Capítulo 24. #3
La chica pasa las yemas de los dedos por la tela, acariciando las pequeñas flores bordadas a mano. Sus ojos castaños se abren de par en par y gira la cabeza hacia mí para mirarme.
—Si se puede preguntar... ¿Dónde lo has conseguido?
Suelto un suspiro y desvío la mirada hacia la ventana.
—Pues… Si te soy sincera, es un regalo, así que, honestamente, no tengo ni idea de dónde ha salido.
Melanie traga saliva y vuelve a mirar el kimono, pasando ahora las manos por el lazo amarillo del obi.
—Señoría Hawtho... —Se interrumpe de inmediato, sacudiendo la cabeza—. Perdón, Dahlia. ¿Sabes que este kimono viene de una de las tiendas más antiguas de todo Kioto?
Frunzo el ceño, girándome hacia ella de golpe, genuinamente confundida.
—¿Cómo...?
—¡A mí siempre me han apasionado! Una vez, mamá me llevó a una tienda centenaria en el distrito de las geishas.
Vi uno casi idéntico a este en una vitrina y el artesano nos explicó que solo se fabricaron diez kimonos como este desde que Japón nació como nación.
Hay exactamente diez piezas únicas tejidas a mano donde usaron los diez colores que más simbolizan el alma de nuestro país.
Me quedo paralizada, con el pulso latiéndome en la garganta.
—¿Diez piezas? —repito—. ¿En toda la historia?
Melanie asiente, completamente seria.
—Sí. El rojo sangre del sol naciente; el blanco puro de los espíritus nevados; el negro como la tinta; el púrpura de la familia imperial; el verde de los bosques sagrados; el rosa de los cerezos; el oro de los shogunes; el índigo de las profundidades del mar; el bermellón de los toriis de los templos...
—Melanie hace una pausa y acaricia de nuevo el kimono, mirándome a los ojos—. Y este, el azul claro.
El estómago se me encoge, se me ha ido el hambre de golpe. ¿Keith ha soltado esta cantidad obscena de dinero solo para vestirme hoy?
—¿Y qué simboliza este color azul? —le pregunto. Necesito saber la respuesta tanto como me aterra escucharla.
—Simboliza “mizu”, que en japonés significa “agua” —dice—. Representa la claridad y la verdad que no se puede corromper ni retener con las manos. El agua que fluye y que se adapta a todo, pero que tiene la fuerza suficiente para partir la roca más dura por la mitad sin ensuciarse.
«Sé muy bien el significado de absolutamente todo. ¿Te viene de nuevo a estas alturas?».
La voz raspada de Keith hace apenas unos minutos a través del teléfono retumba en mi cabeza como un puto disparo.
Ese maldito arrogante… No me ha comprado un vestido caro al azar para impresionarme o humillarme: me ha comprado una leyenda de su país, algo que representa la verdad inalterable, la fuerza imparable de la justicia que tanto defiendo y que tanto nos enfrenta a ambos en la corte.
Cierro los ojos con fuerza. La rabia, el pánico y una fascinación enferma por el simbolismo de lo que estoy a punto de ponerme se pelean dentro de mi pecho.
Me odio por lo rápido que mi cuerpo reacciona a su intelecto retorcido y porque entiendo a la perfección el mensaje oculto que me acaba de mandar en una simple caja de cartón.
Muy astuto, Keith Kudo.
—Es precioso, Dahlia —añade Melanie, sacándome de mis pensamientos—. Quien te lo haya regalado... te ve exactamente así.
Trago el nudo de ansiedad que me ahoga y abro los ojos. No tengo tiempo para desmoronarme psicológicamente ante esto.
Me giro hacia Melanie y dejo escapar un suspiro. Le dedico una sonrisa cargada de gratitud, aunque mis ojos seguramente reflejen todo el caos que llevo por dentro.
—Melanie, de verdad, me acabas de salvar la vida. Por favor, ayúdame a ponérmelo. El que me lo ha regalado está a punto de llegar, y por mucho que deseo que no lo haga, me va a dejar tirada y se va a marchar si no bajo a tiempo. Te aseguro que no le voy a dar el gusto de hacerlo por segunda vez.
