Capítulo 25. #3
Keith apoya los codos sobre la madera gastada de la mesa y mueve el dedo de un lado al otro, negando.
—El problema, Hawthorne, es que confundes tener una cuenta bancaria ilimitada con tener mal gusto. He crecido rodeado de idiotas que se inclinan hasta el suelo en cuanto leen mi apellido en la reserva. Solo quieren mi dinero.
Hace una pausa y desvía la mirada un segundo hacia la espalda encorvada del anciano.
—Pero a Kenzo le importa una estricta mierda quién soy fuera de aquí, el patrimonio de mi familia o cuántos juicios he ganado. Me daba de comer estos mismos fideos cuando era un estudiante de derecho que huía de casa y se escondía aquí.
¿Keith Kudo huyendo de casa para esconderse en un local diminuto de Kioto? La imagen me descuadra, pero, al mismo tiempo, me encaja. Creo que es una persona que repudia la debilidad y odia a los pelotas que, como decía antes, le lamerían los neumáticos del coche solo por ser quién es.
Él, notando mi silencio, afila un poco la mirada.
—Lo que se prepara en esa olla sabe mejor que cualquier plato de todo el distrito de Ginza. A diferencia de la gente de nuestra profesión, Kenzo no respeta mi nombre y me alimenta; hay una diferencia abismal, bala de plata.
Me quedo en silencio, con los labios entreabiertos. Por primera vez desde que le conozco, no percibo una gota de sarcasmo o manipulación en su voz. Parece que, realmente, tiene un respeto real y genuino hacia ese anciano.
Trago saliva, deshaciendo mi postura defensiva y bajando los brazos de la mesa.
Me doy cuenta de que este pequeño y humilde rincón es, probablemente, el único lugar en todo Japón donde Keith Kudo no tiene que ser el “legendario fiscal” ni el heredero de una dinastía intocable.
Aquí solo es Keith, y me ha traído con él.
—No sabía que el fiscal legendario de Kioto tuviera un refugio anti tontos —susurro, incapaz de evitar la ironía, pero suavizando el tono.
Él esboza una levísima sonrisa torcida, de esas que no llegan a los ojos pero que son reales.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, abogada, y va a seguir siendo así.
El sonido de dos cuencos de cerámica levantándose de la barra nos interrumpe y Kenzo camina hacia nosotros lentamente, sosteniendo una bandeja con los dos brazos. Temo por mi vida que se tropiece o se caiga, pero parece que lo tiene controlado.
Puedo oler desde aquí el caldo de verduras, la soja y la cebolleta fresca, haciendo que mi estómago vuelva a rugir y el ruido me saque los colores.
Keith suelta una pequeña risa nasal y ronca al escucharme, y aparta las cartas de la mesa para hacerle sitio al anciano. Kenzo deja los dos cuencos sobre la mesa con un cuidado y sonríe.
—Que os aproveche. Y si queréis más, podéis repetir sin problema, invita la casa.
Kenzo se retira a paso lento, dejándonos a solas con la comida.
—No te voy a decepcionar en esta, Hawthorne —dice Keith, partiendo los palillos.
—Sería la primera vez —respondo al instante, separando mis propios palillos.
Estoy a punto de partir los palillos de madera que hay sobre la mesa, cuando la voz de Keith me detiene.
—Espera —dice.
Lo miro extrañada, con las manos a medio camino. Keith rebusca en el interior de su chaqueta y saca algo: una especie de caja blanca, pequeña y alargada, y me la acerca por encima de la mesa.
—Toma.
La miro un segundo antes de agarrarla. Al hacerlo, nuestros dedos se rozan.
—¿Qué es? —pregunto.
No responde. Abro la caja y me encuentro con un juego de palillos blancos preciosos; en la parte superior tienen un detalle transparente en el que flotan pequeñas flores de sakura. Me quedo observándolos, fascinada.
—¿Son para mí? —le digo, alzando la vista.
—¿Para quién, si no?
—¿Por qué?
Keith aprieta un poco la mandíbula y me sostiene la mirada.
—No lo sé, Hawthorne, no lo sé. Pero si no los usas, se te van a enfriar los fideos.
No puedo evitar sonreír y aparto los otros palillos de madera a un lado de la mesa.
—Gracias —murmuro. Me ha costado decirlo, y he sentido una repentina vulnerabilidad.
Agarro los palillos nuevos y cojo una porción de fideos. Soplo suavemente para enfriarlos, pero en lugar de mirar el bol, clavo mis ojos en los suyos. Él me devuelve la mirada, fijamente, intensa en la mía. Ninguno de los dos la aparta ni se deja intimidar.
«Keith Kudo», pienso, sin romper el contacto visual en ningún momento. «Cada vez haces cosas que tienen menos sentido, pero yo ya he dejado de intentar entenderlas».
Me olvido de cualquier tipo de protocolo y sigo comiendo. El sabor es una explosión en mi boca... Dios mío, están buenísimos. Cierro los ojos un segundo, casi gimiendo de puro placer.
Trago y le miro, intentando mantener la compostura.
—No pienso darte la razón —le advierto, señalándole con la punta de los palillos—. Además, todo el mérito es de él, seguro que todos los platos que hace están igual de buenos.
—Sí, lo están —dice, removiendo un poco su caldo—. Pero este es mi favorito, así que tengo que adoctrinarte.
Esbozo una sonrisa.
—¿Como yo contigo y el matcha el otro día?
Keith suelta un suspiro y finge fastidio.
—No me lo recuerdes.
