Capítulo 25.
(隣にいてほしいという降伏 — La rendición de quererte a mi lado)
—¡No me lo puedo creer! —suelto al bajar del Porsche, plantando las sandalias en el asfalto.
Keith ha aparcado en un parking que tiene toda la pinta de ser privado y absurdamente exclusivo, a escasos metros de la calle principal.
No me voy a molestar en preguntarle si es suyo o si ha amenazado de muerte a alguien para que le deje meter el coche aquí.
Siendo totalmente sincera, me la pela bastante.
Ojalá cuando vuelva tenga las cuatro ruedas pinchadas y yo ya esté en mi asiento del tren bala echándome una siesta de vuelta a Tokio.
Corro hacia la salida del callejón, cerrando la puerta del coche tras de mí.
—Si te tropiezas con esos zori, que se ve a leguas que no sabes usar, no pienso recogerte del suelo —le escucho decir a mis espaldas.
Me detengo un segundo y le miro por encima del hombro.
—Ya me recogerá otro, no te preocupes.
Esta vez no hay ni una sola gota de sarcasmo en mi voz. Lo digo completamente en serio.
Me giro de nuevo y salgo a la calle; está completamente vacía.
Creo que estamos en una vía paralela a donde se celebra la fiesta principal, y la gente debe de estar tan aglomerada y entusiasmada en las avenidas grandes que se está olvidando de que hay vida más allá del festival.
«Una calle empedrada y tradicional tan bonita como esta está desierta, qué bien… », pienso.
Miro al cielo. Hace un día precioso, sin una sola nube.
Tengo unas ganas inmensas de pasármelo bien... Y de tenerle a él al lado.
Admitir la cruda realidad… Es lo que hay: le quiero tener cerca.
Todavía más cerca. No quiero que se aleje en ningún momento.
No puedo imaginarme caminando sola entre esa marea de gente desconocida, sintiéndome una intrusa en un país que me queda grande.
No quiero, por eso le he llamado a él y no a otra persona.
Y sea lo que sea que le haya hecho venir, sea cual sea su puto juego de hoy, no lo comprendo, ni lo quiero comprender.
Solo me importa el ahora, verle vestido de negro, caminando hacia mí mientras bloquea el coche con el pitido de las llaves...
Significa absolutamente todo para mí en este instante.
Pero eso es algo que él nunca, jamás sabrá.
—¿Te ha puesto el kimono la pecosa? —suelta de repente, mirándome de reojo.
—Sí —admito—. Yo no tenía ni idea. ¿Esperabas que la tuviera?
—No, pero sabía que te las apañarías. Eres torpe, pero no tanto.
Abro los ojos de par en par.
—¿Disculpa?
—Disculpada, querida.
Nos quedamos mirándonos en silencio durante un segundo eterno, hasta que el sonido lejano de la multitud y los tambores del festival nos alertan.
—Vamos —dice Keith, apartando la mirada y señalando con la barbilla hacia el final de la calle—, te llevaré a comer algo. Que te desmayes en medio de Gion no entra en mis planes de hoy, y si llamamos mucho la atención de la policía, no será bueno para ninguno de los dos.
—Tienes razón.
Me quedo quieta un momento. ¿Es la primera vez que le doy la razón desde que nos conocemos? Ya ni lo recuerdo.
Empiezo a caminar a su lado. No hay una distancia muy grande entre nosotros, la justa y necesaria como para sentir la radiación de su cuerpo y saber que está ahí, pero sin llegar a rozarnos.
La calle es bastante empinada y hay que bajarla con cuidado para llegar a nuestro destino.
La recorremos en un silencio sorprendentemente cómodo, sin la necesidad de lanzarnos puñales por una vez.
El sonido del suelo que estoy pisando con mis zori marca el compás de nuestro descenso.
Keith camina a mi izquierda, con ambas manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Lo miro de reojo… Está vestido de negro, como siempre, desde la camisa hasta los zapatos, bajo un sol de justicia en pleno verano japonés.
No sé cómo demonios no se muere de calor, no le he visto sudar ni una sola gota en todos los días que llevamos viéndonos; ni bajo el sol de Tenjuan, ni en la sala de interrogatorios, ni en los juzgados… ni aquí.
Debe estar hecho de otro material: hielo y granizo.
Le odio profundamente.
El silencio se rompe en pedazos en el instante exacto en el que desembocamos en la avenida principal del barrio de Gion.
Me quedo clavada en el suelo y veo a una marea humana e infinita de personas caminar de lado a lado. Hay muchísima, pero muchísima gente en la calle. El pulso se me acelera y una punzada de ansiedad me aprieta el estómago.
Hay niños corriendo entre las piernas de los adultos, ancianos caminando despacio con abanicos de papel, grupos de adolescentes riendo a carcajadas...
y cientos, literalmente cientos de mujeres vestidas con kimonos preciosos que envidio al instante, aunque, si soy sincera, ninguna lleva uno que pueda hacerle sombra al que llevo.
Como dijo él.
Las más pequeñas también llevan sus propios yukatas. Son tan tiernas y adorables que no puedo evitar sonreír al verlas. Llevan peinados y recogidos llenos de adornos florales que me recuerdan con nostalgia a los que me hacía mi madre cuando era pequeña en los días de fiesta.
