Capítulo 26.
(あなたを憎む以上に、自分が憎い — Te odio tanto que me odio más a mí)
Caminar bajo las estrellas después del festival con Keith se siente como si de verdad fuera de aquí, como si la pesadilla que estamos viviendo simplemente no existiera.
Si pudiera rezarle a Dios, le pediría haberle conocido en otra vida, en otro momento.
Si no fuéramos quienes somos, si no nos dedicáramos a lo que nos dedicamos, a lo mejor todo hubiera sido diferente.
Pero mañana amanecerá y ya no será diecisiete de julio.
Volveremos a la rutina, Keith volverá a Kioto, yo me quedaré en mi casa.
Seguiré yendo a trabajar y aguantaré todo lo que Mina y Takumi me echen en cara por haberme comportado como una niñata estos últimos tres días.
Y, sobre todo, tendré que aceptar todas y cada una de las palabras que me diga Fukuda, aun estando tumbado en la cama del hospital.
Tengo muchas ganas de ver a Nina, y debería avisarle de que no me venga a recoger a la estación, porque así es como quedamos antes de que todo este fin de semana tuviera lugar.
Cuando llegamos a la puerta del parking, me giro hacia él.
—Keith, déjame enviarle un mensaje a Nina —le pido—. Habíamos quedado en que me recogería, y si no le aviso, se preocupará.
Para mi sorpresa, lo entiende y asiente, sacando el teléfono de su bolsillo y devolviéndomelo. Subo al coche y da marcha atrás; estamos a punto de salir del garaje para coger la carretera que nos lleva a Tokio.
No quiero llamarla delante de él, porque sé perfectamente cómo reaccionaría y no me apetece darle motivos para que empiece a analizar de nuevo cada una de mis palabras como ha hecho con mi madre, así que simplemente abro el chat y empiezo a teclear.
Le envío el mensaje y me quedo mirando la pantalla. Los tres puntos suspensivos y un “Escribiendo…” aparecen de inmediato y responde al segundo.
Suelto un suspiro de alivio. Su mensaje me tranquiliza de una forma que ni yo misma me esperaba, así que respondo rápidamente.
17 de julio, Porsche de Keith
Apago el móvil y lo guardo en el bolso, sumiéndome en el silencio del interior del coche mientras la ciudad empieza a quedar atrás.
Keith sigue conduciendo y, durante un buen rato, no hablamos. No sé por qué… Podríamos estar discutiendo o tirándonos los trastos a la cabeza como siempre, pero, simplemente, ha decidido estar callado.
Y no me molesta en absoluto.
Ya no se me hace incómodo. Bueno... ¿Se me ha hecho incómodo alguna vez? Lo pienso durante unos segundos mientras miro su perfil iluminado por las luces de la autopista y llego a la conclusión de que no, creo que nunca me ha importado su silencio, ni creo que me importe ahora.
Saca un cigarro, se lo lleva a los labios y baja un poco la ventanilla para encenderlo.
Normalmente, le gritaría y le exigiría que apagara ese tabaco que tanto odio, echándole la bronca por fumar dentro del coche, pero esta vez no lo hago.
Lejos de quejarme, me dejo caer contra el respaldo de cuero del asiento y cierro los ojos.
El viento que entra por su ventana me mueve los mechones sueltos de la cara y el movimiento me provoca cosquillas, relajándome el cuerpo.
Estoy muy cansada, así que me entra el sueño tonto y me quedo dormida. Aunque una parte de mí se resiste porque no quiero perderme los últimos momentos de este día a su lado, el agotamiento físico y mental de estas últimas cuarenta y ocho horas me pasa factura.
No recuerdo mucho más de ese trayecto. Todo se reduce a una mezcla difusa del ruido del motor del Porsche y el olor a los campos de trigo que viene de fuera.
Cuando me vuelvo a despertar, todavía estamos en la carretera, pero la oscuridad es más profunda, y la luna está alta Abro los ojos poco a poco, un poco desorientada, y me los froto despacio.
Me incorporo en el asiento y miro a través de mi ventanilla; el paisaje me suena muchísimo más, y creo que las siluetas de los edificios a lo lejos y la estructura de las vías me recuerdan a lo que vi cuando cogí el tren el viernes por la mañana para ir a Kioto.
Eso debe significar que estamos muy cerca, a punto de llegar a casa.
—Buenos días, Rapunzel.
Le miro con cara de asco, todavía medio dormida, parpadeando despacio para acostumbrarme a las luces de las farolas que se cuelan por el parabrisas.
—Te dije que para ti solo Hawthorne, pesado —digo, bostezando.
—Vaya, te has levantado de buen humor —se burla, sin apartar la vista de la carretera, aunque noto perfectamente cómo la comisura de sus labios tira hacia arriba—. Si me hubiera quedado contigo en la cama el sábado por la mañana, sabría si tienes buen o mal despertar.
Me tenso al instante, sintiendo cómo el sueño se disipa de golpe y me sonrojo.
—Eso nunca ha pasado.
—¿El qué? —pregunta, arqueando una ceja—. ¿Quedarme contigo en la cama por la mañana o que te hayas despertado en mi habitación?
—Que te follen.
Me estiro en el asiento, soltando un pequeño gruñido ahogado para desperezar los músculos entumecidos por el viaje. Keith ignora por completo mi comentario, probablemente disfrutando de su pequeña victoria y de haber conseguido cabrearme a los tres segundos exactos de abrir los ojos.
