El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 25. #5
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Capítulo 25. #5

Me giro instintivamente, frunciendo el ceño.

A escasos dos metros de nosotros, apoyado en una de las mesas altas de un puesto de fideos, hay un hombre de unos cincuenta y tantos años.

Está sudando a mares, tiene la cara enrojecida y lleva un traje de lino que probablemente cueste una fortuna, aunque ahora mismo está arrugado.

Es Daiki Moriyama, un pez gordo empresario de Kioto.

A su lado hay un chico joven que, por lo que he escuchado, se llama Kojima. Va cargado con tres bolsas de papel que parecen contener varias antigüedades y pesar mucho. Cuando escucha los gritos de ese maleducado, agacha la cabeza repetidamente.

—Señor, lo siento muchísimo, yo… Alguien me ha empujado, se lo juro.

—¡Excusas! Llevas cinco años de aprendiz y sigues siendo un patoso.

Si no fuera porque te pago una miseria, ya estarías en la calle —le escupe, pasándose el dorso de la mano por la frente llena de sudor—.

¡Dame algo para limpiarme estas malditas manos, hace un calor insoportable en esta estúpida ciudad!

A la derecha de ese fanfarrón hay una mujer bellísima, probablemente veinte años menor que él. Lleva un kimono de seda en tonos crema. ¿Será su mujer? Se gira y clava la mirada en la multitud con una expresión de puro asco.

—Deja de gritar, querido, la gente nos está mirando.

—¡Grito si me da la gana, Sayuri! —exclama, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Con mi dinero pago que me miren!

Kojima deja las bolsas en el suelo a toda prisa con las manos temblorosas y rebusca en el bolsillo de su delantal. Saca un oshibori, unos pañuelos con toallitas húmedas, y se lo tiende a su jefe, nervioso.

Noto que Keith, a mi lado, ha dejado de mirar las tablillas y sus ojos verdes están fijos en la mesa contigua. No dice nada, pero su postura ha cambiado… está tenso, como un depredador observando a su presa.

Moriyama le arranca las toallitas con la boca y abre el sello con los dientes. Saca una y empieza a frotarse la frente, las palmas de las manos, el cuello, las mejillas y la boca.

Sayuri, suspirando de nuevo, agarra una jarra de cerveza que acaban de dejar en la mesa, se sirve un vaso de plástico y se lo acerca a su marido.

—Tómatelo, refréscate y cállate ya de una vez.

El pez gordo agarra el vaso, dejando la toallita sucia sobre la mesa, y le da un trago largo. Luego, se gira hacia el dueño del puesto, un hombre mayor que no ha dejado de saltear los fideos con ambas manos.

—¡Tú, inútil! —le grita Moriyama al cocinero—. ¡Llevo diez minutos esperando! ¿Es que eres tan lento cocinando como lo eras tasando obras de arte? ¡Normal que te arruinara el negocio y tuvieras que abrir este puesto de mierda! Me das pena.

El cocinero, Kenji Shunsuke, se detiene ante su comentario y aprieta las pinzas con tanta fuerza que los nudillos se le quedan blancos.

Levanta la vista y lo mira con un odio tan profundo y crudo que me da un escalofrío, pero no responde.

Simplemente saca una brocheta de pollo al azar de entre la docena que está asando su compañero y la pone en un plato de cartón.

—Su pedido, señor Moriyama, que le aproveche.

Moriyama suelta una risa burlona, agarra la brocheta con sus manos recién limpias y le da un mordisco enorme a la carne, masticando con un ruido bochornoso.

Y entonces, el festival se detiene.

Ocurre en cuestión de segundos. Moriyama abre mucho los ojos, como si hubiera visto a un fantasma, y la brocheta cae de sus manos, rebotando en la mesa antes de rodar por el suelo.

Se lleva ambas manos al cuello, arañándose la garganta hasta hacerse sangre, emitiendo un sonido gutural y ahogado, como si intentara tragar aire y le estuvieran inyectando fuego en los pulmones.

—¿Daiki? —pregunta su mujer, dando un paso atrás.

Sus rodillas ceden y el hombre se desploma contra la mesa, tirando la cerveza y la bandeja, antes de caer a plomo sobre el asfalto. Su cuerpo empieza a convulsionar violentamente contra el suelo.

—¡Señor! —chilla Kojima, llevándose las manos a la cabeza.

La multitud a nuestro alrededor empieza a acercarse y alguien grita.

El pánico se propaga como la pólvora por la calle y la gente empieza a empujarse, huyendo de ahí a toda prisa.

Mi instinto se dispara… Soy abogada, mi impulso natural es intervenir, ver qué pasa, buscar ayuda, así que doy un paso hacia la víctima.

Pero antes de que mi sandalia toque el suelo, una mano grande, firme y fría como el acero me agarra del brazo, deteniéndome. Me tira hacia atrás con tanta fuerza que mi espalda choca con su pecho.

—Ni se te ocurra moverte, Hawthorne —la voz de Keith suena justo al lado de mi oído.

No noto que esté intranquilo o preocupado, y mucho menos que sienta pánico ante la escena que tenemos frente a nuestros ojos.

—Pero, Keith… ¡Tenemos que ayudarle, está convulsionando! Puede que se esté ahogando… Y…

—No se está ahogando, ya está muerto.