Tienen el bajo de las telas rozado y sucio porque no paran quietas ni un segundo, corriendo de un lado a otro con pequeños abanicos, panderetas de plástico en las manos y varitas de juguete para hacer burbujas de jabón que flotan sobre nuestras cabezas.
Corren, ríen, comen algodón de azúcar y gritan cosas en japonés que no entiendo, pero Keith sí.
Estoy a punto de preguntarle de qué hablan, pero no lo hago.
Miro a mi alrededor, sintiendo que mis ojos no dan abasto para procesarlo todo.
En un rincón, un grupo de niños grita emocionado mientras intenta pescar peces de colores en una pequeña piscina de plástico.
En la acera de enfrente, el humo de decenas de puestos de comida callejera inunda el aire con olores que hacen que mis tripas vuelvan a rugir.
Veo a gente comiendo takoyakis en bandejitas de cartón, cuencos rebosantes de fideos y montañas de frutas recubiertas de caramelo crujiente.
También hay manzanas rojas caramelizadas, nubes de algodón de azúcar rosa y bandejas enteras de mochis de todos los sabores imaginables.
Y la música... Dios, la música es de otro mundo.
Observo unas zonas de la avenida reservadas exclusivamente a la música en directo.
Hay un chico que está tocando el shamisen, junto a una mujer que tiene un arpa, la melodía de un violín a lo lejos y, en algún lugar entre la multitud, los acordes de un piano que alguien ha sacado a la calle.
Estoy totalmente sobre estimulada. Los colores, los olores, la música, el calor humano... Es un caos sensorial tan brutal y distinto a la soledad de mi apartamento en Tokio por la noche o al silencio sepulcral de la corte.
Siento que me mareo un poco por el agobio, y doy un paso atrás por instinto, chocando mi hombro contra el brazo de Keith, que se ha detenido justo a mi lado.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta, bajando un poco la cabeza para verme. Recordemos que mi metro cincuenta y siete al lado de su metro noventa y cuatro es digno de un nuevo caso en la corte.
—Yo... Nunca había visto algo así —admito, sin poder apartar los ojos de los farolillos y la marea de gente—. Y la verdad es que todavía no había venido a ningún festival desde que llegué a Japón.
De repente, un adolescente pasa corriendo a toda velocidad a mi lado, riendo a carcajadas mientras persigue a un amigo. No me ve a tiempo y su hombro choca violentamente contra el mío.
El impacto me desequilibra y la cuña de madera resbala contra el suelo y mi tobillo cede. Cierro los ojos, preparándome para el golpe contra el suelo, el dolor y la humillación absoluta de destrozar un kimono de dos millones de yenes frente a medio Kioto.
Pero el impacto nunca llega.
Antes de que pueda siquiera soltar un grito, un brazo fuerte como una puta barra de acero me rodea la cintura. Keith me atrapa en el aire con una sola mano, tirando de mí hacia su cuerpo con mucha fuerza. Para frenar la caída, mis dos manos se apoyan por puro instinto directamente sobre su abdomen.
Bajo la fina tela de su camisa negra, sus músculos están duros como una roca. El calor que irradia su cuerpo me quema las palmas de las manos a través de la ropa… Huele a menta y a tabaco.
Me quedo congelada, pegada a él, con el corazón latiéndome a mil por hora.
—Te he dicho que te caerías y no te iba a coger —murmura Keith. Su voz suena baja, ronca y vibra justo encima de mi cabeza. El agarre de mi cintura, lejos de soltarme, se aprieta—. ¿Por qué siempre me haces hacer cosas así?
Reacciono como si hubiera puesto las manos sobre una placa de metal ardiendo. Le aparto con fuerza, empujando mi peso contra su abdomen para alejarme de él y recuperar el equilibrio a duras penas sobre las estúpidas sandalias.
—Lo siento —digo.
Giro la cara bruscamente hacia los puestos de comida, negándome a mirarle a la cara. Siento cómo mis mejillas arden con una intensidad que no tiene absolutamente nada que ver con el calor del mediodía.
«Mierda… Estoy demasiado nerviosa. Me tiembla el pulso y me duele el estómago de la ansiedad. ¿Por qué parece exactamente como si estuviéramos teniendo una jodida cita?».
Y no es una cita.
Me lo repito mentalmente, apretando la mandíbula hasta que me duelen los dientes.
No lo es, simplemente... me está acompañando.
Es una tregua dentro de este barco en el que estamos montados, en medio de la peor de las tormentas.
Aunque estemos aquí y no lo parezcamos, somos el fiscal y la abogada del caso más mediático de Kioto.
Solo ha accedido a venir para asegurarse de que su presa no se fracture la cabeza antes de poder destrozarla él mismo en el estrado. No es una cita.
—Ten cuidado —me advierte Keith, recuperando su postura, aunque su voz suena peligrosamente cerca de mi oído—. La gente no mira por dónde pasa, y aunque en este país la norma es ser muy prudente… En los festivales, a la multitud se le suele nublar el juicio.