Capítulo 25. #2
Recupero el aliento y le miro fijamente, incapaz de mantener la boca cerrada a pesar del pulso desbocado que me martillea en la garganta.
—¿Como a ti? —le vacilo.
—A mí nada me hace perder el juicio, Hawthorne.
Plano y cortante como el filo de una catana, Kudo.
—Casi nada —le corrijo, clavándole la mirada, retándole en silencio a que tenga los cojones de negar lo que pasó anoche en la puerta de mi habitación.
Keith me sostiene la mirada con una intensidad que me quema. Ni un solo músculo de su cara se mueve.
—Nada.
Suspiro, agotada de esta guerra constante y de este juego incesante que me está destrozando los nervios.
—¿Podemos ir a comer? —digo, frotándome el puente de la nariz.
Él asiente con la cabeza en silencio y entonces, sin previo aviso, saca la mano del bolsillo del pantalón, me coge del brazo por encima del kimono y tira de mí con fuerza.
Me aprieta contra su costado de un solo tirón y quedamos cuerpo con cuerpo, brazo con brazo.
Puedo sentir la dureza de sus costillas y el calor de su cuerpo a través de su ropa negra, que roza mi cadera.
—No te alejes, te harás daño —dice, mirando al frente.
Siento cómo se me vuelven a sonrojar las mejillas.
La fricción de nuestros cuerpos al caminar juntos, sincronizados a la fuerza, me está poniendo más nerviosa de lo que esperaba.
Mi brazo está literalmente pegado al suyo.
Podría soltarme, podría apartarlo y decirle que sé caminar sola, pero la pura y dura verdad es que no quiero.
Caminamos y nos abrimos paso entre la multitud; es asfixiante. La gente se aparta instintivamente ante la presencia imponente y oscura de Keith, dejándonos un camino invisible por el que avanzar.
Nos alejamos poco a poco del caos y giramos por un callejón estrecho, hasta que nos detenemos frente a una fachada de madera oscura y desgastada. Veo un farolillo de papel blanco colgando junto a la entrada de un restaurante diminuto llamado Tsukihi.
◆◆◆
Keith aparta las cortinas blancas de la puerta con la mano y entramos; yo voy detrás.
El restaurante es minúsculo y huele mucho a soja y especias. Todo, desde el suelo hasta el techo, está construido con madera, pero está desgastada, seguramente por el paso del tiempo. Y solo hay una única mesa en el centro.
Detrás de la pequeña barra, hay un hombre muy mayor, pero mayor de verdad, tan anciano que creo que roza el siglo de vida. Es diminuto, con la espalda encorvada y el rostro surcado con arrugas, pero con unos ojos que brillan, sorprendido al vernos entrar.
El anciano detiene sus manos temblorosas sobre la parrilla y esboza una sonrisa.
—Hola, hijo —le dice a Keith—. No pensaba que vendrías hoy.
El anciano nos recibe sin dejar de amasar una porción de fideos frescos sobre la tabla de madera del mostrador.
Me quedo un momento junto a la puerta, genuinamente sorprendida. El local es pequeño, sí, pero acogedor. Se nota que las paredes y las vigas tienen muchísimos años de historia a sus espaldas, pero todo parece cuidado y limpio, a pesar del paso del tiempo.
—Hola, buenos días —digo, inclinando la cabeza.
El anciano levanta la vista de la masa de noodles y me sonríe.
—Buenos días, señorita. ¿Con quién tengo el placer?
—Soy Dahlia Hawthorne, abogada —me presento—. Estoy viviendo aquí desde hace un tiempo, encantada de conocerle.
El anciano se limpia un poco la harina de las manos en el delantal y me mira de arriba abajo con curiosidad.
—Vaya, jovencita... ¿Así que tú también estás metida en todo este mundo de los policías y los juicios? Vaya, vaya... Keith.
Me sorprendo; es la primera vez desde que puse un pie en Japón que escucho a alguien llamar a este hombre por su nombre de pila con tanta naturalidad.
Para el resto del universo, desde los jueces hasta la policía, es el “fiscal Kudo”, el intocable.
Yo fui la única suicida que se atrevió a escupirle un "Keith" a la cara hará ya tiempo, y desde entonces no me he dado cuenta de que soy la única que le llama así.
Aunque… Él nunca me ha llamado por mi nombre.
—¿Es amiga tuya? —pregunta el anciano, mirándonos a los dos.
Miro a Keith de reojo, intentando que no se note demasiado mi expectación. El corazón me da un pequeño vuelco… Quiero saber qué va a decir. Necesito saber cómo me define delante de la única persona en este país que parece tratarle como a un ser humano normal.
Pero ni siquiera me mira, y se saca las manos de los bolsillos con parsimonia.
—Es una molestia.
«Será gilipollas». Le doy un codazo directo en las costillas, con todas mis fuerzas. Simplemente no puedo evitarlo.
El impacto suena contra su ropa, pero ni se inmuta, como si le hubiera golpeado un mosquito. Solo gira un milímetro la cabeza hacia mí, con esa media sonrisa arrogante asomando en la comisura de sus labios.
El anciano, lejos de escandalizarse por mi falta de modales o por ver a alguien agredir físicamente al fiscal más temido de Kioto, se echa a reír a carcajadas.
