El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 24. #5
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Capítulo 24. #5

No es verdad, Melanie. Él lo hizo por volver a enfrentarse a Hiroshi Takumi, porque... Aquel día en este mismo hotel, cuando le dije que era la abogada, él…, él…

«Solo tengo problemas con las mentirosas. El abogado de este caso es Hiroshi Takumi.».

Keith... No lo sabías, ¿verdad? No sabías que yo…

La sangre me ruge en los oídos y mi mente empieza a rebobinar el pasado a una velocidad vertiginosa.

Nuestro primer encuentro en las escaleras del templo, la forma en la que me miró desde arriba con el cigarro en los labios, el puto pasillo de este mismo hotel donde se presentó formalmente…

¿Ha sido una coincidencia del infierno? Pensaba que el destino me había castigado poniéndome al peor enemigo posible en mi primer gran caso en Japón.

Pero… ¿Y si no fue el destino?

¿Y si fue él?

Pero, me dijo…

¿Vio mi nombre? ¿Vio a la abogada extranjera e inexperta en el sistema japonés que acababa de llegar al bufete de Takumi y decidió ir a por mí?

¿Pensó que era imposible que acabara siendo un daño colateral en su ambición por meter a Yuko en la cárcel y aceptó por morbo?

¿Para hacer perder a otro miembro más del bufete Mei no se ve despeinado ni desaliñado.

Coge la plancha con decisión y, con un giro de muñeca, me deja dos mechones rubios sueltos a ambos lados de la cara. Los riza suavemente, justo para que caigan de forma muy sutil y enmarquen mis facciones sin estorbarme la vista.

—Listo —dice Melanie, apagando la plancha y dándome un golpecito suave en el hombro—. Date la vuelta y mírate bien.

Me levanto de la silla con cuidado y me giro hacia el espejo.

El impacto de mi propio reflejo me deja sin palabras por segunda vez esta mañana.

No soy yo. O al menos, no soy la Dahlia Hawthorne que corre por los pasillos de los juzgados de Seattle con americanas negras y zapatos de tacón incómodos, ni la abogada que se pelea con el insomnio en su apartamento de Tokio.

La mujer que me devuelve la mirada parece sacada de otra época.

El maquillaje que me he puesto esta mañana, los mechones ondulados cayendo sobre mis mejillas, el moño bajo y ese océano de seda azul claro salpicado de flores blancas y bordes verdes... Es abrumador.

—Estás... —Melanie se queda parada a mi lado, mirándome por el espejo con una sonrisa que le ilumina las pecas—. Estás espectacular, Dahlia. Pareces una princesa guerrera.

Una risa nerviosa se me escapa de los labios mientras me paso las manos por la tela del lazo amarillo, alisándolo inconscientemente.

—Princesa guerrera... —Repito, sintiendo que la definición encaja a la perfección con la batalla que estoy a punto de librar—. Supongo que es exactamente lo que necesito ser hoy, si no quiero derrumbarme por completo.

Me giro hacia ella y la abrazo con fuerza, importándome muy poco arrugar el kimono.

Es un abrazo genuino, cargado de alivio y gratitud, porque le estoy tan agradecida a esta pequeña mujer: me ha salvado la mañana.

Melanie me devuelve el abrazo, un poco sorprendida al principio por mi efusividad, pero me achucha y da saltitos.

—De verdad, Watson, no sé qué habría hecho sin ti —le digo, separándome y cogiéndola de los hombros—. Te debo una muy, muy grande.

—¡Espera, falta el toque final!

Melanie camina hacia la bolsa que había traído antes y saca un pequeño estuche: dentro hay una especie de clips en forma de perlas. Se sube de pie a la silla donde estaba sentada como si fuera una niña pequeña, y me las coloca en el pelo, una detrás de otra.

—¡Ahora sí, estás preciosa! Y por supuesto que no me debes nada —me asegura, guiñándome un ojo—. Solo prométeme que cuando bajes y lo veas, me vas a dejar esconderme para ver su reacción. ¡Porfa! Se va a quedar sin respiración cuando te vea salir.

—Mmm… ¿Me lo pienso?

—Porfa… —Me hace un puchero.

—Está bien, pero que nadie te descubra, ¿eh?

—Soy la mejor jugando al escondite, te lo prometo. De pequeña siempre lo hacía, me conozco este hotel como la palma de mi mano.

El pulso se me acelera cuando veo el reloj marcando que el tiempo se ha agotado. La media hora que me dio el cabrón arrogante al teléfono ha volado.

