El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 24. #7
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Capítulo 24. #7

—Sí, cielo, claro que sí —le contesto, irónica—. Me ha dado tiempo de darme un baño de espuma, verme una película entera, pedirme un desayuno de tenedor al servicio de habitaciones, volver a tomar otro baño, regresar a comer para no desmayarme y ponerme este kimono yo sola. ¿Qué te parece?

Keith suelta una pequeña risa nasal, seca y sin rastro de humor.

—Me sobraría el noventa y cinco por ciento del tiempo que has invertido en todo eso.

—Lo noto.

Sonrío, genuinamente satisfecha, porque la primera vacilada del día me la he llevado yo. He conseguido que admita implícitamente que no ha hecho nada más que esperarme en el coche.

Keith frena suavemente al llegar a un cruce y apoya el brazo en la ventanilla bajada.

—¿Te parece bien si te mato de hambre durante todo el día por ese comentario?

—Conseguiría una navaja lo suficientemente afilada como para cortarte un muslo y comérmelo crudo, así que no juegues con fuego, Kudo, que te vas a quemar —le advierto, mirándole con desafío.

Inclina la cabeza hacia mí y sus ojos verdes me miran con superioridad.

—No podrías pagar mi carne, Hawthorne.

—No podrías pagar mi carne, Hawthorne —repito, imitando su voz con un tono ridículo y agudo de niña pequeña.

La comisura de sus labios tiembla, amenazando con curvarse en una sonrisa real.

—Se te acaba el tiempo para replicar, fisc—.

—Y a ti se te está a punto de acabar la carrera —me corta—. Agáchate.

—¿Qué... Cóm...?

Pero no termino la frase. Giro la cabeza hacia la izquierda y el corazón se me para en seco.

El coche patrulla de investigación criminal de la policía de Kioto acaba de detenerse justo a nuestro lado en el semáforo.

Y en el asiento del conductor, con las manos al volante y la mirada clavada al frente, está el putísimo inspector Oshida.

—No, no, no, no… —digo, sin saber qué hacer.

El pánico me invade como un cubo de agua helada. Si Oshida gira la cabeza medio centímetro hacia la derecha y me ve sentada en el asiento del copiloto del Porsche de Keith Kudo, mi carrera, mi credibilidad y el caso de Yuko se van a la más absoluta y estricta mierda.

Me desabrocho el cinturón de seguridad a toda leche y me meto como puedo en el pequeñísimo y estrecho espacio que tengo para poner los pies bajo la guantera. El kimono se me arruga un poco mientras intento hacerme un ovillo y me clavo las rodillas en el pecho.

—Keith, ¿tienes algún tipo de retraso mental? —le digo entre dientes, apretada contra la alfombrilla del coche, sintiendo que me falta el aire.

Él no se inmuta. Escucho el sonido de su encendedor de plata.

—¿Tenía que saber que íbamos todos en la misma dirección, Hawthorne?

Está sonriendo mientras se enciende otro puto cigarro.

—¡No es momento de fumar, gilipollas! —le grito desde el suelo, tosiendo ligeramente al tragarme el humo que empieza a llenar el coche.

—Cualquier momento es bueno para fumar, bala de plata —responde con parsimonia, dándole una calada larga—. Y no te levantes todavía, siguen ahí.

—Este puto coche de mierda es demasiado pequeño —me quejo, intentando recolocarme sin destrozar el peinado que me ha hecho Melanie—. Me estoy haciendo daño en la espalda.

Un gemido de dolor se me escapa de los labios cuando un calambre me atraviesa el muslo por la postura antinatural que tengo. Me cago en la puta.

—Muy temprano para gemir, Hawthorne.

Cierro los ojos, contando hasta tres para no levantarme y estrangularle.

—Cuando salga del coche, voy a ir en la puta dirección contraria a la que vayas, y pienso evitarte con todas mis fuerzas todo lo que me queda de vida —le amenazo desde el suelo, frotándome la espalda.

—Interesante, pero ineficaz —replica él, y escucho cómo el motor vuelve a rugir y avanzamos—. Ya se han ido. Han girado a la derecha, y nosotros vamos recto.

Suelto el aire retenido y me agarro al borde del asiento para subir de nuevo. Me incorporo a duras penas, sintiéndome estúpida y con las mejillas ardiendo. Me dejo caer y me paso las manos por la tela del kimono, alisando los pliegues con desesperación.

Miro por el retrovisor y compruebo el moño. Por suerte, no me he despeinado ni un solo mechón; todo gracias a Watson.

Me giro hacia Keith, que sigue conduciendo con una mano, fumando tranquilamente y mirándome de reojo.

Suspiro, recostando la cabeza contra el asiento, y giro la mirada hacia él.

Está conduciendo con una sola mano aferrada al volante, mientras la otra reposa exasperante sobre el borde de la ventanilla bajada.

Mira a la carretera con una expresión neutral, como si no hubiera pasado nada.

Como si hace apenas unas horas no se hubiera plantado delante de mí en el pasillo de un hotel, oliendo a sake de doscientos mil yenes, para decirme que quería besarme.

Como si esta misma mañana no me hubiera enviado un puto ramo de flores a mi nombre y no llevara puesto, por orden suya, uno de los kimonos más caros y exclusivos de todo Japón.

Él sigue ahí, dueño de su puñetero y manchado mundo, dejándome a mí con todo el caos ardiéndome en las entrañas.

La frustración me quema la garganta y, antes de que mi cerebro pueda encender la luz de emergencia y filtrar la estupidez que estoy a punto de soltar, abro la boca.

—¿Hoy no tienes ganas de besarme?

Y me suda los cojones. Sinceramente, me importa una absoluta y estricta mierda sonar desesperado o arrogante. Quiero verle reaccionar. Necesito que esa puta armadura se agriete, aunque sea un milímetro.

Pero no responde.

Ni un solo músculo de su mandíbula perfecta se tensa. No hay sorpresa en su mirada. Solo le da otra calada al cigarro, despacio, y suelta el humo contra el viento que entra por la ventanilla, ignorando mi provocación.

Me hierve la sangre y el silencio se alarga.