El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 25. #8
94%

Capítulo 25. #8

—No te flipes —las mejillas me arden, y no precisamente por el calor—.

No estoy fascinada, estoy... En shock. Me ha costado horrores procesar si realmente era un asesinato, o si Moriyama podía haberse envenenado a él mismo…

Todos parecían culpables e inocentes al mismo tiempo.

Sin embargo, mientras que discutía con Oshida, ya habías encontrado la jeringuilla y la marca en el dedo de Kojima.

—Me has dado tiempo, bala de plata. Que distrajeras al inspector mientras que estaba a punto de llevarse preso al cocinero, ha hecho que ese hombre bajara la guardia y empezase a sospechar de él.

Su lenguaje corporal me decía que algo que no encajaba.

Sabía que estabas mirando a cada uno de ellos, y dudabas del cocinero, del asistente, de su mujer…

—Keith gira ligeramente la cabeza para mirarme desde arriba, reduciendo el paso mientras esquivamos a un grupo de turistas—.

Pero yo solo miro los hechos, primero, no a las personas.

Las emociones de los demás pueden mentirte, engañarte y manipularte para hacerte creer que son inocentes, pero un plástico perforado, no.

—Pero… Has salvado al señor Shunsuke —insisto, apretando un poco mi agarre en su brazo, obligándole a prestarme atención—. Has hecho lo correcto, y has impedido que un inocente se fuera esposado por culpa de la incompetencia de la policía. Y eso, fiscal, te guste admitirlo o no, es hacer el bien.

Keith se detiene de golpe en medio de la calle iluminada por los farolillos. La gente fluye a nuestro alrededor como el agua de un río sorteando una roca. Se gira hacia mí por completo, invadiendo de nuevo mi espacio personal.

—No te equivoques conmigo, Hawthorne. No he intervenido para “hacer el bien” ni para salvar a nadie —dice, y aunque sus palabras son crueles, hay un brillo extraño en su mirada que no encaja con la frialdad de su voz—.

Lo he hecho porque la estupidez me irrita.

El inspector Oshida estaba ofendiendo mi inteligencia con su deducción mediocre, y el crimen de ese hombre era lógico y un insulto a la lógica.

No hay moralidad en lo que he hecho, simplemente, era demasiado fácil como para inculpar a alguien otro.

—Mentira —le susurro, dando un paso al frente.

Me niego a dejar que se esconda detrás de esa armadura—.

Tienes… Tienes un don. Tienes una mente brillante, Keith.

Si puedes ver la verdad tan clara, si puedes desentrañar un asesinato imposible en cinco minutos...

¿Por qué te niegas a verla en mi cliente?

¿Por qué te empeñas en destrozar a Yuko cuando sabes perfectamente, con ese mismo cerebro que acaba de resolver este caso, que ella no mató a ese monje?

La tensión entre los dos se vuelve tan incómoda que casi cuesta respirar. Keith me sostiene la mirada, bajando los ojos un milisegundo hacia mi boca, de nuevo, antes de volver a clavarlos en los míos. Ya lo ha hecho más veces hoy.

—Porque la verdad de los tribunales no es la verdad de la calle, Hawthorne —responde—. Y porque no me interesa lo que pasó esa noche el templo Katsura. Perderás el juicio, ya te lo he dicho. No quiero que te sorprendas cuando sea así.

—Es una excusa patética —le acuso, sintiendo que el corazón me late desbocado—.

Te escondes detrás de ese “historial perfecto” de mierda perfecto, pero sé que, en el fondo, más de una vez has querido condenar al culpable, aunque perdieras…

Es imposible que nunca te hayas sentido así.

A nadie le importa tu historial impecable, Keith, a nadie, pero eres un cobarde.

En lugar de enfadarse, la comisura de sus labios se curva en una sonrisa lenta y arrogante. Da un paso más hacia mí, obligándome a echar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual. Su cercanía me asfixia y me embriaga a partes iguales.

—Me llamas cobarde, pero los cobardes tiemblan, y eres tú la que lo está haciendo —dice.

Levanta la mano, lenta y deliberadamente, y roza con el dorso de los nudillos el cuello de mi kimono, justo donde el pulso me delata—. Estás nerviosa, y sé perfectamente que no es por lo que ha pasado hace un rato.

—No me toques —le advierto, aunque mi voz carece de toda autoridad y no me aparto ni un milímetro.

—Estoy tocando mi propia ropa —rebate, deslizando el roce de sus dedos hacia la línea de mi mandíbula.

El toque es tan ligero que casi parece un fantasma, pero me quema la piel—.

Te molesta, ¿verdad? Te saca de tus casillas darte cuenta de que el monstruo al que deberías odiar te resulta tan fascinante.

—Te odio —jadeo, sintiendo cómo el aire abandona mis pulmones cuando sus dedos rozan el borde de mi lóbulo.

—Claro que sí —susurra Keith, inclinándose hasta que sus labios rozan casi la caracola de mi oreja.

Su aliento me pone la piel de gallina—. Me odias tanto que has bajado al vestíbulo vestida exactamente como yo quería.

Me odias tanto que anoche, cuando me dijiste que me fuera de tu puerta, tus ojos decían a gritos que la echara abajo.

