pluma.
He seguido viéndome con él. Al principio eran cafés, luego cenas que se alargaban hasta la madrugada, y después...
después llegó la noche que lo cambió todo.
Fue hace poco, estábamos en una noche estrellada, de esas en las que el cielo de Kioto parece que va a desplomarse sobre nosotros mientras los dioses nos están viendo, juzgándonos.
Nos sentamos en un banco, justo delante de uno de los templos más bonitos de la ciudad…
Y nos besamos.
Fue un beso fugaz, apenas un roce que me quemó los labios, pero después de ese... han venido muchos más, muchos más.
No he vuelto a enfrentarme a él en el juzgado.
Quizás el destino me está dando una tregua, o quizás soy yo la que evita cruzar su mirada desde el estrado de la fiscalía porque sé que perdería toda mi objetividad, pero mi corazón necesita más.
Necesito quererle de una forma que dé miedo.
Creo que estoy sintiendo algo muy profundo por este hombre, algo que va más allá de la admiración o del deseo.
Es como si, por primera vez, las piezas de mi vida que mi padre intentó romper estuvieran volviendo a encajar gracias a él.
Bajo la carta y la aprieto contra mi regazo, cerrando los ojos con fuerza. La dejo en el suelo, y cojo la siguiente.
25 de agosto de 1994,
Ha pasado un año. Un año entero desde que empezó todo, y siento que me estoy rompiendo en pedazos. Me he enamorado perdidamente de él, le amo con una fuerza que me desgarra el corazón, con una devoción que mi padre despreciaría, pero... Creo que él no siente lo mismo.