El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 24. #4
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Capítulo 24. #4

Y en ese preciso instante, la palabra «festival» me vuelve a la cabeza: hoy es el Gion Matsuri.

La ciudad entera está patas arriba celebrándolo, y esta niña de veinte años está aquí, encerrada en la habitación 207, salvándole la vida a una abogada americana al borde del colapso.

Miro a la chica a través del reflejo, sintiendo una punzada repentina de tristeza.

—No... ¿Vas al festival hoy? —le pregunto, entristecida, cruzando los dedos mentalmente y rogando para que la respuesta no sea un "no". Se merece disfrutar de su ciudad más que nadie.

Melanie suspira, dividiendo mi melena rubia en secciones.

—Hoy hay muchísima faena en el hotel. Por culpa del festival, ha venido gente de todo Japón y esto está a tope, no cabe ni un alfiler en recepción —explica—.

Pero papá me ha dejado la tarde libre, así que sobre las cinco de la tarde podré arreglarme, salir, ver las carrozas y los fuegos artificiales de la fiesta final.

Suelto el aire retenido en un suspiro de alivio, dejándome caer un poco contra el respaldo de la silla.

—Menos mal... —Susurro, mirándola con cariño por el espejo—. Me habría sentido fatal si te perdieras algo tan importante por estar trabajando. Me alegro muchísimo por ti, Melanie.

Ella me devuelve la sonrisa, con los ojos brillando, y sin perder un solo segundo más, empieza a trabajar en mi pelo. La plancha echa un poco de vapor y ya está caliente. Estoy en manos de Melanie, y por primera vez en todo el maldito fin de semana, siento que algo va a salir bien.

—Bueno, pues basta de cháchara —dice la pelirroja, sacudiendo la cabeza, decidida y armada—.

Voy a peinarte, necesito que estés muy quieta.

Te haré un recogido bajo, ¿vale? Si no te gusta, me lo puedes decir con total confianza, pero estoy segura de que te encantará y te sentará fenomenal con el cuello del kimono.

Me acomodo y enderezo la espalda para no arruinar los pliegues que acaba de hacerme en la nuca.

—Estoy en tus manos, Watson. De verdad que no sé cómo agradecértelo. En cuanto bajemos… te pagaré lo que haga falta por todo este tiempo que me estás dedicando y por salvarme del apuro.

—¡No quiero dinero! ¡Lo estoy haciendo por placer!

—exclama de inmediato, soltando una carcajada mientras me sujeta el primer mechón rubio con una pinza—.

¿Sabes qué? He escuchado muchísimo sobre ti, Dahlia.

He oído a mis padres hablar horas sobre tu bufete.

Les encanta la novela negra, el misterio, y son unos fanáticos absolutos de Arthur Conan Doyle.

Ya sé que te parece completamente surrealista que me apellide Watson, pero te prometo que mi padre se apellida así de verdad, no ha ido al registro civil a cambiárselo por frikismo.

No puedo evitar soltar una risa seca. La ironía de la situación es tan grande que parece un chiste: yo, a punto de salir por la puerta con el discípulo de Holmes, siendo peinada por una auténtica Watson.

—A mí también me apasiona todo ese mundo de las investigaciones —continúa—.

Y por eso papá tiene un convenio especial con la policía de Tokio, para alojarlos aquí con tarifas especiales siempre que nos necesiten cuando vienen a Kioto.

Cuando te vi entrar por la puerta por primera vez hará ya...

¿Un mes? No sé, no lo recuerdo bien, el tiempo pasa muy relativo aquí dentro...

Me diste muchísima curiosidad. Papá me contó quién eras al ver tu distintivo plateado en la chaqueta.

Estás resolviendo un crimen súper importante, ¿verdad? ¿Puedes contarme más?

Melanie deja de cepillar por un segundo y me mira a través del reflejo del espejo. Tiene los ojos avellana muy abiertos, brillando con emoción, como si estuviera frente a la protagonista de su serie de detectives favorita.

Su pregunta, tan inocente y llena de entusiasmo, me cae como un jarro de agua fría, devolviéndome de golpe a la cruda realidad que me espera fuera de las paredes de esta habitación.

El asesinato en el templo Katsura, la sangre…

la lluvia que se avecina… Yuko encerrada en una celda de Tokio toda su vida, aterrada, confiando ciegamente en que yo le devuelva su vida.

Trago el nudo que se me forma en la garganta y le sostengo la mirada por el cristal.

—Ojalá fuera tan emocionante como en las novelas que leen tus padres, Melanie —murmuro, con una sonrisa triste—. Pero la realidad es mucho más oscura, y duele muchísimo más. Defiendo a una chica inocente a la que el sistema quiere encerrar por un asesinato que no cometió.

Melanie parpadea, asimilando la gravedad de mi tono, y sus manos vuelven a moverse sobre mi pelo, esta vez con más delicadeza.

—Y el fiscal que la acusa... ¿Es muy duro? —pregunta, intuyendo que ha tocado una herida abierta.

Cierro los ojos un instante. La imagen de Keith con su traje negro, sus ojos verdes y esa sonrisa arrogante en el estrado se cruza por mi mente, entrelazándose con la imagen del hombre que anoche me suplicaba un beso a través de la puerta y que ahora mismo me está esperando en el vestíbulo.

