El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 26. #2
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Capítulo 26. #2

Antes de que pueda siquiera rozarme, veo cómo, desde las sombras detrás de mí, una mano grande y tatuada agarra el brazo del segurata en el aire y se lo tuerce hacia atrás con fuerza.

El hombre suelta un gemido de dolor ahogado y las rodillas le tiemblan.

—Buenas noches, sentimos entrar por la puerta de atrás —dice Keith—, pero me he dejado las llaves de la principal en el coche, fallo mío.

Keith suelta el agarre del brazo de un empujón y el segurata cae al suelo de rodillas, mirándose la mano que Keith casi le rompe en dos.

Jadeando, el hombre levanta la vista y entonces lo ve.

Keith está de pie frente a él, inmenso, oscuro, con las manos metidas tranquilamente en los bolsillos del pantalón.

—Fis... fiscal Kudo... —tartamudea el guardia, pálido como la cera—. ¿Qué hace... usted... aqu...?

No logra acabar la frase.

—Deberías tener más cuidado de cómo le hablas a la defensa del caso más importante de todo Tokio —le interrumpe—. No querrás que la policía llegue y te encarcele por levantarle la mano a la abogada Hawthorne, ¿verdad?

El segurata traga saliva con dificultad, se levanta a duras penas y me mira, aterrorizado.

—Tú... Eres...

—Con su permiso, tenemos trabajo que hacer —zanja Keith, cortándole de nuevo—. La justicia no entiende de horarios laborales.

Keith me agarra de la mano con fuerza, empuja la puerta trasera y entramos juntos en el edificio sumido en la más absoluta oscuridad.

—¡Keith! —le grito furiosa mientras avanzamos, tropezando un poco con mis propios pies—. ¿Por qué le has dicho eso? No tenías...

—Te vas a quedar quietecita en los sofás a los que te voy a llevar mientras recojo todo lo que necesito —me corta, sin soltarme la mano, arrastrándome por los pasillos vacíos—. ¿Entendido?

—Y una mierda —digo, intentando soltarme.

Se detiene de golpe, se gira hacia mí y me clava una mirada tan intensa que me corta la respiración.

—Te vas a quedar quietecita. ¿Entendido? —repite, pronunciando cada sílaba como una amenaza.

Le miro fijamente, desafiante, y aprieto los labios, negándome a responderle.

Me vuelve a tirar del brazo y me lleva hacia el piso de arriba, exactamente la misma planta donde celebramos el último juicio.

En medio del pasillo principal, débilmente iluminado por las luces de emergencia, hay un sofá negro de cuero para descansar durante las sesiones.

Me indica con la barbilla que me siente allí y me dejo caer en el asiento, de morros, cruzándome de brazos y arrugando un poco la tela del kimono.

—Si cuando vuelva no estás aquí sentada, te mataré —me advierte, mirándome desde arriba.

—¿Con pistola o con cuchillo?

—Con los dos.

Y sin decir nada más, se da la vuelta y se va. El sonido de sus zapatos resuena sobre el suelo mientras veo cómo su espalda ancha y musculada se aleja en la oscuridad del pasillo, desapareciendo hacia los despachos de la fiscalía.

—¡Gilipollas! —le grito a pleno pulmón.

Como no hay absolutamente nadie en todo el edificio, mi grito rebota por las paredes y resuena por todo el pasillo vacío.

Me dejo caer de espaldas contra el respaldo del sofá y suelto un bostezo. Estoy muy cansada, y mi cuerpo está al límite. Lo único que quiero es irme a dormir de una maldita vez.

Si ese estúpido no me hubiera metido en su coche —de nuevo—, ahora mismo estaría ya en mi apartamento, durmiendo con Nina en mi cuarto.

Me habría dado una buena ducha caliente para quitarme el sudor del festival, le habría enseñado este precioso kimono, habría cenado algo en condiciones...

Mis tripas rugen de repente en medio del silencio, quejándose y dándome la razón.

—¡Kudo, te odio, joder! —grito en voz alta.

Me paso las manos por la cara, frotándome los ojos. «Estoy delirando», pienso. El cansancio y esta montaña rusa emocional me están volviendo loca.

Me niego a quedarme aquí plantada. Me voy a dar un paseo, porque como me quede un segundo más en este sofá negro, voy a colapsar y me voy a quedar frita.

Además, a mí nadie me da órdenes y mucho menos me dice que no me mueva, porque automáticamente mi instinto me obliga a hacer exactamente lo contrario.

Me levanto, arrastrando un poco las sandalias de madera para no tropezarme, y empiezo a caminar por el pasillo sin rumbo fijo. La oscuridad del juzgado es inmensa e intimidante, apenas rota por los plateados rayos de luz de la luna que entran a través de los ventanales.

Camino despacio, pero mis pasos me llevan hacia una puerta que conozco demasiado bien.

Me detengo en seco frente a ella y los recuerdos aparecen de golpe: estoy exactamente delante de la habitación donde pasó aquello con Keith el día que terminó el último juicio.

