El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 25. #9
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Capítulo 25. #9

—Entonces, bala de plata —da un paso hacia mí, despegándose de la pared—, estabas aterrada de ti misma.

Te diste cuenta de que, si yo hubiera dado un solo paso hacia el interior de esa habitación, toda tu moralidad se habría ido a la basura.

Sabías que no me habrías echado, y que habrías dejado que te besara toda la noche hasta que olvidaras tu propio nombre.

El aire se me atasca en la garganta. Quiero gritarle que se equivoca, quiero darle una bofetada por su arrogancia desmedida, pero la cruel realidad es que acaba de describir con precisión exactamente lo que sentí anoche mientras lloraba bajo las sábanas.

Aprieto los puños, buscando fuerzas en la rabia para no desmoronarme ante él.

—¿Y qué hay de ti, fiscal? —contraataco, alzando la barbilla, negándome a ser la única en el banquillo de los acusados—. Eres muy rápido analizando mis debilidades, pero anoche fuiste tú el que cruzó la ciudad para llamar a mi puerta. ¿Qué deducción sacas de eso?

Keith endurece la mandíbula y el músculo de su mejilla se tensa bajo la luz roja de los farolillos.

—Ya te lo dije en la carta. Fue un error provocado por el alcohol y una incongruencia que mi cuerpo me exigió resolver.

—Ahora resulta que sí que estabas borracho.

—Beber y estar borracho son dos cosas distintas, querida.

Esta vez soy yo la que da un paso al frente, invadiendo su espacio, señalándole el pecho con el dedo.

—Eres Keith Kudo, tú no cometes “errores”, y mucho menos pierdes el control por el sake, por muy caro que sea. ¿Necesitabas esa botella de doscientos mil yenes para tener el valor de admitir que no puedes sacarme de tu cabeza?

Sus ojos se oscurecen, perdiendo ese brillo calculador y llenándose de algo mucho más visceral.

—Fui porque verte me molestaba tanto como no verte —suelta, atrapando la mano con la que le estoy señalando y bajándola lentamente—.

Fui porque dejaste tu olor en mis sábanas, en mis camisas y en cada rincón de mi casa.

¿Te parece normal? Y fui porque quería comprobar si, al tenerte delante de nuevo, esa sensación de pérdida de control desaparecía.

—¿Y desapareció? —le susurro, con el corazón latiéndome en los oídos.

Keith me mira en silencio. Su pulgar acaricia distraídamente el dorso de mi mano.

—No —admite por fin, y esa sola sílaba suena como una rendición arrancada de sus entrañas—. No ha desaparecido, ni desaparecerá.

—Keith…

—Eres lo peor que me ha pasado, Hawthorne—dice Keith, soltando mi mano y acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices casi se rozan—.

Me has molestado, has pospuesto mi juicio, mi veredicto de culpabilidad…

Lo has puesto todo patas arriba. ¿Por qué has tenido que venir a vivir a Tokio?

¿Por qué? Por qué no te has quedado en Seattle, ¿eh? ¿Por qué?

—Keith —repito, pero no se separa. Estamos tan cerca, y me está agarrando fuerte de las muñecas, pero no me hace daño… De momento.

—Vete de Japón, te lo dije en la carta. Quiero que mañana, cuando llegues a Tokio, vayas al trabajo y renuncies.

Lo vas a hacer, porque te lo estoy ordenando.

¿Recuerdas lo que tienes que hacer con las órdenes de la fiscalía?

Dime, ¿lo recuerdas? —empieza a jadear, se está poniendo nervioso y su respiración se está acelerando.

—Sí, claro que lo sé, ignorarlas —le desafío y me aprieta más las muñecas. Nuestras narices siguen pegadas —. No voy a renunciar, tendrás que soportarme hasta el final. Si quieres hundirme y hacer que renuncie, tendrás que ganar este caso. Es la única manera de que me vuelva a casa.

Cierro los ojos un segundo, sintiendo que me mareo.

—No lo dices en serio.

—Sí que lo digo en serio, Kudo.

—No esperes al caso. quiero que te vayas ya.

Aprieta su cuerpo contra el mío, muy fuerte, no hay ni una sola parte de nuestro cuerpo que no estemos rozando.

Bueno, sí.

La boca.

—No me iré, quiero terminar esta guerra contigo.

—Yo no —dice, y clava los ojos en mí.

—La tendrás igual —respondo. Me suelta las muñecas y acaricia mis mejillas con las yemas de sus pulgares—. Pero hoy no. Hoy estamos en Kioto, es 17 de julio, y te prometo que no voy a dejar que te alejes de mí esta noche.

Nos quedamos mirándonos en silencio, delante de este templo cerrado, bajo los farolillos rojos colgados en el cielo.

El caos del festival, los gritos lejanos y el eco de la muerte de Moriyama parecen desvanecerse por completo.

Por primera vez en cuarenta y ocho horas, las cartas están sobre la mesa.

Y entonces, Keith se inclina.

Se acerca más, y más, y más. La distancia entre nosotros se reduce a la nada y su respiración se mezcla con la mía.

La intensidad de sus ojos verdes me paraliza por completo mientras su mirada desciende hacia mi boca.

Sus labios están a milímetros de los míos, a punto de rozarlos, a punto de cruzar esa línea sin retorno y hacer que todo salte por los aires.

El mundo entero se detiene a nuestro alrededor.