Pero, justo antes de bajar la vista hacia su cuenco para soplar los fideos, veo cómo la comisura de sus labios se curva hacia arriba; está sonriendo. Una sonrisa de verdad, pequeña y contenida, pero real.
El ambiente se relaja de una forma que jamás habría imaginado con él.
Nos ponemos a comer en un silencio que, por primera vez, no está cargado de tensión ni de veneno.
Y justo cuando tengo un fideo larguísimo colgándome a medias de la boca, la pantalla de mi móvil, apoyado sobre la mesa, se ilumina y empieza a vibrar como loco.
Me atraganto un poco, sorbo el fideo a toda prisa y lo cojo: es una videollamada de mi madre.
Levanto la vista y veo que Keith me está mirando fijamente, pero, sinceramente, nunca en la vida me ha dado más igual que un hombre me vea comer como una lima sorda. Ahora mismo, mi única prioridad en este universo es no manchar de soja este puto kimono de dos millones de yenes.
Me limpio los labios con una servilleta de papel y descuelgo. La cara de mi madre aparece en la pantalla, iluminada por la luz cálida de lo que parece ser el salón de nuestra casa en Seattle.
—¡Hola, cariño! —dice, con una sonrisa cansada.
—¡Hola, mamá! —respondo, alzando un poco la voz y cogiendo el móvil con una mano mientras con la otra me protejo el pecho por si acaso salta alguna gota—. ¡Estoy en Kioto, mira qué kimono llevo!
Subo y bajo el móvil, haciendo malabares para que pueda apreciar el escote cruzado, las flores blancas y el lazo amarillo, aunque estoy sentada y apenas tengo ángulo.
—¡Qué bonito, Dahlia! —dice, abriendo los ojos con sorpresa—. Es precioso. ¿De dónde lo has sacado?
Obviamente, no le voy a decir que me lo ha regalado mi mayor enemigo, la persona que me está amargando la existencia y que ahora mismo está sentado a medio metro de mí comiendo fideos.
—De mi primer sueldo en el bufete —miento con descaro, sonriendo a la cámara.
—Mentirosa.
La voz de Keith cruza la mesa como una flecha.
El corazón se me para en seco y se me hiela la sangre. Le miro con los ojos abiertos de par en par. ¿Cómo se le ocurre soltar eso en voz alta con mi madre delante? Será idiota.
A través de la pantalla, veo cómo mi madre frunce el ceño, acercando la oreja a la pantalla de su teléfono.
—¿He oído algo? ¿Estás con alguien, Dahlia?
El pánico me invade.
—¡No! ¡Qué va! Te lo habrás imaginado, es que estoy comiendo en un restaurante y hay más gente en las otras mesas, perdona por el ruido.
—Ah, sí, claro... me había parecido escuchar a un hombre —dice, no muy convencida.
—¡Qué guapa estás tú también! —cambio de tema—. ¿Qué tal ha ido el turno?
Mi madre suspira, dejándose caer contra el respaldo del sofá, y parece olvidar el “mentirosa” de este imbécil.
—Bien, cariño, por suerte tengo tres días de fiesta seguidos ahora porque he doblado turno.
—¡Qué mal! ¿Estás muy cansada? —le pregunto, con un poco de culpa por estar aquí, a miles de kilómetros, mientras ella se deja la espalda en el hospital.
—Un poco, sí, pero estoy bien, de verdad. ¿Dónde estás tú exactamente?
—Es un festival enorme, se llama Gion Matsuri.
—¿Eso es en Tokio?
—No, mamá, en Kioto, cogí el tren esta mañana —miento.
—Ah, qué maravilla... ¿Y estás sola por ahí?
Vuelvo a tragar saliva y siento la mirada de Keith clavada en mi nuca.
—No, qué va, estoy con mi amiga, Nina —respondo, soltando la mentira número mil desde el viernes.
Por el rabillo del ojo, capto el movimiento del fiscal, deteniendo sus palillos en el aire y apoyando el codo en la mesa, mientras arquea una ceja.
Me está mirando con incredulidad y pura diversión, disfrutando cómo le miento a mi madre con veintiséis años, diciéndole que estoy con una amiga, mientras que estoy como un hombre, como si todavía estuviera en el instituto.
—¿Puedo saludarla?
—Está en el baño, mamá… Escucha, hay poquísima cobertura aquí dentro, luego te llamo, ¿vale?
Acerco los labios a la cámara del móvil y le lanzo un beso, desesperada por cortar la llamada antes de que Keith decida abrir la bocaza y cargarse mi patética coartada.
—¡Te quiero, adiós!
—¡Pero, cariño, espe...!
La voz de mi madre se corta de cuajo cuando pulso el botón rojo de finalizar llamada.
Guardo el teléfono en el bolso a toda velocidad y oigo el borboteo del caldo en los fogones de Kenzo, que sigue cocinando.
—¿Quién es Nina?
Suelto una risa sarcástica, mirándole fijamente.
—Sí, claro.
—¿Qué?
—Que ya lo sabes. ¿Para qué quieres que te lo diga? —le suelto, poniéndome a la defensiva al instante.
—¿Por qué debería saber quién es?
—Porque te sabes hasta mi puto grupo sanguíneo, Kudo —digo, señalándole con el dedo por encima de los cuencos—. No te hagas el tonto conmigo.
Keith no pestañea y sigue mirándome, apoyando los palillos en la mesa.
—Tu grupo sanguíneo me lo sé; cero negativo —confirma—. Pero no tengo ni la más remota idea de quién es esa mujer, he estado muy ocupado últimamente.