Capítulo 25. #4
Mi cerebro, que cuando se siente acorralado tiende a accionar el botón de autodestrucción, decide que la mejor defensa es provocarle por donde más duele.
—Qué bien —digo, apoyando la barbilla en la mano con inocencia y una sonrisa afilada—. ¿Has tenido mucho sexo estas semanas o qué?
Keith detiene cualquier próximo movimiento y me mira, recostándose lentamente en la silla. Sus ojos verdes me escanean despacio, oscureciéndose, entonces saca una caja de cigarros del bolsillo interior de la chaqueta, y lo sostiene entre los dedos mientras la guarda con la otra.
—Deberías evitar hacer preguntas cuya respuesta ya sabes que no te va a gustar.
El corazón se me para en seco y me quedo sin respiración por un segundo. Mi mente se congela e intento procesar lo que acaba de decir.
«No es verdad… No has… No es cierto. Me lo estás diciendo para hacerme rabiar, aunque me da exactamente igual si lo has hecho o no… ¿Sabes? No me importa. Deja de creer… Que me importa…».
—Vámonos.
Keith se mete el cigarro en la boca y se levanta de la silla; apenas me da tiempo a reaccionar y volver al restaurante, sigo con la frase pegada a la puta cabeza.
Deja un par de billetes sobre la mesa que cubren de sobra lo que ha costado la comida, y yo me levanto también.
Kenzo se asoma desde la cocina al vernos de pie.
—¿Ya os vais? ¡Pasadlo bien en el festival, muchachos! —se despide el anciano mientras friega los platos.
Keith le devuelve un asentimiento de cabeza, respetuoso y silencioso, y me despido de Kenzo con un: "Gracias, estaba todo buenísimo, cuídate mucho, adiós”.
Salgo tras él, apartando las cortinas de la entrada con las manos temblorosas y el corazón latiéndome desbocado en la garganta. Qué estúpida… No debería haberle preguntado nada.
◆◆◆
Salimos del pequeño restaurante de Kenzo.
Ese hombre es de lo más simpático y, desde luego, cocina de una forma espectacular.
Sé que parecer ofendida y preocupada por la respuesta de Keith no me va a traer nada bueno, apenas ha empezado el festival, así que decido olvidarlo, y respiro diez segundos largos, intentando calmarme.
Ahora tengo el estómago lleno; debo animarme.
El bullicio de la gente paseando nos vuelve a engullir, pero esta vez me dejo llevar.
Doy pequeños saltitos al caminar, casi levitando sobre las sandalias de madera como si tuviera quince años de nuevo.
Por un par de horas, mi cerebro decide bloquear por completo el sentido común y se me olvida que tengo justo al lado al hombre que más odio en el mundo.
Olvido la guerra, olvido la sangre metafórica que hay derramada entre nosotros y olvido el escándalo por el que nos condenarían a ambos, personal y profesionalmente, si la fiscalía o mi bufete se enteraran de que estamos paseando juntos por aquí.
No puedo parar de sonreír, todo esto es increíble. Arrastro a Keith hacia cada uno de los puestos coloridos que llaman mi atención y le agarro de la manga de la chaqueta negra, sin pensar, tirando de él entre la multitud.
Para mi sorpresa, se deja llevar.
No me regaña, ni se aparta… Simplemente me sigue el ritmo, moviéndose como una sombra silenciosa a mi lado.
Mi estómago me pide algo dulce después de ese bol de fideos, así que nos detenemos frente a un puesto de kakigori —hielo raspado bañado en sirope de fresa—, luego en uno de taiyaki, que son pastelitos en forma de pez, rellenos de crema, y después terminamos con unas brochetas de dango tricolor, unos dumplings hechos con arroz glutinoso, parecidos al mochi.
Sin embargo, la dinámica siempre es la misma: cada vez que abro la boca para pedir algo y busco mi monedero en la cartera, el brazo de Keith se adelanta al mío.
Saca un billete enorme de diez mil yenes y paga, sin dejarme siquiera tocar mis propias monedas.
Me pongo de morros, frunzo la nariz, y le doy un codazo a modo de queja, pero él se limita a guardarse el cambio y me lanza una mirada que dice claramente «no rechistes y sigue caminando».
Y yo, por pura conveniencia, le obedezco, sabiendo que sería la envidia de cualquiera que estuviera en mi situación ahora mismo, pero a mí me da igual.
Nadie nos presta atención en medio de este océano de miles de personas: somos invisibles. Llega un punto en el que no me preocupa que nadie nos reconozca y sepa que somos Keith Kudo y Dahlia Hawthorne.
Caminamos de un lugar a otro, deteniéndonos frente a un par de hokoras, esos diminutos santuarios de piedra o madera protegidos por estatuas de zorros que salpican las aceras de la ciudad, para observar las ofrendas.
Después, obligo al fiscal a parar en la zona de juegos e intento pescar peces de colores con una red de papel, pero fracaso miserablemente cuando la red se deshace en dos segundos y ese estúpido empieza a reírse de mí.
Me coge del brazo y me lleva hacia un puesto donde la gente está disparando rifles de corcho, intentando derribar cajas pequeñas de caramelos.
Las tira todas, una detrás de otra.