Cierro los ojos, luchando contra la marea de deseo y frustración que me amenaza con arrastrarme.

—Eres un capullo egocéntrico —le digo, empujándole suavemente el pecho con la mano libre, aunque el músculo bajo su camisa es duro como una roca y apenas le muevo—. Hablábamos de tu capacidad para resolver crímenes, no de mí.

Keith atrapa mi mano en el aire antes de que pueda apartarla. Sus dedos largos y tatuados se entrelazan con los míos, firmes. Me mira con una intensidad que podría fundir el acero.

—No, hablábamos de que estamos en Kioto, en medio de este precioso festival donde han asesinado a alguien hace apenas unos minutos, y de que hoy, ahora, no soy el fiscal del caso Katsura y tú no eres la abogada defensora de esa niña —dice, bajando la vista a nuestras manos entrelazadas antes de volver a mirarme—.

Así que deja de hablar todo el puñetero rato de mi historial, de mis ganas de ganar, y de…

—hace una pausa—. Si me sigues provocando esta noche, bala de plata, te aseguro que la deducción que haré sobre lo que te pasa por la cabeza no te va a gustar nada.

Me quedo atrapada en sus ojos verdes, consciente de que acabo de cruzar un límite peligroso y de que, maldita sea, no quiero retroceder.

—Inténtalo, a ver si eres tan listo.

Keith aprieta mi mano, su sonrisa se ensancha y tira suavemente de mí para volver a caminar, llevándome con él hacia el corazón iluminado del festival.

—Con mucho gusto, pero te advierto que cuando empiece, no pararé. Tú decides si estás lista.

—Qué miedo… — le vacilo.

Me dejo arrastrar por él, literalmente. Sus dedos largos y firmes mantienen mi mano prisionera mientras nos alejamos de la calle y el sol se acaba poniendo. Los fuegos artificiales empezarán en breves.

Es absurdo, todo en esta escena es un completo disparate.

Hace apenas veinte minutos estábamos presenciando cómo un hombre moría envenenado, y ahora estoy caminando por las calles de Kioto de su mano.

Ayer por la noche, no le quería, ahora, casi veinticuatro horas después, le deseo con toda mi alma.

Solo soy una mujer que acabará condenada por aceptar el caso más difícil de su vida: Él.

◆◆◆

Esquivamos varios puestos de algodón de azúcar, mientras siento el pulso desbocado por su piel contra la mía.

Intento soltarme tirando suavemente de mi brazo, pero Keith aprieta el agarre sin siquiera mirarme, entrelazando sus dedos con los míos con una posesividad que me corta la respiración.

—¿Quiere deducir lo que me pasa por la cabeza? Bien, a ver si el gran fiscal Keith Kudo es tan infalible leyendo a las mujeres como resolviendo asesinatos.

Keith reduce el paso y nos desvía hacia una calle paralela, un poco menos transitada, iluminada por farolillos de papel rojo que proyectan sombras danzantes sobre su rostro afilado.

Se detiene junto a la pared de madera de un templo cerrado y, por fin, me suelta la mano, pero no se va demasiado lejos.

Se apoya contra la madera, cruza los brazos sobre el pecho y me observa con la intensidad con la que mira a los acusados en el estrado.

—Muy bien, Hawthorne, hagamos la autopsia de la noche de ayer —empieza—. Anoche, cerraste la puerta de tu habitación y, si mis cálculos no fallan, tardaste menos de diez segundos en empezar a llorar.

Abro los ojos de par en par, sintiendo que me acaban de dar una bofetada.

—Yo no... —balbuceo, a la defensiva, sintiendo el calor subirme a las mejillas.

—No mientas, ofendes mi inteligencia —me corta, asintiendo con la cabeza—.

Eres transparente, bala de plata. Te pasaste todo el día de ayer intentando convencerte de que habías hecho lo correcto al irte al hotel después de Tenjuan, te pusiste tu armadura de abogada moralista y te repetiste mil veces que ceder ante mí era traicionar a tu cliente, pero luego aparecí, según tú, borracho.

—Lo estabas.

—Jamás me he emborrachado.

—Cierto, te estás metiendo demasiado —hago énfasis en la última palabra— en el papel. Pensaba que solo le mentías al juez.

Me ignora y suspiro, incapaz de apartar la mirada de sus ojos. La forma en la que narra mis propios pensamientos me aterra, es como si hubiera estado dentro de mi cabeza.

—Y cuando aparecí “borracho” en tu puerta —continúa—, no me echaste porque me odiara, y tampoco cerraste la puerta en la cara porque te diera asco la idea de besarme. Lo hiciste porque estabas aterrada.

—Más que aterrada, yo diría que simplemente no quería hacerlo —miento—. A lo mejor deberías dejar de pensar que todas las mujeres del mundo quieren besarte, follarte, o estar contigo. No me gusta la gente que cree que puede tenerlo todo.

—Estás equivocada de nuevo, Hawthorne. No he dicho que quisieras hacerlo, solo he dicho que tenías miedo.

Me callo y le miro, sin pestañear.

—Y no es que crea que pueda tenerlo todo. En general, tengo todo lo que quiero, y lo que no… suelo apartarlo.

Apartarlo, vaya. No creo que me esté apartando demasiado de su camino.

—Entonces —me vuelve a cortar.