Entrelaza las manos detrás de su espalda, y aunque su postura sigue encorvada —seguramente por los estragos de la edad o alguna enfermedad en los huesos que le obliga a mirar casi hacia el suelo—, sus ojos no dejan de brillar en ningún momento.
Se le ve vitalmente lleno de energía, como si verme pegándole y la tensión entre nosotros fuera el mejor espectáculo que ha visto en años.
—¿Venís a comer, hijo? —le pregunta, limpiándose las manos en un trapo de algodón que le cuelga de la cintura.
—¿Estás ocupado? —le responde Keith. Su tono de voz sigue siendo grave, pero noto que ha perdido esa arista cortante y afilada que usa conmigo o en los tribunales. Parece relajado y tranquilo ante él. ¿Qué relación tendrán?
El anciano ríe y niega con la cabeza.
—Cuando me has llamado por teléfono, he cerrado la puerta para esperarte. Hacía muchísimo tiempo que no pasabas por aquí, muchacho. Me tienes completamente abandonado.
«Cuando me has llamado». Así que esto no ha sido una parada improvisada… Lo tenía planeado.
—He estado muy ocupado.
—Siempre estás ocupado, no cambiarás nunca —le recrimina con cariño, señalándole con el dedo índice.
Me quedo en silencio, observando la escena como si estuviera presenciando un milagro.
El anciano le habla a Keith como si se conocieran de toda la vida, con una confianza y un afecto que me descoloca.
Da la sensación de que, para él, el hombre que tengo al lado no es el fiscal jefe, ni el genio invicto, ni el monstruo que aterroriza a los abogados defensores del país.
Para este hombre, solo tiene delante a Keith Kudo, a secas.
Y darme cuenta de que existe alguien capaz de verle de esa manera, me hace sentir extraña.
El anciano se gira hacia mí, de repente.
—Jovencita, ¿has probado alguna vez los noodles udon?
—Sí, señor —respondo con educación, asintiendo—. Alguna vez.
—¿Aquí en el país? —insiste, arqueando sus cejas pobladas y canosas.
—Sí, vivo en Tokio, en la ciudad los he probado alguna vez.
La sonrisa del anciano desaparece de golpe y suelta un bufido, casi ofendido, agitando la mano en el aire como si estuviera espantando a una mosca muy molesta.
—En Tokio no saben hacer buenos fideos —dice, sacudiendo la cabeza con lástima—.
Allí todo son prisas y ruido. Te dan cualquier cosa hecha rápidamente, para que comas deprisa y dejes el asiento libre al que viene detrás.
Cuando Kioto era la capital, las cosas se hacían bien, con tiempo y con las manos…
Se apoya un momento en el mostrador y me mira con los ojos cansados.
—Ahora cuando vas a Tokio solo ves edificios modernos, turistas corriendo de un lado a otro sacándose fotos y negocios que solo quieren hacer dinero rápido… Se han olvidado de lo importante, jovencita, han vendido la tradición.
Se da la vuelta lentamente hacia los fogones traseros y empieza a murmurar por lo bajo sobre cómo en la capital ya nadie tiene la paciencia necesaria para hervir un caldo sabroso.
Aprovechando que el anciano no mira, Keith tira suavemente de una de las dos sillas que hay frente a la única mesa del local y me indica con un movimiento de barbilla que me siente.
Me dejo caer con cuidado en la silla, asegurándome de no arrugar el pliegue del obi en mi espalda, y Keith toma asiento justo enfrente de mí.
El anciano se acerca arrastrando un poco los pies, deteniéndose junto a nuestra mesa.
—En fin... Al menos vosotros sabéis apreciar lo bueno —dice, soltando un suspiro, mientras nos deja un par de cartas gastadas sobre la mesa.
—No las necesitamos, Kenzo —le interrumpe Keith, apartando los menús hacia el borde—. Pediremos dos de lo de siempre.
El anciano se queda quieto un momento y me mira.
—¿No quieres que la señorita pida lo que quiera?
Apoyo los antebrazos sobre la mesa y le clavo la mirada fijamente. «Exacto, Kenzo, díselo». Estoy a punto de abrir la boca para reivindicar mi derecho básico a elegir mi propia comida en un país libre y que deje de tomar decisiones por mí, pero ni siquiera me da la oportunidad de articular palabra.
—Comeremos lo mismo —responde, con esa jodida tranquilidad que me saca de mis casillas. Mantiene sus ojos verdes clavados en los míos durante un segundo, retándome a llevarle la contraria, antes de volver a dirigirse al anciano—. Tú no defraudas nunca.
Kenzo suelta una risita por lo bajo, asintiendo con la cabeza.
—De acuerdo, muchacho. Dos de lo de siempre marchando.
El anciano se da la vuelta y regresa a sus fogones, dejándonos completamente a solas en la mesa. El sonido del agua hirviendo y su mano cortando las verduras con un cuchillo afilado interrumpen el silencio.
Sigo mirándole fijamente.
—¿“Lo de siempre”? —le pregunto, enarcando una ceja, cruzándome de brazos—.
¿Así que el gran fiscal Kudo, el hombre que seguramente solo come en restaurantes de lujo y pide al servicio de habitaciones platos de trescientos mil yenes, tiene un “lo de siempre” en un local de dos metros cuadrados escondido en un callejón de Kioto?