Hace tanto calor bajo el sol de la tarde que, en un puesto de artesanía, me compro un uchiwa, el clásico abanico de papel típico de los festivales.
Me abanico a mí misma y, sin darme cuenta, giro la muñeca y empiezo a abanicar a Keith también.
El calor y la multitud finalmente parecen afectarle a su sistema de termorregulación de reptil; sé que no puede más.
Se pasa las manos por el pelo oscuro y se lo recoge en una media coleta para despejarse la nuca.
El recogido le endurece las facciones y le marca aún más la mandíbula.
Por primera vez desde que le conozco, veo una única y solitaria gota de sudor resbalar desde su frente hasta su sien.
Me quedo embobada… No puedo dejar de mirarle.
Mi cerebro entra en un cortocircuito estúpido hasta que sus ojos verdes se cruzan de golpe con los míos y siento cómo el fuego me sube al instante del corazón a los mofletes.
Me pongo roja como un tomate, aprieto los labios y giro la cabeza bruscamente hacia los puestos, abanicándome con desesperación.
No pienso dejar que mis mejillas rojas me delaten más de lo que yo lo he hecho solita.
Poco después, me detengo en una zona decorada con ramas de bambú para escribir un deseo en un tanzaku.
Son trozos de papel alargados donde la gente escribe lo que más quiere, y los ata a las hojas con cuidado.
En el puesto de al lado, me encapricho con comprar un omamori —los amuletos japoneses tradicionales de la suerte—, y elijo uno con un diseño bordado de Hello Kitty.
Mi madre me lo compraba absolutamente todo de ese personaje cuando era pequeña, y verlo ahí colgado me ha recordado a ella, así que no me he podido resistir.
—Me da vergüenza ajena seguir paseando a tu lado con eso colgado del bolso —dice Keith de repente, al ver a la gatita rosa cosida en el amuleto.
Le saco la lengua, apretándolo contra mi pecho.
—Si no te gusta, ahí tienes el camino de vuelta a tu coche, Kudo, me harías un favor.
Keith ignora mi invitación a marcharse y, en su lugar, alarga la mano hacia el mostrador del puesto y, sorprendentemente, se compra su propio omamori: uno de tela negra con el estampado de un templo cosido en hilo azul oscuro.
Sonrío y acerco mi amuleto al suyo.
—Deja que les haga una foto juntos —le pido, sacando el móvil antes de que pueda negarse, y el sonido de la cámara hace “clic”.
—¿Vas a publicar eso en Instagram? —dice, mientras lo guarda en el bolsillo.
—Sí, y te etiquetaré para que lo vea la Policía Metropolitana de Japón entera.
—No tengo Instagram, bala de plata, no uso las redes.
—Qué mentiroso… Seguro que tienes al menos diez cuentas falsas y te la pasas stalkeando a todo el que te interesa. Un fiscal como tú no puede estar alejado de ese mundo, hay demasiada información de testigos y sospechosos en internet que puede ayudar a resolver un caso.
Keith detiene sus pasos un microsegundo, mirándome de reojo.
—Qué perspicaz —contesta.
—Observadora —le corrijo yo, alzando la barbilla.
—¿Has ganado algún caso gracias a eso?
—Por supuesto.
—Este no será uno más.
—Eso me lo tendrás que decir cuando el juez lo sentencie con el mazo, Kudo.
—Estoy deseando que llegue ese día, Hawthorne.
◆◆◆
El humo de las parrillas de carbón me abre de nuevo el apetito, es imposible no tener hambre cada cinco minutos en festivales como este.
Le pido a Keith si nos podemos parar en uno de yakitori, las brochetas de pollo japonesas, que está a rebosar de gente, pero empieza a observar el lugar arrugando ligeramente la nariz.
—¿Cómo puedes seguir teniendo hambre? Te va a doler la barriga y no pienso llevarte al hospital —dice, cruzándose de brazos y negándose a acercarse.
—¡No es verdad, estoy perfecta! —le replico, poniéndome de puntillas para intentar ver la parrilla por encima de los hombros de la gente—. Te he dicho que hoy mando yo, y me muero de hambre… Tengo que probar ese pollo como sea.
—Hawthorne, has comido hace menos de media hora.
—¿Me ves preocupada?
—Qué insoportable eres, no tienes remedio.
Le ignoro y al cabo de quince minutos, nos atienden. Me ha echado la bronca por no parar de comer, pero me lo ha pagado otra vez. ¿A lo mejor el que no tiene remedio es él?
Seguimos caminando y nos alejamos un poco de la multitud hasta llegar al muro exterior de un templo cercano.
Todo el perímetro está cubierto de ema, unas pequeñas tablillas de madera con dibujos pintados en el frontal y textos escritos a mano en el reverso.
Keith me explica que la gente escribe ahí sus plegarias a los dioses para que los caballos divinos las transporten al cielo, pero mientras lo escucho atentamente, embobada, una voz nos interrumpe y capta nuestra atención.
Alguien está discutiendo justo al otro lado del muro de tablillas de madera, a escasos metros de nosotros.
—¡Eres un completo inútil, Kojima! ¡Te dije que llevaras las bolsas con cuidado! ¡Ese jarrón de cerámica de la dinastía Qing vale más que toda tu miserable vida y la de tu familia juntas!