El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 25. #10
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Capítulo 25. #10

Antes de que pueda procesar lo que acaba de decir, Melanie sale disparada. Echa a correr hacia la izquierda, esquivando a la gente con agilidad, sin tropezarse ni una sola vez con las sandalias de madera.

—¡Melanie, espera! —le grito, alargando la mano en el aire.

Pero es inútil, se ha fundido entre la gente en tiempo récord, dejándome de nuevo a solas con el fiscal.

Dejo caer el brazo a un lado del cuerpo y suelto un suspiro agotado, mirando al punto exacto por donde mi amiga acaba de huir.

—Vaya tela... —digo en voz alta, negando con la cabeza.

—Tu nueva amiga es muy rara, exactamente igual que tú —dice, sin inmutarse, viendo cómo Melanie desaparece entre la multitud.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto, cruzándome de brazos, pero con una sonrisa tirando de la comisura de mis labios.

Keith me mira de reojo.

—Que las dos carecéis por completo de instinto de supervivencia. Una sale huyendo por miedo a un derrame nasal imaginario, y la otra se dedica a provocar constantemente al fiscal que puede hundirle la carrera.

—Yo lo llamo valentía.

—Y yo lo llamo estupidez, Hawthorne, sois un imán para los desastres.

Abro la boca para replicarle y defenderme, pero decido que le voy a dar el placer de tener la última palabra. Antes de que pueda soltar otra de sus frases de mierda, me giro y le dejo con la palabra en la boca.

A unos metros de nosotros, en el borde del mirador, hay una especie de estructura formada por grandes cubos de plástico para niños, para que trepen y jueguen.

Me acerco y me subo a ellos, escalando con un poco de torpeza por culpa del kimono y las sandalias, hasta llegar al cubo más alto.

Me siento allí, acomodándome, disfrutando por fin de una vista completamente despejada de la ciudad y del cielo, muy por encima de la marea de gente.

—Te vas a caer de ahí —me advierte la voz de Keith desde abajo.

Bajo la mirada, se ha acercado a la base de la estructura y me observa desde el suelo, con las manos aún metidas en los bolsillos y el ceño ligeramente fruncido.

—Ya estás tú para cogerme, así que me da igual.

Le dedico una sonrisa descarada, de esas que sé perfectamente que le molestan, aunque jamás lo vaya a admitir en voz alta.

Keith me sostiene la mirada unos segundos, exhala un suspiro casi imperceptible y niega con la cabeza, rindiéndose.

No se aparta de ahí; se queda justo debajo de mí, plantado como una sombra anclada a la tierra, asegurándose de que, si me resbalo, él estará ahí.

Vuelvo la vista hacia lo alto y me pierdo en los fuegos.

El pecho se me encoge al pensar en todo lo que ha pasado hoy.

Ha sido una montaña rusa que ha desafiado toda lógica: amanecer con su paquete, leer la carta, el asesinato, su deducción brillante, nuestra huida para que Oshida no nos descubra...

Y ese casi beso bajo los farolillos rojos que aún me hace hormiguear los labios.

Hace veinticuatro horas habría jurado que le odiaba con todas mis fuerzas, y ahora, mientras mi corazón late al ritmo de la pólvora...

«Por favor, que este día no acabe», suplico en mi cabeza, cerrando los ojos un instante bajo el cielo estrellado. «Que no acabe todavía...».

Pero el tiempo no perdona.

Un silbido agudo explota sobre mí; es tan fuerte que hace vibrar hasta el plástico en el que estoy sentada.

El gran final… El último fuego artificial estalla en el cielo, desplegando una figura de flor de sakura de color rosa y plata que ilumina toda la ciudad de Kioto por unos momentos, antes de desvanecerse lentamente en la oscuridad, dejando tras de sí un rastro de humo y polvo de estrellas.

El festival ha terminado.

La gente empieza a aplaudir tan fuerte que resuena por todo el parque.

Después, la magia frenética de la noche parece disiparse poco a poco, dando paso a la tristeza: habrá que esperar otro año entero para volver a estar aquí, en este mismo lugar, a esta misma hora.

A mi alrededor, escucho los primeros bostezos, y la gente empieza a estirarse, a hablar entre ellos con la voz cansada y a caminar arrastrando un poco los pies; las familias y las parejas de enamorados parecen agotados por la emoción y el calor del verano japonés.

El mirador empieza a vaciarse para emprender, por fin, el camino de vuelta a casa.

Decido que es el momento de bajar de ahí e intento descender poco a poco, tanteando los bloques con cuidado, pero mis pies no están acostumbrados a este tipo de calzado y al apoyar el peso en el borde de uno de los cubos, la suela de la sandalia de madera resbala sobre la superficie y me descuelgo de golpe.

Pierdo el equilibrio al instante, cerrando los ojos con fuerza mientras encojo los hombros y me preparo mentalmente para el doloroso impacto contra el suelo y la humillación que me merezco por ser tan estúpida de subirme ahí así vestida y con estos zapatos.

