Capítulo 25. #7
Kojima levanta un rostro empapado en lágrimas y mira al cocinero, Kenji Shunsuke, que lo observa con los ojos cansados.
—Destrozaba a familias enteras por pura diversión… Me pegaba… Me escupía…
La multitud que observa detrás del cordón policial guarda silencio ante la confesión del crimen del asesino. Incluso el inspector Oshida baja ligeramente la libreta, conmovido por sus palabras.
Giro la cabeza hacia Sayuri, la viuda. Esperaba verla horrorizada, o quizá furiosa con el asesino de su marido, pero la mujer del kimono de seda de color crema simplemente mira el cadáver de su difunto esposo tirado en el suelo, con el rostro ensombrecido y una expresión vacía, aliviada, como si el monstruo por fin hubiera dejado de respirar.
El dolor en la voz del chico me entristece. Es la eterna historia que veo cada día en mi trabajo: los vulnerables, los rotos, los aplastados por el sistema o por tiranos con dinero, empujados hasta el abismo.
Mi instinto protector estalla y doy un paso al frente, con la necesidad de arrodillarme junto a él y decirle que no diga nada más, que no declare nada más sin un abogado asignado…
Con la necesidad de tenderle la mano.
Pero antes de que pueda acortar la distancia, Keith se interpone en mi camino.
No me toca, pero su metro noventa y cuatro vestido de negro es un muro infranqueable. Me lanza una mirada de advertencia tan afilada que me clava en el sitio, prohibiéndome cruzar la línea que separa a la defensa del criminal. Luego, gira lentamente la cabeza hacia el chico arrodillado.
—El destino y la culpa no entienden de excusas baratas, Kojima —la voz de Keith es baja, pero resuena con la suficiente fuerza para que todos le escuchemos...
Me hiela la sangre porque ahora en su voz solo veo oscuridad—.
Lo que Moriyama te hizo es imperdonable, pero asesinarlo no te ha devuelto tu vida, solo has terminado la suya, definitivamente.
Kojima levanta la vista, temblando, mirándolo a través de las lágrimas.
—Era él o mi familia... —susurra el aprendiz, roto.
—Mentira —sentencia Keith—. Siempre hay una elección.
Podrías haber ido a la policía, podrías haber denunciado las falsificaciones y asumir las consecuencias…
Pero elegiste el camino del cobarde. Jugaste a ser Dios con una jeringuilla, y al hacerlo, te convertiste exactamente en lo mismo que él: alguien que quería acabar con la vida de los demás, de una forma metafórica u otra.
Las palabras de Keith caen como una guillotina y no hay redención en ella, ni empatía en la conversación que está teniendo con ese chico. Solo la fría, desnuda y aplastante verdad.
—Lleváoslo, Oshida —ordena, dándole la espalda al asesino como si ya hubiera dejado de existir—. Y poned a cubierto el cadáver, empieza a oler a carne podrida.
Oshida asiente, sombrío, y hace una señal a sus hombres.
Mientras le ponen las esposas a Kojima y lo levantan a la fuerza, el sonido de los tambores del festival vuelve a colarse en mis oídos, lejanos y ajenos por completo a la tragedia que acaba de consumirse en este callejón.
El contraste es macabro, y la ciudad sigue de fiesta mientras un joven acaba de tirar su vida por el retrete para matar a un demonio.
Me quedo quieta, a un par de metros de la mesa de aluminio. Trago saliva con dificultad, sintiendo que el aire me falta en los pulmones. Mi cerebro de abogada, que hace cinco minutos estaba eufórico por haber evitado el arresto del cocinero, está paralizado.
Miro la espalda de Keith y observo cómo se ajusta el cuello de la camisa oscura bajo las luces anaranjadas, completamente inalterable ante el llanto desgarrador de un hombre al que acaba de condenar a cadena perpetua.
No es solo su intelecto lo que aterra, ni su capacidad sobrehumana para procesar toda esa información, escanear una escena y encontrar un maldito agujero que sea la clave de este mar lleno de caos.
Para Keith Kudo no hay grises y tampoco atenuantes.
La maquinaria de su mente tritura las emociones humanas y las escupe como si fueran polvo.
Si es capaz de saber que un chico destrozado por los abusos de su jefe lo ha matado sin pestañear y no sentir ni una pizca de duda al enviarlo a la cárcel en diez minutos…
¿Por qué se empeña en culpar a Yuko por un asesinato que no cometió?
¿Por qué, Keith? ¿De verdad te vale la pena? ¿De verdad todo esto vale la pena? Te acabo de ver por primera vez hacer justicia.
Si quiere hacer parecer a Yuko culpable para mantener su historial perfecto, no se detendrá ante nada. La aplastará, igual que acaba de aplastar a este chico. Con la pequeña diferencia de que hoy acaba de hacer lo correcto y ha resuelto un crimen que yo, no sé si habría podido.
La leyenda no era una exageración. El “Discípulo de Holmes” es real, y Keith, aparte de ser fiscal, también es un hombre que parece escrito por Conan Doyle.
Sería una máquina de hacer justicia si hiciera el bien, y yo soy la ingenua que tiene que enfrentarse a él en un tribunal dentro de poco, porque el fin cada vez está más cerca.
