Capítulo 26. #3
Nos besamos fuerte y con urgencia. Es un beso con lengua, mezclando nuestros alientos en la oscuridad, y siento su sabor y su saliva por toda mi boca.
Es uno de los besos más guarros que me he dado con alguien en toda mi vida, si no el primero de este calibre.
Y, en efecto, besa exactamente igual que me esperaba que lo hiciera: sin pedir permiso, con mala educación, invadiendo mi espacio con esa arrogancia que me saca de quicio. La única manera que me gusta.
El cerebro me da vueltas, pero la adrenalina ahoga cualquier pensamiento racional. Me estoy besando a muerte con el fiscal de mi caso, el hombre que quiere destruir a mi cliente, y lo estoy haciendo en la misma puta habitación olvidada donde me masturbó hace un mes.
La razón ha saltado por la ventana, pero ya no me importa absolutamente nada.
Me lo voy a follar. Juro por Dios que me lo voy a follar, y voy a hacer que me folle hasta que se me olvide cómo me llamo.
Porque, aunque me haya pasado semanas negándolo y construyendo muros entre los dos, la cruda realidad es que llevo queriéndolo desde que le vi aquella noche en las escaleras del templo, y desde la primera vez que abrió esa boca sucia que tiene y que no me deja dormir.
Keith me desata el lazo del kimono y cae al suelo, encima de la alfombra. El kimono se me queda abierto, dejando a la vista mi ropa interior. Sin perder ni un segundo me lo quita rápido y sin mirar, mientras sigue besándome, duro.
Ahora estoy en ropa interior, pero no por mucho tiempo.
—Ha costado más ponértelo que quitártelo —dice Keith, agitado, mientras se quita la camiseta y se desabrocha los pantalones.
Instintivamente, me agacho, me pongo de rodillas y le bajo el pantalón.
Le arranco el calzoncillo con las manos y, por primera vez, veo en carne y hueso su polla.
Es la polla más grande que me voy a comer y que me va a follar en toda mi vida.
Nada de lo que haya visto antes se parece a lo que tengo delante: grande, gorda, con las venas marcadas, completamente dura.
No puedo evitar agarrarla y empezar a lamerla poco a poco, mirándole desde abajo.
Keith está completamente desnudo, solo con los zapatos puestos, y a este paso poco les va a durar también. Sigo chupándole la polla como si mi vida dependiera de ello, la agarro con las dos manos y me la como poco a poco.
Él empieza a gemir, me coge el pelo simulando una coleta y comienza a balancearme hacia delante y hacia atrás. Es tan grande que no me cabe entera en la boca y por un momento, me ahogo, pero le miro hacia arriba y niego con la cabeza, haciéndole saber que no quiero parar.
Sigo chupándosela durante varios minutos más.
Cuando saco mi boca de ella, empiezo a masturbarla con la mano derecha, gimiendo y mirándole a los ojos.
No quiero que se corra todavía, así que me levanto.
Keith me coge del cuello, me empotra contra una de las estanterías, me quita el sujetador y el tanga de un tirón y empieza a comerme las tetas, lamiéndome los pezones con ansia.
Me está poniendo muy cachonda. Ya estoy mojada, tanto que siento cómo un hilo de excitación cae desde mi vagina hasta mis muslos. Cuando termina, me sienta en el sofá y empieza a comerme el coño con ganas, babeando y gimiendo mientras lo hace. Apartando la boca, mete los dedos y yo grito de placer.
—¿Te gusta? —me pregunta, cansado.
—Me encanta, no pares —le respondo entre gemidos.
Le estoy mojando los dedos como nunca se los han mojado, eso seguro.
Keith sigue masturbándome. Siempre ha tenido las manos grandes, así que sus dedos también lo son, pero por muy grandes que sean, no llegan a ser igual de gordos que lo que tiene ahí abajo.
De verdad, verla por primera vez me ha vuelto loca; no voy a conseguir sacarme la imagen de la cabeza ni aunque quiera.
Me sigue metiendo los dedos, pero esta vez se levanta, se sienta en el sofá y me empieza a besar.
Le gimo en la boca porque cada vez va más rápido, y cada vez estoy más y más mojada.
Durante un momento saca los dedos y empieza a tocarme el clítoris de arriba abajo, sin parar. Ahora lo tengo más claro que nunca.
—Si sigues así me voy a correr —dice Dahlia.
—Es mi intención —responde Keith.
—Pero no quiero correrme todavía, no hasta que me la metas.
—¿Qué me estás pidiendo, Hawthorne? —dice, y me agarra del pelo, estirándomelo con fuerza.
Gimo y yo también se lo agarro, abalanzándolo más sobre mí.
—No te lo voy a pedir.
—Pues si no me lo pides, no lo voy a hacer —responde.
Seguimos gimiéndonos en la boca el uno al otro. Con las dos manos empiezo a masturbarle de nuevo mientras él sigue acariciándome el clítoris.
—Sí que lo vas a hacer —digo, agitada—, pero no porque yo te lo pida, sino porque no te puedes aguantar las ganas.
En ese momento se levanta y mis manos se escapan de su miembro. Me coge con fuerza del brazo, me da la vuelta y me pone a cuatro patas. Me ha hecho daño, pero me da igual. Me agarra el culo y empieza a azotarlo; grito de dolor y placer a la vez.