Pero el golpe nunca llega.

En lugar de comerme el suelo, dos brazos fuertes como el acero me atrapan en el aire, frenando mi caída en seco.

Cuando abro los ojos, con el corazón a punto de salirme desbocado por la boca, me encuentro en sus brazos.

Keith me está sosteniendo contra su pecho, con su brazo derecho fuertemente sujeto bajo de mis rodillas y el izquierdo apoyado en mi espalda.

Me está mirando fijamente con una mirada de preocupación genuina en sus ojos verdes, pero rápidamente desaparece, y parece molesto.

—Te juro que he estado a un segundo de dejar que te cayeras.

—Ya me he caído muchísimas veces en mi vida.

—No en este kimono, Hawthorne —dice, sin soltarme—. No lo vas a manchar de esta sucia tierra.

Lentamente, como si estuviera hecha de cristal, Keith flexiona las rodillas y me deja en el suelo con cuidado. En cuanto mis pies lo tocan, doy un paso atrás y empiezo a sacudirme la tela del kimono de forma nerviosa, evitando su mirada.

—No voy a darte las gracias.

—No las quiero, igualmente —responde, ajustándose el cuello de la camisa como si de verdad le importase una mierda.

—Imbécil.

Keith exhala por la nariz y en ese mismo momento, nos giramos y caminamos unos pasos hacia el balcón del mirador. Kioto está a punto de irse a dormir, pero la sigo viendo preciosa, así, iluminada y silenciosa.

De repente, me doy cuenta de que ya es tarde, y miro la hora.

—Mierda... Tengo que irme ya, tengo mis cosas en las taquillas de la estación y el último tren sale a las doce. Si no pido un taxi ahora mismo, no podré volver a Tokio.

Meto la mano en el bolso a toda prisa y rebusco mi teléfono. Cuando lo encuentro, lo desbloqueo y abro la aplicación, pero antes de que mis dedos puedan siquiera teclear el destino, una mano me arranca el móvil bruscamente de las manos.

—¿Qué coño haces? —salto, indignada.

—No vas a pedir un taxi.

—¿Cómo que no? Tengo que ir a la estación. ¿Me vas a llevar tú? —digo, enfadada—. No nos dará tiempo de llegar, tu coche está demasiado lejos… Devuélveme el teléfono.

—No será necesario —dice, con total tranquilidad.

—¿Necesario el qué?

—Nos vamos, venga —zanja, metiendo mi teléfono en el bolsillo de su pantalón negro como si fuera suyo.

—¡Oye, dámelo, idiota, quiero irme a casa! —grito, perdiendo los modales, y me abalanzo contra él. Empiezo a darle pequeños golpes en el pecho y el brazo, intentando alcanzar su bolsillo, pero es como pelear contra una pared de ladrillo.

Keith ni se inmuta. Me mira desde su metro noventa y cuatro, se está riendo de mí porque parezco gilipollas dando saltos con esto puesto; apenas puedo moverme.

—Yo te llevaré a casa.

Paro de golpearle y mis manos se quedan apoyadas en su abdomen mientras le miro con los ojos abiertos de par en par.

—¿Cómo?

—Tus cosas están en mi maletero —explica—. Hay alguien que tenía instrucciones precisas de no llevarlas a la estación, y puede que le haya explicado cómo llegar al garaje y desbloquear el coche manualmente.

Mi cerebro tarda unos segundos en procesar la información y atar cabos.

—Pero... ¿Quién?

—Esa pelirroja pecosa me va a ser más útil de lo que creía, Hawthorne.

—¡¿Perdona?! —grito, separándome de él de un salto—. ¡¿Has extorsionado a Melanie?!

—Le he dejado una carta de amor en recepción mientras te vestía —dice, encogiéndose de hombros, como si fuera la cosa más normal del mundo—. ¿Algún problema?

Le miro, completamente incrédula ante su nivel de manipulación.

—Eres estúpido.

—Pero ya has dejado de pegarme para recuperar el móvil.

Siento cómo la sangre me hierve.

—Dámelo —le exijo, extendiendo la mano con la palma hacia arriba.

—Cuando estemos en Tokio te lo devuelvo —rebate, dándose la vuelta para empezar a caminar—. Así no te distraes durante el camino.

Dejo caer los brazos, exhausta. Pelear con Keith Kudo es una batalla perdida antes de empezar.

—Eres un caso perdido…

Keith se detiene y cuando se gira hacia mí, alarga el brazo y atrapa mi mano, entrelazando sus dedos con los míos.

—Volvamos a Tokio, bala de plata.

Tira fuerte de mí, y justo antes de que demos el primer paso para dejar el parque atrás… Un último y solitario fuego artificial explota en lo alto del cielo, tiñendo la noche de Kioto de rojo por una última vez.