Dejo de forcejear y miro hacia el suelo: tiene razón.

Moriyama ha dejado de moverse y sus ojos están fijos en el cielo iluminado por los farolillos, vacíos de vida. Un hilo de espuma blanca, ligeramente rosada por la sangre de su garganta, le asoma por la comisura de los labios.

Keith me suelta el brazo y da dos pasos al frente, acercándose al cadáver. No se agacha para tomarle el pulso, ni siquiera lo toca. Simplemente se inclina unos centímetros sobre el rostro del hombre y aspira el aire profundamente.

Se incorpora, mete las manos en los bolsillos del pantalón oscuro y clava sus ojos verdes, afilados como cuchillos, en los tres acompañantes: la esposa, horrorizada, el aprendiz, que está hiperventilando; y el cocinero, paralizado con las pinzas en la mano.

—Cianuro —dice Keith. Su voz es tan grave y autoritaria que silencia los gritos de todos los que están junto al cadáver—. Avisad a la policía y que nadie salga de este perímetro, acaba de cometerse un asesinato.

Me quedo boquiabierta y me froto los brazos. Ha pasado todo demasiado rápido, pero no me hace falta ni un segundo más para darme cuenta de que el hombre que anoche me estaba volviendo loca en el pasillo del hotel, ha desaparecido.

En su lugar está la leyenda de la que todos hablan desde que aterricé en este país: Takumi, Mina, Fukuda, Oshida…

El fiscal legendario, Keith Kudo.

Los siguientes quince minutos son un caos de sirenas, luces rojas y azules, y gritos de los agentes locales apartando a la gente de la escena del crimen.

Parece que da igual dónde viva, el morbo ante un asesinato saca lo peor de los demás, y les da igual todo…

tanto que empiezo a ver como algunos incluso sacan su móvil y empiezan a grabar el cuerpo sin vida de la víctima, todavía muerto en el suelo.

Me cabreo y le quito el teléfono de las manos al subnormal que ha pensado que era una buena idea, y lo lanzo a tomar por culo, sin importarme nada.

—Eres un gilipollas —le escupo, aunque no ha entendido ni una palabra de lo que le he dicho. Mi expresión le puede dar alguna pista de que no ha sido un halago.

La policía acordona una zona de diez metros alrededor del puesto de noodles y empiezan a ponerse serios.

Es ahí cuando, de entre toda esa multitud de agentes vestidos con el uniforme de la Policía Metropolitana de Kioto, abriéndose paso con dificultad, aparece una figura conocida que me hace apretar los dientes y maldecir el suelo que estoy pisando.

Oshida.

El inspector cruza la cinta policial secándose la frente con un pañuelo y, cuando sus ojos reconocen al hombre vestido de negro que está de pie frente al cadáver, se vuelve igual de pálido que la nieve.

Pero todavía empeora más cuando su mirada se desvía un metro a la derecha y me ve a mí, vestida con un kimono azul a su lado.

—¿F-Fiscal Kudo? ¿Dahlia? —Oshida tartamudea, incapaz de disimular su asombro ante lo que ven sus ojos—. ¿Qué hacéis aquí juntos?

—No estamos juntos —digo, al segundo.

—Observar cómo un hombre es asesinado delante de mis narices —responde Keith, ignorando deliberadamente la implicación personal de la pregunta.

Se da la vuelta y camina hacia el inspector… Le saca, literalmente, 25 centímetros.

—¿Cómo se llama? —pregunta, girando la cabeza hacia su mujer.

—¿Me lo preguntas…? ¿A mí?

—¿Tengo cara de preguntárselo a alguien más, si te estoy mirando?

Oshida traga saliva y miro a Keith fijamente. Esa chica está aterrorizada ante la imponente presencia de Kudo, y tarda en responder.

—Daiki… Moriyama.

Keith camina de nuevo a la víctima, la mira, analizándola, y se voltea ante la policía.

—La víctima es Daiki Moriyama. Por el olor a almendras amargas que desprende, es inconfundible que ha sido envenenado con cianuro.

El cianuro potásico o sódico es un veneno de acción rápida que se ingiere por vía oral, y no ha pasado ni media hora desde que ha muerto —hace una pausa y mira al inspector—.

Pon a tus hombres a trabajar y empezad a interrogar a estos tres, porque nadie más se ha acercado a él, así que el asesino es uno de ellos.

Oshida se estremece, claramente intimidado por la autoridad innata de Keith, y saca su libreta. En ese momento, quiero mantenerme al margen para no liarla, pero mi cerebro ya ha activado el modo “abogada defensora”, así que observo sin que se me nota mucho, las reacciones de los demás.

La esposa de la víctima, Sayuri, está llorando de una forma un poco extraña, casi sin lágrimas, mientras se tapa la boca con la manga del kimono. A su lado, el pobre chaval al que le han gritado todo el rato tiembla incontrolablemente sentado en un taburete. ¿Parece inocente? No lo sé.

El cocinero, Kenji, está sentado en una de las sillas de sus mesas, mirando al vacío. Ha pedido a sus trabajadores que dejen de trabajar y cierren el puesto, porque la policía quiere interrogarlos e inspeccionar la caravana.

—Señora Moriyama —Oshida camina hacia la esposa de la víctima con el bolígrafo encima de la libreta—, ¿usted le dio algo de beber a su marido antes de colapsar?