Y apenas diez segundos después, me mete la polla en la vagina y empieza a follarme. Duro, nada suave. No empieza lento como otros han hecho cuando he estado en la cama con otro hombre. Él me está follando rápido y fuerte desde el minuto uno, y no puedo parar de gemir y gritar de placer.
—Sí, dios, joder, me encanta…
—Sabía que eras de las que hacían ruido.
Me agarra del pelo y me tira hacia él. Se me ha curvado la espalda y estamos pegados, mirando hacia el techo.
—Más, por favor, más rápido… —digo, gimiendo.
—¿Todavía más?
—Me gusta… así —respondo, perdiendo el aliento.
Keith me agarra, me da la vuelta y me empieza a follar esta vez boca arriba.
Le estoy mirando a los ojos, le veo completamente desnudo y por fin estoy viendo todos sus tatuajes, los abdominales marcados, el sudor bajándole del cuello hasta el ombligo, las venas de los brazos a punto de estallar mientras me sostiene las piernas y el pelo alborotado y despeinado.
El pensar que estamos follando a las dos de la madrugada en los juzgados, en la misma habitación donde aquel día me tocó por primera vez, hace que mi mente se colapse totalmente.
Quién habría imaginado que hoy, acabaríamos este fin de semana aquí, juntos, solos, bajo esta luna carmesí, en esta habitación medio abandonada, teniendo sexo.
Lo peor es que, cuando acabe, voy a necesitar que lo haga todo el tiempo, todos los días, a todas las horas.
No voy a poder estar en un lugar a solas con él y no tener ganas de besarle y follarle.
No voy a poder dormir de nuevo en una cama con él, si algún día vuelve a suceder, y no botarle encima sin parar, gemirle en la oreja o correrme en su boca.
No voy a poder, simplemente. Es inconcebible.
—No me mires así, porque no puedo aguantarlo —me dice.
No sé cómo le estoy mirando, pero estoy tan encendida que ahora me da igual todo. Me da igual ser una malhablada, una maleducada o romperme en mil pedazos. No quiero que termine.
—Así, ¿cómo?
Me sigue follando, pero se agacha para volver a comerme las tetas. Cuando se levanta, su collar con la balanza me vuelve a dar en la nariz.
—Con esa cara de zorra que pones cuando estás cachonda.
Le vuelvo a besar y me agarra del culo, levantándome.
Empezamos a comernos de nuevo, besándonos con lengua.
Me tiene completamente en brazos y vuelve a llevarme a la estantería, empotrándome otra vez.
Me mete la polla y esta vez lo hace lento, pero duro.
No puedo más; si sigue así, vamos a acabar pronto.
—Keith… —digo gimiendo.
—Dime —responde, mientras sigue metiéndomela y me aparta un mechón de la cara.
Tengo los brazos rodeándole el cuello, muy cerca de él.
—No te enamores de mí después de esto —digo, y sonrío, agitada.
—Jamás —responde—. No soy el indicado, bala de plata.
—Bueno… —respiro, mientras sigue balanceándose sobre mí—. No hace falta que nos enamoremos, ni quiero ser la indicada para ti. Ahora mismo, esta noche, solo quiero ser una más de las mujeres que te has follado en estos juzgados.
—No me he follado a nadie en estos juzgados. Eres la primera.
—Mentiroso —gimo entre sus brazos.
—Y la última.
Keith deja de hacérmelo lento y empieza a coger velocidad, tanta que la estantería empieza a moverse con cada embestida. Gimo y empiezo a gritar de placer sin control.
—No grites… —susurra contra mi oído, con la voz ronca.
—Imposible.
No para, y tampoco quiero que lo haga. El placer sube tan rápido que apenas puedo respirar.
—Me voy… a correr —digo, cansada, casi sin voz.
—Yo también —responde al instante.
—No puedo contigo…
—Yo tampoco contigo.
Mientras seguimos follando, nos besamos, pero esta vez más apasionadamente, como si hubiera algo de romanticismo en esto que estamos haciendo.
Toda la habitación carmesí está en llamas.
Los libros nos están mirando, nuestra ropa tirada sobre la alfombra, el coche aparcado fuera…
y yo mañana, cuando me despierte, tendré que convencerme de que todo ha sido un sueño, porque si no, todo acabará mal.
Vamos tan rápido que empiezan a caer libros de la estantería.
Sorprendentemente, ninguno nos golpea; caen sobre la alfombra, algunos se abren, otros no.
El sonido de ese mueble viejo y pesado es tan ambiguo que es imposible que alguien nos esté escuchando ahí fuera, ni siquiera ese segurata al que Keith ha asustado hace un rato.
—Voy… estoy a punto —dice él, tenso.
—Vale —le contesto, y le aparto un mechón de la cara para poder verle cuando se corra.
—Dentro no —advierte.
—Sí, dentro sí —insisto.
—No, Hawthorne…
—Me las tomo, me da completamente igual.
Keith sonríe con deseo y rendición. En un último beso, ambos gemimos al mismo tiempo, rotos de placer. Hemos acabado, juntos y a unísono. Estamos sudando, exhaustos, pero nos hemos corrido a la vez.
Nos quedamos mirándonos fijamente durante más de veinte segundos, sin decir nada. Sigo en sus brazos y él me sigue teniendo cogida con fuerza.