—Es el hombre más letal e implacable que he conocido en mi vida —respondo—. No pierde un solo caso… Y estoy a punto de irme al festival con él.

«No sé por qué he dicho eso.»

—¿Con él? ¿Te refieres… al fiscal al que te estás enfrentando? —pregunta, ingenua y con la curiosidad inocente de quien lee novelas de misterio y quiere saber el final del capítulo.

La miro a través del espejo. Ya no tiene sentido ocultarlo.

Además, me da la sensación de que ella…

—Es Keith Kudo. Se autoproclama fiscal legendario, para los amigos.

Melanie deja caer las manos de mi pelo un segundo y se queda de piedra.

El cepillo se detiene en el aire y a través del cristal veo cómo se le iluminan los ojos, abriéndose de par en par, casi como si le acabara de decir que voy a salir por la puerta con una estrella de rock o con el mismísimo Sherlock Holmes.

—¡¿El fiscal Kudo?! —chilla, llevándose una mano a la boca.

Sí, sabe quién es, no me equivocaba.

—¡Dios mío, Dahlia, no me digas que él es a quien te enfrentas en el juicio!

Me sorprendo muchísimo ante su reacción. Esperaba que a lo mejor le sonara el nombre por las noticias o por los chismes de su padre con la policía, pero no esta devoción absoluta. Asiento con el cuerpo, afirmándolo.

—Estoy flipando… ¡Es increíble…! —suspira Melanie, volviendo a coger el peine—.

¡Lo admiro muchísimo! ¡Sigo todos sus juicios por la prensa, leo sus libros…

! Es brillante, una mente maestra. Y bueno...

—Se muerde el labio inferior y se sonroja hasta las orejas, bajando la voz—, es mi amor platónico imposible.

—¿Acabas de decir sus libros?

—¡Claro! ¿No lo sabías?

La madre que me parió.

La observo y no puedo evitar que se me escape una pequeña sonrisa. «Qué tierna», pienso.

«Solo tiene veinte años, menos mal que solo puede enamorarse de él platónicamente, porque si no, iba a sufrir la condena más larga de su vida».

Sorprendentemente, no siento ni una sola pizca de celos.

Cero. Al contrario, me da casi ternura y un poco de lástima ver cómo la fachada intocable e implacable de Keith tiene embelesado a medio país, convirtiéndolo en el ídolo inalcanzable de chicas jóvenes que no tienen ni la más remota idea de lo frío, oscuro y peligroso que puede llegar a ser tenerlo a un palmo de distancia respirándote en el cuello.

Ellas ven su cuerpo y su récord invicto; yo he visto las cenizas de su cigarro en la alfombra y el abismo de sus ojos cuando te acorrala.

—Pues tu amor platónico imposible tiene muy mala leche, Watson —bromeo, relajándome un poco en la silla—. No quiero que te acerques a él si notas que intenta utilizarte para algo, ¿me has entendido?

Melanie suelta una risita nerviosa, pero de repente, su expresión cambia. La sonrisa desaparece y baja el cepillo, inclinándose un poco hacia mí, bajando la voz, como si temiera que alguien nos estuviera escuchando.

—¿Sabes? Hay algo que escuché ayer en recepción y que me dejó pensando toda la noche —dice, mirándome fijamente a través del reflejo—.

El inspector Oshida estaba hablando por teléfono con la central del hotel para coordinar las habitaciones de la policía, y mi padre estaba justo al lado, organizando las llaves.

Como se llevan muy bien y son amigos desde hace años, charlaron un buen rato, y…

El tono de Melanie me pone en alerta al instante. El estómago se me contrae.

—¿De qué hablaron?

—El inspector Oshida se estaba quejando de que el fiscal Kudo llevaba días sin aparecer por la comisaría, y que de repente volvió de la nada ayer por la mañana, poniéndolo todo patas arriba —Melanie hace una pausa y traga saliva—.

Pero eso no fue lo que más sorprendió a mi padre…

Lo que lo dejó helado fue cuando el inspector le contó que él, en un principio, rechazó el caso del templo Katsura. ¿Ese no es vuestro caso, Dahlia?

¿Ayer por la mañana? Fue cuando Keith me dejó la nota diciendo que se iba a la comisaría y después volvía. ¿Qué pasó allí?

Frunzo el ceño, completamente descolocada.

—¿Lo rechazó? Eso es imposible. Él es el fiscal jefe, él escoge sus...

—Exacto —me interrumpe—. Lo rechazó porque dijo que era un caso mediocre y una pérdida de tiempo… Que enviaran a cualquier novato de la fiscalía. Pero entonces, alguien le entregó la carpeta con el registro de la defensa que había tomado el caso.

Todo a mi alrededor se vuelve completamente silencioso.

—Escuché al inspector decirle a papá que, en cuanto el fiscal Kudo leyó que el bufete Mei & Co.

era la defensa, cambió de opinión en menos de un minuto.

Retiró al fiscal que ya habían asignado y exigió llevar la acusación él mismo.

Movió cielo y tierra para asegurarse de ser tu rival en el estrado.

Él te eligió a ti, Dahlia. Quería enfrentarse a ti desde el primer segundo.

Me quedo petrificada.