El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 24. #6
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Capítulo 24. #6

Por mi parte, camino hacia los ascensores con el corazón latiéndome en la garganta. ¡Perfecto, otro mini ataque de ansiedad! Pulso el botón de bajada y me quedo mirando los números iluminados descender.

«Mizu… Significa “agua” en japonés».

Miro al techo e intento dibujar la palabra al aire con mis dedos, pero no recuerdo cuál era el kanji…

Las puertas metálicas se cierran y el ascensor empieza a descender, aislándome del resto del mundo.

Mi corazón late a mil por hora. «Capullo», pienso, apretando los puños de las mangas.

«No tengo dieciséis años… No tengo dieciséis años», me repito, intentando controlar la respiración y la ansiedad que me come a bocados por dentro.

Soy una abogada adulta, profesional, a punto de enfrentarme a mi rival en la corte, no una adolescente yendo a su primer baile del instituto.

«¿Cómo sería Keith en el instituto? ¿Estudió aquí en Japón?».

Cierro los ojos un segundo, pero justo antes de abrirlos, el pitido de la planta cero suena y se abren las puertas de par en par.

Doy un paso al frente y escaneo el vestíbulo, porque… no sé dónde está. Mis ojos saltan por encima de los sofás de cuero y el trasiego de maletas, buscando instintivamente la oscuridad que siempre le acompaña.

Pero no está.

Frunzo el ceño y me detengo un segundo. Si no está en el vestíbulo, tiene que estar fuera, eso está clarísimo. ¿Es cierto que al señor oscuro no le gusta mezclarse con la gente corriente a menos que sea estrictamente necesario?

«Nina, ojalá estuvieras aquí».

◆◆◆

Camino hacia la salida y escucho el repiqueteo de mis nuevas sandalias contra el suelo recién lavado.

Al pasar por el mostrador, veo al chico de recepción con el que hablé por teléfono para lo de mi equipaje.

Levanta la mano y se despide con una sonrisa; un poco tímido.

Le devuelvo el gesto con un leve asentimiento de cabeza y una sonrisa, agradeciéndole la estancia sin necesidad de detenerme: no tengo tiempo.

Cruzo las puertas giratorias de cristal y, al instante, me encuentro con el calor y el ruido vibrante de la mañana de Kioto.

Me quedo quieta frente a la escalinata del hotel, entornando los ojos por la luz del sol, buscando su figura entre la multitud que ya abarrota las aceras. Y entonces, de repente, escucho un crujido a mi derecha.

Giro la cabeza y veo un enorme arbusto que flanquea la entrada principal y se está moviendo de forma sospechosa.

«No puede ser...», pienso. «Dime que no se ha metido ahí dentro».

Pero mis sospechas se confirman un segundo después, cuando, entre las hojas verdes, capto el destello inconfundible de un mechón rojo brillante asomando con disimulo.

Melanie.

La futura heredera de este hotel y la fan incondicional del fiscal se acaba de meter literalmente dentro de un maldito arbusto para espiar en primera fila el encuentro con su amor platónico.

Una sonrisa genuina se me escapa de los labios. Levanto la mirada hacia el cielo azul despejado de la ciudad y niego con la cabeza. Esta chica me recuerda tantísimo a alguien... Es como estar viendo una versión seis años más joven de mi propia mejor amiga.

Pongo la mano en el fuego a que Nina debe estar estornudando ahora mismo mientras bate seis kilos de mantequilla porque alguien le está robando el puesto de espectadora número uno de este desastre que es mi vida.

Vuelvo a bajar la mirada hacia la calle, y entonces, mis ojos chocan de frente con él.

Ahí está.

Apoyado en la puerta del copiloto del Porsche.

Tiene el coche aparcado literalmente en la puta puerta del hotel, en la mismísima carretera, obstaculizando el paso, y nadie le dice absolutamente nada.

Lo ha plantado ahí, con toda su polla, ha salido tranquilamente, se ha encendido un cigarro y está fumando apoyado en la chapa porque sabe perfectamente que es el dueño de esta ciudad.

Y del país entero, si me apuras. Sabe que, si pasa una patrulla de policía, no se van a detener a decirle: «Señor, está prohibido dejar el coche aquí, retírelo, por favor».

No. La policía va a parar para lamerle los neumáticos y se van a ir corriendo a comprarle otra caja de tabaco al supermercado de al lado sin que él siquiera tenga que abrir la boca para pedírselo.

«Qué asco me das», pienso.

Pero como yo también soy profundamente estúpida, camino hacia él.

Me está mirando fijamente desde que he puesto un pie en la acera, pero no dice nada. Solo inhala el humo y exhala el aire despacio, dejando que la nube gris se disipe entre nosotros mientras me acerco. Me detengo justo frente a él y me cruzo de brazos.

—¿Y bien? —le suelto.

Tengo el ceño ligeramente fruncido porque hace un sol de justicia, aunque, siendo honesta, también puede ser por el simple hecho de tener su horrible y perfecta cara frente a mí, analizándome.

Keith no dice nada y vuelve a darle una calada al cigarro en completo silencio, mirándome de arriba abajo.

Sus ojos verdes hacen un escáner lento, descarado y calculadísimo de mi cara y mi cuerpo.