El eco fantasma de mis propios gemidos, el calor, la fricción de nuestros cuerpos contra la pared y ese encontronazo sexual tan crudo y salvaje me nublan la mente. Siento cómo la sangre abandona mi cabeza y se concentra en mi estómago, poniéndome roja como un tomate.

Debería darme la vuelta y debería volver a ese puto sofá negro y esperar a que el fiscal termine de recoger sus estúpidos papeles.

Pero es que... estoy aquí. Estoy delante de esa misma puerta.

Mi instinto traicionero anula cualquier ápice de sentido común que me quede y solo me empuja a hacer una cosa. Llevo la mano hacia el pomo: está helado, haciendo contraste con lo ardiendo que estoy yo. Agarro aire, contengo la respiración, giro la muñeca y empujo suavemente.

Está abierta.

18 de julio, Habitación Carmesí

La habitación está igual a como la recordaba, con el sofá de cuero oscuro sobre esa alfombra roja y las estanterías llenas de volúmenes jurídicos antiguos.

Está mucho más oscura de lo que recordaba, porque aquel día por la ventana entraban los pequeños rayos de sol, y ahora...

ahora solo entra la luz fría de la luna.

Las cortinas se mueven porque la ventana no cierra bien, dejando que la brisa nocturna se cuele en el interior.

Todavía no entiendo por qué esta habitación está aquí.

Parece olvidada y descuidada, pero, al mismo tiempo, da la sensación de que alguien se encarga de que se quede así, intacta, y que nadie la toque.

Doy un paso hacia adelante, pero freno en seco. Debería irme. Debería dar media vuelta antes de que Keith descubra que no estoy en el sof...

No termino el pensamiento.

Alguien me empuja hacia adentro con brusquedad, me tapa la boca con la mano y cierra la puerta a nuestras espaldas.

No puedo gritar, pero el pánico ni siquiera llega, porque ese olor solo puede ser de una persona.

—No grites —susurra junto a mi oído—. Te he dicho que no te movieras de ahí, y que te iba a matar si lo hacías.

Me suelta despacio y me giro para encararlo, aunque apenas puedo distinguir sus facciones en la oscuridad. El corazón me va a mil por hora y me duele, pero ya no puedo aguantar las ganas. No puedo, no puedo, no puedo, no puedo, no puedo.

—Mátame —le desafío, con la respiración entrecortada.

—Lo haré —responde él, sin dudar un segundo.

—Y no te arrepientas luego.

—No lo haré.

—Y no te olvides de limpiar la sangre que esparzas.

—No me olvidaré.

—Y cuando termines... Llévame lejos, y que nadie me encuentre.

Keith da un paso al frente, acorralándome.

—Y esa será la única manera de que renuncie a este caso, Kudo.

Camina más cerca. Se acerca más, y más, hasta que la punta de sus zapatos oscuros choca con mis sandalias.

—No, Hawthorne. Hay otra manera de que lo hagas.

Another Life – Chris Grey

Nos miramos un instante y, de repente, me agarra de la cintura con fuerza, me levanta del suelo y me tumba de espaldas en el sofá.

Se abalanza sobre mí sin darme tiempo a pensar.

Me empieza a besar; rápido, fuerte, salvaje.

Su boca devora la mía sin compasión y su mano aferra mi cuello, apretando con la firmeza justa para dejarme sin aliento, dominándome por completo antes de volver a tirar de mí y apretarme contra su pecho.

Estoy sentada a medias y él está sobre mí, con una pierna apoyada encima del sofá, acorralándome. La fricción de nuestros cuerpos no deja lugar a dudas; siento cómo se está poniendo duro, es evidente, y la siento contra mi ombligo a través del kimono.

Le agarro del pelo con desesperación, hundiendo mis dedos entre sus mechones oscuros, tirando de ellos y destrozándole el peinado.

Empiezo a gemir de puro placer contra su boca, perdiendo el control, y él responde soltando otro gemido que me hace vibrar hasta los huesos.

Nos falta el aire, pero no paramos. No podemos parar.

Nos comemos el uno al otro como si estuviéramos sedientos, hambrientos de esto desde hace días, semanas, meses, años, décadas, siglos.

Nuestra respiración se agita y se vuelve un desastre errático mientras nuestros cuerpos se estremecen, enredados en la oscuridad, cediendo por fin a lo inevitable.

—No me lo puedo creer —suelto, jadeando contra sus labios, en medio del beso.

—Yo tampoco.

Su mano abandona mi cuello y sube directamente a mi cabeza.

Me agarra del pelo sin delicadeza y empieza a quitarme las horquillas.

El recogido que Melanie me hizo hace unas horas se deshace por completo en cuestión de segundos y la melena me cae sobre los hombros.

Ahora tengo el pelo suelto, salvaje, y Keith...

... hunde los dedos largos y tatuados en mi nuca, agarrándome un buen puñado de mechones desde atrás y tirando de mí hacia atrás para exponer mi cuello.

—No puedo, Hawthorne... —dice con la voz rota, oscurecida por el deseo, mientras me estira del pelo y me empuja de nuevo hacia él, una y otra vez.

Cada vez que nuestros cuerpos chocan, la fricción me quema y sigo notando cómo tiene la polla dura, muy dura, presionada contra mi vientre.