El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 26. #4
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Capítulo 26. #4

—Bájame —le ordeno en voz baja.

Y lo hace. Nos quedamos de pie, frente con frente, nariz con nariz, inspirando con dificultad, compartiendo el mismo aire caliente.

—Kudo… tus jamás también son muy cortos.

—Tengo la mala costumbre de mentir en este sitio, bala de plata.

Me da un beso lento y se aleja, sentándose en el sofá.

Yo también me siento, completamente agotada.

Durante unos minutos permanecemos en silencio, sin tocarnos, solo recuperando el aliento.

Al cabo de un rato, me agacho, recojo las horquillas del pelo del suelo y me hago un moño mal hecho.

Necesito una ducha… Estoy asquerosa, pegajosa y con el cuerpo marcado por sus manos.

Pero, sobre todo, sé que ya nada volverá a ser igual.

El silencio de la habitación carmesí ahora es ensordecedor, solo interrumpido por nuestras respiraciones que, poco a poco, van recuperando su ritmo normal.

Keith se inclina hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas.

Pasa una mano por su pelo oscuro, echándolo hacia atrás para despejarse la frente, y suelta un suspiro.

La luz de la luna baña su espalda ancha, cubierta por un ligero brillo de sudor, resaltando la tinta de los tatuajes que hace un momento estaba arañando con mis propias manos.

—Si seguimos sentados aquí cinco minutos más, no respondo de mis actos —dice, con la voz todavía grave y ronca, rompiendo el silencio—. Tenemos que irnos, es tarde.

Me río por lo bajo.

—Pues vístete, Kudo. ¿Piensas irte desnudo?

—Entiendo que sea frustrante volver a verme vestido, pero no, no voy a salir de aquí sin ropa.

Se levanta del sofá y empieza a recoger su ropa del suelo.

Le observo en silencio. Ver cómo se pone la ropa es como ver a un gladiador volver a meterse en su armadura.

Primero los calzoncillos, luego los pantalones...

y después se sube la cremallera y abrocha el botón.

Recoge la camisa negra de la alfombra, se la pasa por los hombros y empieza a abrocharse los botones, uno por uno, ocultando parte de su pecho y sus tatuajes, todo lo que acaba de ser mío hace unos minutos.

En menos de sesenta segundos, el hombre salvaje y hambriento que me acaba de follar contra una estantería desaparece. En su lugar, vuelve a estar frente a mí el fiscal inalcanzable, frío y legendario.

Me levanto del sofá y miro el desastre que hay en el suelo. Mi ropa interior está tirada cerca de uno de los libros que han caído, y el kimono de dos millones de yenes yace sobre la alfombra, arrugado.

Me agacho para ponerme el tanga y el sujetador a toda prisa, sintiéndome repentinamente torpe, y luego levanto el kimono, que pesa más de 3 kilos.

—Mierda….

Intento cruzármelo por el pecho, pero se me resbala.

También trato de ajustar el cuello como lo hizo Melanie, pero queda torcido…

. Y cuando cojo la faja del obi e intento rodear mi cintura, me doy cuenta de que es físicamente imposible que me lo ate yo sola, y mucho menos que haga el lazo en la espalda, o aguante hasta llegar a mi apartamento.

Suelto un gruñido de pura frustración.

Keith levanta la vista y se queda mirándome.

—¿Problemas?

—No sé ponerme esto… —admito, apretando los dientes, odiando tener que pedirle ayuda—. Melanie tardó casi media hora en hacerlo, por supuesto que yo…

Me interrumpe, acorta la distancia entre los dos acercándose hacia mí y me quita la tela de las manos sin decir una palabra.

—Date la vuelta —me ordena.

Le obedezco, dándole la espalda. Siento el calor de su pecho a escasos milímetros del mío, rozándome.

Sus manos, las mismas que me acaban de azotar y de volver loca, ahora sujetan mi ropa, y me están a punto de vestir.

Pasa el obi alrededor de mi cintura, apretándolo, y cuando sus nudillos rozan mi columna vertebral, me da un escalofrío que me pone la piel de gallina.

—Ya está —dice, dando un paso atrás.

Me giro hacia él. El kimono no está ni la mitad de perfecto que cuando salí del hotel, el lazo trasero es mucho más simple y la tela está llena de pliegues arrugados, pero al menos no parece que me acabe de pelear con un gato callejero y me tapa el cuerpo.

—Voy a ir a por lo que necesito y nos vamos. Saldremos por otra puerta, así que espérame —me mira a los ojos fijamente—, y ahora de verdad, en el sofá sin moverte. ¿Me has entendido?

—Sí… vale.

Me siento un momento de nuevo en el sofá de la habitación. El cuero está frío, pero mi cuerpo sigue ardiendo. Keith abre la puerta y se va; puedo escuchar sus pasos alejarse. Ahora estoy sola en la inmensidad de esta habitación, rodeada de sombras y del eco de lo que acabamos de hacer.

Me miro las manos y veo que mis uñas están un poco sucias, mi piel tiene alguna que otra rojez y el kimono... el kimono es un desastre, y se merece que lo lleve a una tintorería pronto y lo guarde en el armario: el pobre ha vivido su primer crimen en directo y ya no da para más.