Recorre el moño que me ha hecho Melanie, los mechones rizados, el escote cruzado del kimono, el obi amarillo, las flores blancas sobre el azul...

y llega hasta las sandalias de mis pies.

Cuando termina su escrutinio, aparta el cigarro de sus labios, lo tira al asfalto, lo aplasta con la punta de su bota de cuero negro y suelta una sola palabra:

—Sube.

Se aparta de mi puerta y rodea el morro del deportivo para ir hacia la suya.

Me quedo con la boca medio abierta.

—¿Y ya está? —digo al aire.

Me giro indignada hacia el arbusto y veo a Melanie todavía escondida entre las hojas. Por la cara que tiene, creo que se está replanteando su vida entera y la viabilidad de su amor platónico; qué lástima, se le acaba de caer un mito. Ya tiene cotilleo para...

«Espera, mierda».

El hotel está infestado de policías.

Arranco a correr de puntillas hacia el arbusto, alejándome del coche de Keith mientras ella sigue agazapada entre las hojas.

—¡No salgas, espera! —le susurro, agachándole la cabeza con la mano, con cuidado de no despeinarla.

Me pego a las ramas y miro a ambos lados de la calle.

—Melanie, escúchame bien: no puedes decirle a nadie que me voy con Keith al festival.

Soy una estúpida, soy yo la que le he pedido que venga, soy yo la que lo he llamado…

¡Ogh! —gimo—. Todo es culpa mía, es cierto, y no sé qué pretende con todo esto, el kimono, las flores, la carta…

pero me da igual, yo solo quiero intentar disfrutar del día y no puedo permitir bajo ningún concepto que todo este hotel repleto de policías nos vea juntos. Sería mi ruina. Te necesito…

Melanie asiente. Sus ojos han cambiado.

—No te preocupes, soy una tumba —me susurra de vuelta—.

Y, por si te interesa, con ese kimono y ese peinado estás irreconocible.

En el buen sentido, claro… Así que dudo mucho que, si alguien de la policía te ha visto salir, te asocie con la abogada Hawthorne.

Habría que acercarse muchísimo a ti para darse cuenta. Espero que eso te reconforte.

Suelto un suspiro de alivio que me quita un peso de tonelada y media de encima.

—Gracias, Mel.

—Por mi parte, puedes confiar ciegamente en mí, pero... —Melanie estira un poco el cuello, intentando ver el Porsche negro a través de las ramas con el ceño fruncido—. ¿Qué te ha dicho? No veo ni oigo nada desde aquí…

—No me ha dicho absolutamente nada —digo, todavía indignada por el desplante—. Me ha mirado de arriba abajo, me ha dicho «sube», ha apagado su puto cigarro con el pie y se ha metido en la puerta del conductor.

—¿Qué? ¿Por qué? —exclama susurrando, sonando profundamente decepcionada. Supongo que esperaba una declaración de amor peliculera o que me besara contra el capó.

—Porque él es así, cariño. Y te prometo que lo prefiero. Si llega a abrir la boca para soltar uno de sus comentarios de mierda, le estampo la sandalia en la cara —le digo, mirándola con ternura—. ¡Vamos, entra en el hotel antes de que alguien te descubra!

—¿Cuándo te volveré a ver? —pregunta, mirándome.

—Volveré pronto, seguro. Tienes mi teléfono en la ficha del check-in, escríbeme si quieres, de verdad. No te preocupes, estaré para ti si me necesitas.

Los ojos se le iluminan de golpe, como si le hubiera regalado la luna.

—¡Qué guay! ¡Soy amiga de Dahlia Hawthorne!

Sonrío, soltando las ramas para que pueda escabullirse hacia la puerta de servicio.

—Y yo soy amiga de Watson. Qué guay, ¿no?

—Súper guay —susurra, devolviéndome la sonrisa.

Nos despedimos con un gesto fugaz y me giro sobre mis talones, respiro hondo para llenar mis pulmones de valor y camino de vuelta hacia el maldito coche que me está esperando.

Abro la puerta del copiloto, me dejo caer en el asiento de cuero negro con cuidado de no joderme el outfit, y cierro de un portazo que hace temblar los cristales tintados de todo el vehículo.

17 de julio, Porsche de Keith

—Oh, disculpa. ¿He cerrado muy fuerte la puerta de este humilde tractor de 150 yenes?

Keith ni siquiera me mira. Mantiene la vista al frente, con una mano apoyada indolentemente en el volante y la otra descansando sobre el muslo.

—Necesitarías a cuarenta abogadas con tu misma fuerza para cerrar esta puerta y hacerle un mínimo rasguño a la chapa, Hawthorne.

Ruedo los ojos con tanta fuerza que casi me duele la cabeza.

—Buenos días a ti también —suelto, cruzándome de brazos.

—Buenos días, bala de plata.

Justo en ese momento, mis tripas deciden rugir con la fuerza de un terremoto de escala Richter. El sonido rompe el silencioso habitáculo del Porsche y Keith arquea una ceja milimétricamente, girando la llave del contacto. El motor ruge y lo siento vibrar en la planta de mis pies.

Acelera y nos alejamos del hotel, incorporándonos al tráfico de la ciudad.

—¿No has comido nada? —pregunta, mirándome de reojo cuando cambia de marcha.