El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 24. #8
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Capítulo 24. #8

—¿Vas a contestarme a algo de lo que te diga hoy o vas a seguir ignorándome?

Keith exhala el último rastro de humo, apoya el brazo en el volante y, finalmente, su voz grave rompe la tensión.

—Estoy evaluando tu nivel de hipocresía, Hawthorne —murmura, sin apartar la vista del tráfico de Kioto—.

Anoche me cerraste la puerta en las narices, esta mañana me llamas suplicando que venga a buscarte y ahora me preguntas si tengo ganas de besarte.

Eres un caso de estudio psiquiátrico fascinante.

—¿Tienes algún problema conmigo?

—Tengo muchos problemas que se relacionan indirectamente contigo.

—Sabes que no estabas obligado a contestarme el teléfono esta mañana, ¿verdad?

—Tú tampoco estabas obligada a pedirme que fuera contigo al festival, o a vestirte así.

—Me has amenazado con matar a Fukuda si no me ponía el kimono.

Keith frena con suavidad en un paso de cebra. Esta vez sí gira la cabeza hacia mí. Sus ojos verdes chocan con los míos.

—Tienes razón, querida, tenía muchas ganas.

—¿De qué?

—De matarlo, está claro.

Lo miro fijamente y arco una ceja.

—Estás babeando por dentro.

—No eres la primera mujer que veo vestida en kimono, Hawthorne.

El corazón se me para porque me ha dolido escuchar eso, pero alzo la barbilla, para que mi cuerpo no le muestre ni un ápice de decepción.

—Pero no son tú.

No son tú.

Keith no aparta la vista de la carretera, pero noto cómo los nudillos de la mano que sujeta el volante se tensan durante una fracción de segundo.

Una sonrisa levísima, casi imperceptible, afila la comisura de sus labios.

Le da una última calada al cigarro y lanza la colilla por la ventanilla, dejando que el viento se la lleve antes de subir el cristal.

—Por cierto —suelta de repente—. ¿Qué tal tu nueva amiga?

—¿Qué amiga?

Keith suelta una risa que le vibra en el pecho, sin apartar los ojos del frente.

—La del pelo rojo que estaba metida de lleno dentro del arbusto de la entrada, creyendo que era completamente invisible mientras nos espiaba.

Mierda. Cierro los ojos un segundo, sintiendo que me arden las mejillas de pura mortificación. Por supuesto que la había visto, es el puto Keith Kudo. Su trabajo es observar los detalles que nadie más ve, y nada se le escapa, ni siquiera una recepcionista de veinte años camuflada entre las hojas.

—Tiene nombre. Se llama Melanie. Y solo se estaba asegurando de que no me secuestrabas para enterrarme en alguna cuneta a las afueras de Kioto.

—Si quisiera secuestrarte y deshacerme de tu cuerpo, Hawthorne, te aseguro que un seto ornamental y una niña pecosa no me detendrían —dice, girando el volante con una sola mano—. Pero me alegra saber que el personal del Kyoto Stars tiene aficiones tan peculiares en horario laboral.

—Tu arrogancia es casi tan fascinante como este kimono, Kudo.

Me acomodo en el asiento, sintiendo el roce de la seda azul bajo mis muslos. El aire acondicionado del coche empieza a enfriar el sudor frío que me ha dejado el encuentro con Oshida.

Lo miro de perfil.

Esa mandíbula tensa se cree que lleva tres pasos de ventaja. Se cree que domina el tablero solo porque yo estoy sentada en el asiento de su copiloto, vestida con su dinero, y porque acaba de cazar a mi única aliada en esta ciudad.

Pero Melanie Watson me ha regalado un as en la manga, y me quema demasiado en los dedos como para no jugarlo ahora mismo.

—Sé lo de la asignación del caso.

Keith ni se inmuta. Solo sigue conduciendo hacia una avenida más amplia, donde los primeros farolillos de papel rojo del festival ya empiezan a verse colgados entre los edificios, anunciando que nos acercamos al centro.

—¿De qué hablas?

Me saca de quicio.

—De que rechazaste el caso del templo Katsura, Keith. Dijiste que era un caso mediocre para ti, una pérdida de tiempo, y que enviaran a cualquier otro a resolverlo.

Sus ojos verdes están fijos en el parabrisas, oscurecidos por una sombra que no sé descifrar.

—Las paredes de ese hotel son de papel, por lo que veo —responde, sin molestarse siquiera en negarlo.

Mi corazón empieza a bombear con más fuerza.

—¿Por qué? Contéstame. Es una orden —aprieto los puños, clavándome las uñas en las palmas—. Quiero que me digas por qué al final… Por qué…

Bajo la cabeza hacia mi regazo, no puedo terminar la frase; me tiembla la voz.

—Ya hemos llegado.

Keith reduce la marcha y el coche se detiene por completo en un semáforo atestado de peatones. El tráfico empieza a espesarse a medida que nos acercamos al distrito de Gion. La gente abarrota las aceras, vestida con yukatas de colores vibrantes, creando un mar de gente a nuestro alrededor.

No me ha mirado desde que le he preguntado por qué.

Mira al frente y pisa el acelerador; empiezo a escuchar el ruido de los tambores y el murmullo de las miles de personas que tenemos detrás de los cristales.

Me quedo en silencio, con los labios entreabiertos, el pulso latiéndome desbocado en la garganta y la certeza absoluta de que su silencio ante mi pregunta acaba de ganar otro asalto, dejándome completamente arrinconada.

¿Por qué quisiste el caso, al final?