Cierro los ojos y apoyo la cabeza en el respaldo.

No te enamores de mí.

Jamás.

Miro al suelo y no puedo evitar que se me escape un suspiro.

—Qué desastre, por Dios... —susurro para mí misma.

La habitación carmesí, que ya de por sí parecía detenida en el tiempo, ahora parece el escenario de una batalla que hemos ganado y perdido a la vez.

Hay al menos diez libros esparcidos por la alfombra, víctimas de la fuerza con la que Keith me ha empotrado contra la estantería hace apenas unos minutos.

El polvo que ha levantado el impacto todavía flota por la habitación bajo la luz de la luna.

«Tengo que recogerlo antes de irme, no puedo dejar esto así», pienso. No es solo por educación; es que, si alguien entra aquí y ve este caos, no hará falta ser “el discípulo de Holmes” para saber exactamente qué clase de “justicia” se ha impartido sobre este sofá.

Me levanto con un leve temblor en las piernas que me recuerda lo que acaba de pasar, y me agacho con cuidado para no terminar de destrozar el lazo que Keith me ha hecho.

Empiezo a recoger los libros uno a uno. Pesan…

Son tomos antiguos, de esos que huelen a papel viejo y a leyes que, a lo mejor, ya ni siquiera están activas.

Por suerte, están ordenados por nombre y autor, así que me resulta fácil ir encontrando sus huecos en las baldas y devolverlos a su sitio.

Después de unos pocos minutos de trabajo, solo queda uno. Es un ejemplar de piel oscura, con el lomo desgastado. Pero en cuanto lo levanto para meterlo en su lugar, me sorprendo.

Noto algo raro, y es que este libro pesa mucho menos que los demás. Aunque estoy segura de que pertenece a la misma edición y a la misma colección que los que acabo de colocar, por la forma y el tamaño. Qué raro, no tiene sentido. Lo sostengo en mi mano, mirándolo de todos los ángulos.

«Qué extraño...», pienso.

La curiosidad, esa maldita característica mía que me ha traído a Japón y me ha metido en la cama del fiscal, se dispara. Me siento en la alfombra con las rodillas apoyadas y abro la tapa. Hojeo las primeras páginas rápidamente, pero al llegar al centro del libro, mis dedos se frenan.

No hay páginas.

Lo que tengo entre las manos parece un libro y tiene la apariencia de un libro, pero en realidad es una caja camuflada. Han vaciado el interior de las hojas para crear un compartimento secreto, y dentro de ese agujero, hay varias cartas.

—¿Qué cojones es esto? —digo en voz alta.

¿Qué clase de libro es este? ¿Y qué hace escondido aquí?

Dudo durante unos segundos porque siento que estoy invadiendo un territorio mucho más peligroso que el cuerpo de Kudo.

Alguien ha escrito esto y lo ha guardado aquí.

Por la situación, entiendo que para que nadie lo encuentre, pero la curiosidad me puede, siempre me puede.

Cedo a la tentación, dejo el “libro” sobre mis piernas y saco las cartas.

Son varias, pero mis dedos van directos a la que está encima de todas.

Es antigua, escrita en un papel rugoso que ya está amarillento por los bordes y tiene ese tacto quebradizo de las cosas que han estado guardadas mucho tiempo. Está escrita a mano, con una caligrafía preciosa. ¿Será de una mujer?

Sujeto el papel con ambas manos; me tiemblan un poco, pero no puedo evitar leer la primera línea. Miro la fecha en la esquina superior derecha: 3 de noviembre de 1996.

Hace más de treinta años.

3 de noviembre de 1992,

Han pasado tres años desde que me puse la insignia de fiscal por primera vez, pero hay mañanas, como la de hoy, en las que sigo sintiéndome como una absoluta principiante frente al estrado.

El peso de llamarse Elena Kudo y tener que ser la mejor fiscal de Kioto a veces es asfixiante, pero hoy la justicia es clara.

El caso de hoy es, en apariencia, es un asesinato bastante fácil de hilar.

Un ajuste de cuentas en el distrito de Nakagyo donde el acusado ha asfixiado a su socio en el almacén de su propia tienda.

Tenemos testigos que lo ubican en la escena, y él mismo tiene marcas de arañazos defensivos en los brazos.

Sé a ciencia cierta que es culpable, y mi único objetivo al entrar en la corte esta mañana es asegurarme de encerrarlo para que no vuelva a pisar la calle.

Antes de entrar a la sala, el maestro Lei me habla de la defensa. Me advierte que el abogado de hoy es nuevo en Kioto, pero que es increíblemente bueno y perspicaz. Confío ciegamente en Lei, así que entro preparada para una guerra.

Pero no hay guerra, sino algo mucho más raro en esta profesión: honestidad.

El juicio fluye de una manera que nunca he experimentado.

Él no intenta retorcer las pruebas ni utilizar artimañas sucias para salvar a un asesino.

Defiende los derechos de su cliente con brillantez, sí, pero cuando mis pruebas demuestran la verdad irrefutable, no intenta cegar al juez.

Conseguimos lo que queríamos, declaran culpable al acusado, y se hace justicia.

Sin embargo, lo que me empuja a escribir esta noche no es la victoria en el estrado… Es lo que pasó después.