Capítulo 25. #6
—Y-yo le serví la cerveza... —solloza—. ¡Pero bebí de la misma jarra justo antes! ¡Mire, mi vaso está ahí! ¡No pude envenenar su bebida sin envenenarme a mí misma!
Oshida asiente, anotando, y se gira hacia el asistente.
—¿Tú eres el chico de los recados? ¿Le diste algo de comer?
—¡N-no, señor! —chilla Kojima, abrazándose a sí mismo—.
Solo traía las bolsas con las antigüedades…
El señor Moriyama sudaba mucho, y se quejaba del calor.
Me pidió algo para limpiarse, y yo le di una toallita húmeda.
P-pero estaba dentro de su envoltorio de plástico cerrado de fábrica. ¡Él mismo lo abrió con los dientes!
Oshida frunce el ceño, luce claramente frustrado, pobre. ¿Qué probabilidad había de que se cometiera un crimen justo hoy y con todos en el mismo lugar? No puedo creer que el festival vaya a terminar así…
Sus ojos se fijan entonces en el dueño del puesto, que parece tranquilo. El inspector se acerca a él y lo señala con el bolígrafo.
—Kenji Shunsuke, la policía local me acaba de informar por radio de quién es usted. La víctima, Daiki Moriyama, arruinó su negocio de antigüedades hace cinco años, ¿verdad? Tuvo que vender su tienda y acabar friendo pollo y fideos en la calle por su culpa.
—Yo no lo maté —dice, sin apartarle la mirada. Su mirada está triste y vacía, lo veo en sus ojos.
—¡Usted le entregó la brocheta! —alza la voz Oshida, sintiendo que por fin tiene un hilo del que tirar—. Tenía el motivo perfecto. ¡Escondió el cianuro en ese trozo de carne y se lo dio directamente a él! ¡Queda detenido como principal sospechoso!
Dos policías se acercan al anciano para esposarlo, y pobre hombre ni siquiera se resiste; está en estado de shock.
No puedo soportarlo.
Es el mismo sistema roto que tiene a Yuko en una celda, y me recuerda a todo lo que Keith y sus hombres le han hecho desde el primer día.
Buscan el motivo más fácil, ignoran las pruebas físicas y cierran el caso basándose en conjeturas. La sangre me hierve y me olvido de Keith, del kimono que me viste y que no me representa como abogada, y del festival.
—¡Un momento, Oshida! —exclamo, dando un paso al frente e interponiéndome entre los policías y el cocinero—. ¡No puedes arrestarlo basándote en una suposición tan ridícula!
Oshida me mira, perplejo y furioso.
—¡Sal del medio, Dahlia, esto es una escena del crimen, no un tribunal!
—¡Me importa una mierda que no estemos celebrando un juicio!
¡Y por eso mismo deberías hacer tu trabajo correctamente!
—le rebato, alzando la barbilla, sintiendo la adrenalina correr por mis venas—.
Si el veneno estuviera en la brocheta, tendría que haber contaminado toda la parrilla, y yo o misma he visto cómo el cocinero al que quieres llevarte detenido cogió el palo de carne al azar de entre una docena.
Habría envenenado a otros clientes, o tendría que haber sabido de antemano qué brocheta exacta iba a elegir la víctima.
Es ilógico que lo valoréis así… Detenerle por lo que pasó en el pasado sin probar cómo administró el cianuro es un arresto ilegal, y te aseguro que, si le ponéis esas esposas sin verificarlo, mañana mismo seré su abogada y destrozaré su caso ante un juez.
Se hace el silencio y Oshida me mira, boquiabierto. Siento un pequeño subidón de orgullo, y sé que en fondo el inspector entiende lo que le estoy diciendo. Me ha visto defender a Yuko, no es para menos.
He querido proteger a un presunto inocente usando la lógica pura, desmontando la chapuza policial que este idiota estaba a punto de hacer ofuscado por el calor y el agobio que nos rodea. Actuar así no es la solución… aunque no tenga ni idea realmente de quién es inocente y quién culpable.
No tengo ni idea de quién ha envenenado a la víctima, pero lo han hecho delante de mis propios ojos.
¿Cómo he podido dejar que pase?
Cierro los puños con fuerza, mirando al suelo, pero entonces, escucho una risa.
Viene de detrás de mí. Es una risa, oscura y profundamente cínica sonando a mis espaldas.
Me giro despacio. Keith me está mirando. No hay burla en sus ojos, sino algo mucho más peligroso: una diversión depredadora. Se acerca a mí a paso lento, con las manos en los bolsillos, invadiendo de nuevo mi espacio personal.
—Tu instinto protector es conmovedor, Hawthorne —susurra a mi oído, con la voz tan grave que vibra en mi pecho—. Eres un perro guardián excelente ladrándole a las suposiciones de la policía. Tienes razón, el arresto es ilegal, y el cocinero es inocente.
Frunzo el ceño. ¿Me está dando la razón?
—Pero tu ceguera ante los detalles físicos —continúa Keith, ladeando la cabeza— te va a costar la carrera algún día. Estás tan empeñada en defender al eslabón débil que ni siquiera has mirado la verdadera arma homicida.
Keith me aparta suavemente con un roce de su hombro y se planta en el centro de la escena, dominando por completo el espacio. Oshida, los agentes, la esposa, el asistente... Todos se quedan petrificados, atraídos por la gravedad que genera este hombre.