Y lo que es mil veces más doloroso, lo que me hace odiarme con cada fibra de mi cuerpo bajo este estúpido yukata azul... es que, viéndolo así, envuelto en sombras, dominando el caos, mi estúpido corazón está latiendo a mil por hora, completamente embrujado por él.
Keith se gira lentamente hacia mí, dejando a la policía a su espalda.
Camina despacio, acortando la distancia entre nosotros hasta que el olor a menta, tabaco y misterio borra por completo el metálico de la sangre y el humo.
Se detiene a un palmo de mi cara, obligándome a levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
Sus ojos verdes relucen en la penumbra.
—El caso está cerrado, bala de plata.
Aprieto los puños a los lados de mi cuerpo, luchando contra las lágrimas de impotencia y contra las ganas absurdas de agarrarlo por las solapas.
—¿No sientes nada? —le pregunto, con la voz temblorosa—. ¿Ni un poco de lástima por él?
Keith niega ligeramente con cabeza. Su mirada baja un instante a mis labios antes de volver a clavarse en mis ojos, inescrutable.
—Siento que hemos perdido una hora de mi tiempo —responde, ofreciéndome el brazo—. ¿Seguimos con el paseo, Hawthorne? ¿O la realidad de nuestro mundo te ha quitado el apetito?
Me quedo paralizada, con la mirada clavada en el brazo que me ofrece, envuelto en la tela oscura de la camisa. La respiración se me atasca en el pecho mientras el eco de sus últimas palabras choca contra el ruido de fondo del Gion Matsuri.
Es la primera vez, la primera maldita vez desde que nos cruzamos en aquella escalera del templo que le veo hacer lo correcto. Ya no puedo crucificarle por hacer lo que le da la gana con la ley o usar estrategias de mierda en el estrado que me dan asco y me repugnan.
Ahora hablo del bien puro y duro.
Fuera de la corte, sin un juez delante, sin la presión de mantener su estúpido récord de victorias, Keith acaba de usar ese cerebro aterrador que tiene única y exclusivamente para evitar una injusticia.
Si él no hubiera estado aquí, Oshida le habría puesto las esposas a un cocinero inocente cuyo único delito era freír pollo en el momento equivocado.
Pero Keith lo ha impedido, y ha encontrado al verdadero asesino en cuestión de segundos, atando cabos sueltos que para mí eran invisibles.
Mientras yo me dejaba llevar por el instinto de proteger al débil, intentando encajar a la fuerza piezas que no cuadraban, para él...
Para él todo este crimen ha sido como resolver un puzle infantil de dos putas piezas.
Ahora lo entiendo. Ahora entiendo de verdad el peso de su leyenda y por qué el país entero tiembla cuando el fiscal Kudo entra en la sala. Entiendo por qué se ha ganado a pulso el apodo del Discípulo de Holmes…. porque su mente es un arma de precisión milimétrica.
Pero esa misma brillantez es la que ahora mismo me está matando de frustración.
Si es capaz de hacer esto... Si es capaz de ver la verdad tan nítida en medio del caos, de salvar a un inocente y condenar a un culpable con tanta facilidad, ¿por qué no puede ser igual conmigo?
¿Por qué no podemos trabajar juntos para descubrir al verdadero asesino que mató a Takashi Yamanaka con aquella daga?
¿Por qué no utiliza este don increíble que tiene para hacer el bien siempre?
Es estúpido. Es imbécil y gilipollas, no puedo soportarlo.
Que un hombre con esta capacidad para encontrar la verdad decida usarla para aplastar a la gente inocente en los tribunales solo por ganar…
Keith, por favor, no lo hagas.
Vuelvo a mí y levanto la vista de su brazo y me encuentro con sus ojos verdes, que me observan con esa paciencia felina que me saca de quicio.
—No vas a dejar de mirarme así en toda la noche, ¿verdad? —dice, levantando una ceja.
Me armo de valor, deslizo mi mano y me agarro a su brazo. El contacto de mi piel contra el tejido de su manga hace que las mariposas en mi estómago vuelen y revoloteen, pero me obligo a caminar a su lado.
La policía está acabando de interrogar a los demás y le digo a Keith que aprovechemos para marcharnos antes de que Oshida no me deje irme y empiece a hacer demasiadas preguntas.
Dejamos atrás las luces de las sirenas y el olor a cianuro, sumergiéndonos de nuevo entre la multitud, con el sol a punto de caer.
—Eres un monstruo, Kudo —suelto, sin poder contenerme más—. De verdad te lo digo, lo que acabas de hacer ahí atrás... no es humano.
Keith suelta una risa, con mi mano apoyada en su brazo.
—¿Te parece mal que haya descubierto al criminal? ¿Hubieras preferido que el inspector se llevara al cocinero, que era inocente?
—¡No! ¡No es eso! Es solo qu… —Keith me interrumpe.
—Prefiero el término “eficiente”, Hawthorne. Pero viniendo de ti, asumiré que llamarme monstruo significa que me estás haciendo un cumplido. Intenta no acostumbrarte, se te da fatal disimular la fascinación.