El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 26. #6
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Capítulo 26. #6

Es como intentar atrapar el humo con las manos.

Un día está aquí, me mira como si fuera la única mujer en este país, y al otro simplemente no está.

Un día me dice que tiene mucho trabajo y desaparece semanas sin decirme nada, dejándome ahogada en el silencio de este maldito despacho...

y al otro me lo cruzo por los pasillos de los juzgados o en la comisaría, y me saluda como si nada, como si no llevara días esperando una señal de que existo para él.

A veces parece que me quiere con locura, y a veces parece que no soy más que una distracción en su camino.

Ya no pude soportarlo más, así que se lo he dicho. Le he dicho que no puedo más con esta incertidumbre, y que me he enamorado de él de una forma que no sé gestionar.

¿Y sabes cuál fue su respuesta? Me ha dicho que "es complicado", pero que "lo iremos viendo"... Dice que está confundido.

Todos los hombres están siempre confundidos.

Confundidos durante días, semanas, meses...

¿Por qué yo no me he sentido confundida ni un solo día, ni un maldito segundo, desde que le vi por primera vez hace un año y medio?

Si está tan confundido, ¿por qué entonces me ha seguido besando?

¿Por qué me ha tocado como si me amara? ¿Acaso no me querrá nunca?

Themis... Tú que eres la diosa de la justicia y deberías ver la verdad en los corazones, dime... ¿Tú crees que me quiere?”

Se me escapa un sollozo ahogado.

Me tapo la boca con la mano rápidamente, aterrorizada por el ruido que acabo de hace.

¿Keith me habrá escuchado? Siento el dolor de Elena por ese hombre a través de cada letra de esta página.

Puedo sentir su desesperación, la forma en que se aferraba a migajas de atención de un hombre que, simplemente, no sabía si la amaba de vuelta.

«Lo iremos viendo».

«Estoy confundido».

Siento náuseas, sé cómo se siente eso. Sé lo que es amar a alguien que te da una de cal y otra de arena, alguien que te besa en la oscuridad y te ignora bajo la luz del día. Lo he vivido en Seattle, y no lo quiero volver a vivir de nuevo.

Rebusco entre el fondo del hueco del libro, pero algo no cuadra. Hay un vacío temporal demasiado grande y faltan cartas, estoy segura. La siguiente que encuentro es casi años después, pero… Nadie deja de escribir de forma tan abrupta cuando tiene el alma en carne viva, ¿verdad?

¿Por qué se detuvo? ¿Alguien se las llevó? ¿O simplemente el dolor fue tan grande que escribir dejó de tener sentido?

Esta carta parece distinta, como si hubiera estado empapada desde hace mucho tiempo y se hubiera secado a traición, dejando la hoja deformada.

La abro sin pensarlo porque algo me dice que estoy destinada a leerla, y que todo este viaje desde Seattle, cada juicio, y cada minuto que he pasado con Keith, me ha traído a este trozo de papel mojado.

Hay círculos de tinta emborronada por todas partes. Manchas oscuras donde las palabras se han desvanecido porque las lágrimas de Elena cayeron sobre ellas mientras escribía.

Miro la fecha…

Ha pasado más de un año desde la última vez que escribió.

19 de febrero de 1996,

Un año y medio.

He pasado un año y medio viviendo en una mentira, alimentándome de las migajas que dejabas caer en los pasillos de los juzgados, creyendo que cada mirada era una promesa y cada beso un refugio.

Me enamoré de ti juicio tras juicio… perdida, estúpida, entregada.

Pero hoy, el mazo ha caído sobre la mesa de la forma más cruel posible.

Te has presentado en mi puerta y, por un segundo, mi estúpido corazón ha pensado que venías a quedarte.

Pero tu rostro era de piedra, y lo único que te has atrevido a decirme es que nunca me has querido de verdad.

Que lo has intentado, que te has esforzado por sentir algo, pero que simplemente no has podido.

No he sido una razón de peso para ti, no he sido nada.

Y mientras yo me desmoronaba ante ti con lágrimas sangrientas en los ojos, me has contado tu gran secreto… Que has estado estudiando medicina a mis espaldas, a espaldas de todos, durante años. Te marchas. Abandonas la abogacía como quien se sacude el polvo de los zapatos.

Has puesto tu distintivo de abogado en mis manos y me has dicho que te mudas a Washington, a tu tierra, donde naciste, para empezar una nueva vida allí, de donde no debiste irte…

Para ser alguien que no tenga nada que ver con los tribunales, y, sobre todo, para ser alguien que no tenga nada que ver conmigo.

Nathaniel Hawthorne, eres lo peor que me ha pasado en la vida, y jamás debí enamorarme de ti. Jamás deberías haber sido abogado, así jamás te hubiera conocido. Ojalá seas infeliz toda tu vida, y no vuelva a verte jamás. Te odio... tanto.

Tanto que me odio todavía más a mí.

La carta resbala de mis dedos y cae sobre la alfombra roja.

Siento que el suelo desaparece bajo mis pies y me llevo ambas manos a la boca, apretándolas con tanta fuerza que mis nudillos duelen e intentando contener un grito que no llega a salir. Mis ojos, fijos en la nada, están en trance, mientras las paredes de la habitación empiezan a cerrarse sobre mí.

El corazón se me dispara, el pulso se acelera y mi ritmo cardíaco aumenta.

Me falta el aire, así que inspiro y expiro con desesperación, una y otra vez, pero mis pulmones se niegan. Es como si el oxígeno se hubiera convertido en plomo.

Nathaniel... Hawthorne.

—¿Papá?