—Inspector, olvida la cerveza, y olvida la carne.
La víctima era un tasador de arte obsesivo y escrupuloso, un hombre que jamás tocaría la comida callejera con las manos sucias.
—Keith señala la pequeña papelera que hay en la esquina de la mesa—.
El cianuro no fue ingerido a través de la comida… . Estaba en la toallita húmeda.
El inspector Oshida se frota el bigote con desconcierto.
—¿En la toallita, fiscal Kudo? —pregunta, incrédulo—. Pero el asistente, Kojima, acaba de testificar que se la entregó en su envoltorio original, y todos, incluido él, han corroborado que lo vieron abrirlo con los dientes. Estaba sellado… es imposible envenenar algo hermético sin romperlo.
Keith suelta un suspiro cargado de hastío.
—Lo imposible solo es la excusa de los mediocres, inspector. El plástico es un material muy agradecido si tienes la herramienta adecuada. Una aguja ultrafina, una micro jeringuilla, por ejemplo… Objetos muy comunes en los talleres de restauración de antigüedades para inyectar disolventes.
Mi cerebro hace cortocircuito y la mente vuela al momento exacto que presencié.
—Se la pasó por la boca... —susurro en voz alta, atando cabos, abriendo los ojos de par en par—. Rompió el plástico, se limpió las manos llenas de sudor, y luego se frotó los labios.
Keith se gira hacia mí. Por una fracción de segundo, el verde de sus ojos brilla con absoluta aprobación.
—Exacto, bala de plata —dice—. Al frotarse los labios, la víctima dejó restos de cianuro en su boca. Segundos después, al morder la brocheta y tragar, el veneno entró en su sistema y lo mató.
Keith aparta la mirada de mí y la clava como un puñal en Kojima, el joven aprendiz, que ha dejado de temblar y ahora está pálido como la cera.
—Inyectaste el cianuro líquido a través del envoltorio minutos antes de dársela, mientras cargabas las bolsas. El agujero de una aguja tan fina en un plástico endeble es invisible a simple vista si no lo buscas.
—¡No tienes pruebas! —solloza Ren, con la voz quebrada—. ¡Son solo teorías! ¡Yo no lo hice!
—Yo nunca hablo sobre teorías —replica Keith—. Inspector Oshida, envía a uno de tus hombres a analizar el envoltorio de plástico de esa papelera.
Oshida hace un gesto asintiendo y un policía de la científica, con guantes de látex, saca el trozo de plástico rasgado de la basura y lo alza a contraluz frente a una de las bombillas del puesto.
—¡Señor! —grita el policía—. ¡Hay una micro perforación en el centro del reverso!
Kojima suelta un gemido ahogado y me llevo una mano al pecho. Mi corazón late desbocado.
—Aun así —continúa Keith, dando un paso hacia el chico, acorralándolo—, manipular cianuro líquido en medio de la multitud de un festival es muy peligroso…
Especialmente si tus manos tiemblan por la adrenalina del asesinato que vas a cometer.
Sabías que, al presionar el émbolo de la jeringuilla, una gota microscópica podía quedar en la yema de tu dedo, y si por error te tocabas la cara o los ojos más tarde, morirías tú también, así que tomaste una precaución.
Keith levanta la mano y señala la mano derecha del asistente.
—Enséñanos tu dedo índice derecho, Kojima-san.
El chico niega con la cabeza, frenético, escondiendo las manos detrás de la espalda, pero dos agentes de policía se abalanzan sobre él y le obligan a mostrar las palmas abiertas bajo la luz.
Ahí está.
Justo en la yema del dedo índice derecho, casi imperceptible por el sudor y la suciedad, hay una pequeña tirita transparente. De esas redondas que apenas se notan a simple vista.
—Quitádsela —ordena Keith—. Debajo encontraréis, con total seguridad, una leve quemadura química en la piel, o en el mejor de los casos, los residuos del veneno que la tirita evitó que absorbiera. El forense lo confirmará en veinte minutos.
El agente de policía le arranca el pequeño adhesivo con brusquedad y Kojima suelta un gemido ahogado, dejando caer la cabeza.
El silencio que sigue a la escena que acabamos de vivir es sepulcral, nadie dice nada.
Casi puedo escuchar el crepitar del carbón en la parrilla que ha quedado abandonada a unos metros y las luces cálidas y festivas de los farolillos del Gion Matsuri parecen haberse vuelto repentinamente frías, iluminando una escena desoladora.
Kojima no intenta huir, sus rodillas ceden y cae a plomo sobre el asfalto grasiento.
Se encorva sobre sí mismo, temblando, y un sollozo desgarrador, animal, brota de su garganta.
No es el llanto de un criminal acorralado; es el llanto de alguien que lleva años muerto por dentro y acaba de darse cuenta de que ha cavado su propia tumba.
—Él... él me obligaba... —gime el chico, clavando las uñas en el suelo hasta hacerse daño—.
No solo me robaba mis tasaciones y las presentaba bajo su nombre, sino que me obligaba a falsificar certificados de autenticidad.
Si me negaba, amenazaba con hundir la pequeña panadería de mis padres…
dejándolos en la calle. Destrozó al señor Shunsuke...