Cojo el móvil y lo desbloqueo, pero no veo ningún mensaje, aunque algo me dice que ya está abajo y que, como me retrase un poco más... Subirá.

Y tanto que lo hará.

Justo cuando estoy a punto de coger el bolso y abrir la puerta, dispuesta a enfrentarme al monstruo que me espera abajo, Melanie me detiene.

—¡Espera, espera! ¡No pensarás salir así! —dice, agachándose a rebuscar en el fondo de esa enorme bolsa de tela roja que ha traído consigo de nuevo.

—Mel, has hecho suficiente, no hace falta que…

Saca un par de calcetines blancos con el dedo gordo separado y unas sandalias tradicionales japonesas, de esas con una pequeña cuña de madera y tiras de tela mullida. Me las tiende dando saltitos de nuevo, emocionada.

—¡Son unos zori, con sus calcetines tabi! —me explica, al ver mi cara de confusión absoluta—. Son comodísimas, te lo prometo, aunque a simple vista no lo parezcan.

Cojo una de las sandalias y la examino con curiosidad.

—Jamás en mi vida había visto unas de estas en persona —admito, dándole la vuelta—. Solo en las series y en las películas. ¿Seguro que sabré caminar con esto?

—Claro que sí. ¿Qué pie calzas? —me pregunta, mirándome los pies descalzos sobre la moqueta.

—Un treinta y siete —respondo.

Los ojos avellana de Melanie se iluminan.

—¡Como yo! ¡Perfecto, podrás usarlas sin problema!

Dudo un segundo y me giro hacia la bolsa de mis compras de ayer, sacando las sandalias blancas de plataforma que encontré rebajadas y de las que estaba convencida de que me salvarían la vida hoy. Se las enseño, y arqueo una ceja.

—Me compré estas ayer por la tarde, pensando en ponérmelas hoy para el festival...

Melanie las mira, tuerce un poco el gesto y niega con la cabeza, rotunda.

—Son muy bonitas, de verdad. Pero escúchame: no puedes llevar el kimono más importante del mundo y no tener el look completo. Sería pecar, literalmente.

Como vuelva a escuchar la palabra “pecar” de nuevo hoy, me tiro por la ventana.

—Está bien, Watson, tú ganas. No pienso “pecar” hoy, al menos no con el vestuario —bromeo.

Dejo las sandalias blancas a un lado y la abrazo con fuerza, sintiendo de nuevo esa inmensa gratitud por haberla encontrado en mi camino esta mañana.

Me siento en el borde de la cama y me pongo los calcetines blancos.

Para mi sorpresa, Melanie tenía toda la razón: me encajan como un guante y son bastante cómodas.

Me levanto, doy un par de pasos por la habitación para acostumbrarme al sonido que hacen contra el suelo, y me repaso un poco el maquillaje. Un toque de brillo de labios en los labios, un poco más de máscara de pestañas, y listo.

—Oye, Melanie… Antes de que subieras, he hablado por teléfono con un compañero tuyo de recepción y le he pedido que gestione el traslado de mi equipaje a las taquillas de la estación.

Melanie parpadea, y su sonrisa se apaga de golpe. Se le llenan los ojos de tristeza y me encoge un poco el corazón.

—Pero... ¿Entonces no te vas a quedar más tiempo en Kioto? ¿Te vas hoy?

Suspiro, colgándome el bolso del brazo.

—No puedo, ojalá pudiera… Pero esta noche vuelvo a Tokio. Mañana tengo que volver al trabajo, al bufete, y la verdad es que hace días que no piso mi propia casa —la miro con ternura—. Necesito dormir en mi cama y centrarme en el caso.

Melanie baja la mirada al suelo y juega nerviosa con las llaves de recepción que lleva en el bolsillo del delantal.

—Vaya... Bueno, entiendo. Es que me ha gustado mucho conocerte y ayudarte.

Me acerco a ella y levanto la mano para darle una suave palmadita en la cabeza; el gesto me sale de forma totalmente instintiva. Es tan mona.

—A mí también me ha encantado conocerte, Melanie. Y te prometo que estoy deseando volver a verte, así que espero de corazón que seas tú la que me atienda en recepción la próxima vez que venga a esta ciudad.

Asiente con energía y me toma las manos.

—¡Aquí estaré! Te lo prometo.

Salimos juntas al pasillo y se despide de mí con una sonrisa antes de dirigirse a las escaleras de servicio, diciéndome que tiene que volver rápido a recepción antes de que su padre note su ausencia.