De repente, el tono del manos libres del CarPlay ilumina la pantalla alguien le está llamando por teléfono.
Mientras desvía un milisegundo la mirada hacia la pantalla del salpicadero para ver quién es, veo la hora: 1:40 de la madrugada.
Es tarde, ¿quién le estará llamando a estas horas?
Empieza a hablar en japonés, rápido y enfadado.
No entiendo casi nada, solo logro captar algunas palabras sueltas que mi cerebro intenta traducir a duras penas: «juzgado», «caso», «hora» ...
¿«papeles»? No lo sé, es muy confuso, y la verdad es que todavía estoy medio dormida como para procesar una conversación larga en otro idioma.
Keith cuelga, da una última y larga calada al cigarro y lo tira sin miramientos por la rendija de la ventana abierta.
—Vas a provocar un incendio.
—Me da igual si es en Tokio —responde, con frialdad.
Rodeo los ojos e ignoro su comentario de mierda. Su odio por la capital ya me aburre.
—Vamos a hacer una parada antes de ir a casa, Hawthorne —suelta de repente, manteniendo la vista fija al frente.
Me incorporo un poco en el asiento y le miro, sin entender a qué se refiere con eso.
—¿Parada dónde, si se puede saber? ¿Sabes qué hora es?
—Me da igual la hora que sea, harás lo que yo diga.
—¿Por qué no te vas un rato a la mierda? —pierdo la poca paciencia que había recuperado durmiendo.
—Querida, no vamos hacia tu bufete.
—Púdrete en el infierno.
Me llevo la mano a la frente, masajeándome las sienes para combatir el dolor de cabeza que me está empezando a provocar este miserable.
—Vale, ¿al menos me vas a decir dónde vamos?
Keith no responde, pero al cabo de unos segundos me doy cuenta de que no hace falta que lo haga. Gira el volante fluidamente, pasamos un semáforo en ámbar y entramos en una avenida ancha y vacía. Los edificios de esta calle me resultan particularmente familiares, demasiado familiares.
Miro por la ventanilla, sin creer lo que están viendo mis ojos. Ya estamos en Tokio, sí, pero definitivamente no estamos en mi casa…
Estamos aparcando delante de los juzgados.
—¿Se puede saber qué estamos haciendo aquí? —pregunto, mirando a través de la ventanilla.
—¿Te suena? —dice Keith, apagando el motor.
—¿Me estás vacilando?
—No, te estoy preguntando.
—¿Por qué estamos aquí? —insisto, cruzándome de brazos.
—Porque tengo cosas que recoger ahí dentro. Uno de mis hombres ha estado trabajando todo el fin de semana y ha conseguido varias cosas que necesito para el caso.
—¿Qué caso? —pregunto, frunciendo el ceño.
—Tu caso, querida.
Le miro estupefacta.
—¿Haces trabajar a tus hombres en fin de semana?
—Ellos quieren hacerlo —responde con tranquilidad, desabrochándose el cinturón—. Se llama devoción.
—Se llama que los tienes acojonados —le corrijo.
—No te creas, ellos son como yo.
—Nadie es como tú —sentencio—. Y me interesa saber qué son esas cosas que vas a recoger... Para quemarlas.
Abro la puerta del coche de golpe y salgo corriendo.
No tengo ni idea de cómo no me rompo los tobillos con estas estúpidas sandalias y el bajo del kimono, pero la adrenalina me empuja y corro como puedo, subiendo las escaleras principales del juzgado a toda prisa, rezando tres padres nuestros para que la puerta esté abierta, pero, obviamente, está cerrada a cal y canto.
—¡Hawthorne! —escucho el grito de Keith a mis espaldas.
18 de julio, Juzgados de Tokio
Ha salido del coche, pero le llevo ventaja. No sé cómo, ni por qué, pero me niego a dejar que coja esas supuestas pruebas sin que yo las vea primero. Rodeo la escalinata de los juzgados y me meto por los jardines de la derecha, buscando una entrada alternativa. De repente, veo una puerta trasera.
Pero... hay un segurata.
No me jodas. ¡Un segurata custodiando un juzgado para que una rubia en kimono no se cuele a las dos de la madrugada!
Camino hacia él, intentando recuperar el aliento y la compostura, y le doy las buenas noches con mi mejor sonrisa. Sin embargo, el hombre me mira de arriba abajo, se pone en una pose defensiva y me corta el paso.
—¿Quién eres y qué haces aquí?
—¿Perdona? —le digo, ofendida—. ¿Cómo que quién soy? Soy la abogada Dahlia Hawthorne, necesito pasar dentro.
Pero el segurata no me cree ni media palabra y me mira como si me hubiera escapado de un manicomio.
—¿Te crees que estoy para tonterías, niña? —dice, endureciendo el tono—. Voy a llamar a la policía para que te saque de aquí, estás en territorio sagrado. ¿A quién se le ocurre colarse aquí a estas horas, y encima vestida así?
La sangre me hierve de cero a cien en un segundo.
—¿Cómo me has llamado? —doy un paso hacia él, furiosa—. No vas a faltarle el respeto a la defensa del caso más importante que hay actualmente en este puto edificio. Como no me dejes pasar, te juro que...
—¿Te juro que qué? —me reta el segurata, levantando la mano en un gesto amenazante para apartarme.