—No lo hagas —susurro, en un último y desesperado intento de aferrarme a la poca cordura que me queda.

Keith esboza esa sonrisa arrogante que me vuelve loca y su aliento casi acaricia mis labios al pronunciar cada palabra.

—La defensa no le da órdenes a la fiscalía, bala de plata.

Cierro los ojos, rindiéndome, esperando el impacto de su boca contra la mía.

¡BUM!

Un estruendo ensordecedor hace temblar el suelo bajo nuestros pies y un enorme fuego artificial estalla en lo alto, haciendo que toda la oscuridad del templo se ilumine de golpe.

Los fuegos artificiales han empezado.

Keith y yo nos separamos de golpe, retrocediendo con la respiración entrecortada, como si el propio destello nos hubiera quemado. No nos hemos besado. El aire frío de la noche vuelve a colarse entre nuestros cuerpos, apagando el calor que habíamos encendido.

Aun así, nuestros dedos siguen fuertemente entrelazados y estamos cogidos de las manos, anclados el uno al otro en medio de esta ciudad, pero nuestras cabezas ya se han girado hacia el cielo iluminado por las explosiones de colores.

El festival está a punto de acabar.

Tiro de su mano con todas mis fuerzas, pero es como intentar mover una montaña. Keith tiene demasiada fuerza; si él no quiere dar un paso, yo no voy a poder obligarle.

—¡Vamos, por favor, no me los quiero perder, corre! —le exijo, tirando de su brazo de nuevo, hablando rápido y actuando como si hace diez míseros segundos no estuviéramos a punto de devorarnos la boca.

Keith no dice nada, solo esboza una sonrisa indescifrable en la penumbra y, sorprendentemente, cede. Se deja arrastrar, siguiéndome el ritmo mientras corremos bajo un cielo que sigue latiendo, estallando en mil pedazos de luz a cada segundo.

Acabamos desembocando en un parque situado en lo alto de un mirador de Kioto.

Desde aquí arriba, la ciudad entera se despliega a nuestros pies como un mar de estrellas terrenales.

Todo el mundo está pasmado mirando hacia arriba: la gente se abanica para soportar el calor por la emoción, las parejas se abrazan bajo la lluvia de colores y los niños juguetean en los toboganes.

Keith está a mi lado, en silencio, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, mirando al cielo.

Yo también levanto la vista, observando la belleza de los fuegos artificiales dorados y rojos, pero mi mente sigue anclada en la tierra.

Hace apenas cinco minutos, íbamos a besarnos por primera vez.

De repente, un agarre repentino en mis hombros me saca del trance. Doy un respingo, asustada, y me giro de golpe.

—¡Ese obi y ese peinado tan bien hecho es inconfundible! —chilla una voz a mi espalda.

—¡Melanie! —grito, lanzándome a abrazarla con muchísimas ganas.

Me separo un poco para mirarla y no puedo evitar sonreír de oreja a oreja.

—Dios mío, estás preciosa...

Y lo está. Lleva un recogido parecido al mío, adornado con una elegante horquilla de plata. Se ha maquillado los labios de un tono rosado que resalta sus pecas, y lleva un kimono de un verde oscuro que hace un contraste espectacular con su tono de piel y el color de su pelo.

—Veo que te ha aguantado bien el peinado y no le ha pasado nada al kimono, me alegro —dice ella, inspeccionándome con orgullo.

—Yo también me alegro, todo es gracias a ti.

De repente, la actitud de Melanie cambia. Me coge de las dos manos y empieza a dar pequeños saltitos de emoción, incapaz de contenerse.

—¡No te lo vas a creer! ¿Sabes que dicen que el fiscal Kudo ha resuelto un asesinato que ha pasado esta tarde? ¡Dios, cómo me lo he podido perder! Podría haberlo visto en directo, pero estaba todavía arreglándome en casa, jolines...

Empiezo a reír a carcajadas, contagiada por su energía caótica.

—¡No te rías! —me regaña, haciendo un puchero antes de arquear una ceja con suspicacia—. Aunque, qué raro... ¿Dónde estabas tú? ¿No estabas con él?

Melanie está tan emocionada gesticulando que no se ha dado cuenta de un pequeño detalle.

El hombre de un metro noventa y cuatro que tengo justo al lado, vestido completamente de negro y camuflado en la oscuridad, únicamente iluminado por los destellos fugaces de los fuegos, es exactamente la persona de la que está hablando.

Al escuchar su nombre, Keith gira la cabeza lentamente. No se voltea del todo, solo la mira de arriba abajo.

—Buenas noches, pecosa.

Melanie se congela. El color verde de su kimono choca bruscamente con su cara, que se acaba de poner roja como un tomate maduro. Da un paso atrás y se esconde detrás de mí, agarrándose a la tela de mi obi.

—Dahlia... —tartamudea, temblando—. Es... ¡Es Keith Kudo en carne y hueso!

—¡Melanie! —grito, sintiendo que ahora soy yo la que quiere que la tierra la trague por la situación. Me giro un poco y le susurro entre dientes, sin que nadie se dé cuenta—. Ni que fuera la primera vez que lo ves en persona...

—¡No tan cerca! —grita—. Dios... Es real, es altísimo. ¡Y los tatuajes, y el pelo! Dahlia... No puedo, me va a sangrar la nariz. ¡Ahora vuelvo!