La sonrisa de Melanie se ensancha, contagiada por mi determinación, y asiente con energía.
—¡Date la vuelta, princesa! Vamos a dejarlo sin palabras.
Melanie se pone manos a la obra con agilidad.
Primero me coloca una especie de túnica fina de algodón blanco como base, ajustándome el cuello para que asome ligeramente por la nuca.
Luego, levanta propiamente lo que es el kimono y me lo aprieta.
Me explica que el lado izquierdo siempre debe ir cruzado por encima del derecho, asegurándose de alinear la costura de la espalda justo en el centro de mi columna.
A medida que va atando varias cintas alrededor de mi cintura para fijar la tela y acomodar el excedente, el kimono va ajustándose más y más a mi cuerpo, ciñéndose a mis curvas; siento cómo me obliga a mantener la espalda completamente recta.
—Parece que lo han hecho para ti, es exactamente tu talla —dice Melanie, concentrada, mientras alisa la tela de la espalda con las palmas de las manos—. A lo mejor el que lo creó pensó en una mujer como tú cuando lo cosía.
Observo a Melanie a través del reflejo del espejo.
Está sonriente, concentrada en lo que hace, y los rayos del sol que se filtran por la ventana iluminan sus pecas.
Le saco seis años, pero hay algo en la forma en la que se mueve, en sus ganas de ayudarme y en la pasión con la que habla de su trabajo, que me dice a gritos que es una mujer valiente y muchísimo más madura de lo que aparenta.
Finalmente, coge el obi amarillo y me pide que tome aire, enrollándolo alrededor de mi cintura. Aprieta con fuerza antes de anudarlo a mi espalda en un lazo que me deja casi sin respiración.
Ya estoy lista.
Doy un paso atrás y me miro en el espejo.
Me quedo sin palabras y abro ligeramente la boca, incapaz de creer lo que ven mis propios ojos. Jamás en toda mi vida me he sentido tan guapa.
—Melanie... gracias —le digo, con la voz un poco quebrada por la emoción, mirándola por el retrovisor de cristal—. Es... increíble.
—Estás preciosa, pero… falta algo —murmura, evaluándome de arriba abajo—. ¿Puedes sentarte?
Hago lo que me pide, arrastrando la silla del escritorio para quedar frente al espejo. Melanie se coloca a mi espalda y empieza a recogerme el pelo rubio con las manos, levantándolo de la nuca.
—No creo que debas llevarlo suelto —dice.
—¿Por qué?
—Es muy habitual llevar recogidos altos con los kimonos —me explica, soltando con cuidado los mechones delanteros para que me enmarquen la cara—.
No es una norma estricta ni mucho menos, pero queda muchísimo más elegante porque deja a la vista la línea de la nuca, que es una de las partes más bonitas del conjunto.
Suelto un suspiro, abriendo las manos en un gesto de rendición.
—El problema es que no llevo nada encima para hacerme un recogido decente. Quizás tengo alguna goma de pelo tirada en el fondo del bolso, pero poco más... No tengo horquillas, ni laca, ni nada.
Melanie se queda quieta y lleva su dedo índice a la barbilla.
Mueve poco a poco la cabeza; está pensando y la pose que está haciendo me hace sonreír porque parece exactamente el Watson de mis novelas de misterio.
De repente, sus ojos —que ahora, bajo la luz, veo que son de una mezcla de tonos avellana, verdosos y amarronados— se iluminan. Creo que ha tenido una idea.
—¡Espera aquí, ahora mismo vuelvo! —exclama.
Y antes de que pueda articular una sola palabra, sale disparada hacia la puerta de la habitación.
—¡Melanie! —grito de golpe, girándome en la silla a duras penas por el peso del kimono—. ¿A dónde vas? ¡No me dejes así!
Pero es tarde. La puerta se cierra de un portazo, dejándome completamente a solas.
«¿Lo di tan fuerte ayer?», pienso, y río, sin querer.
Me levanto despacio de la silla, acostumbrándome al peso de lo que llevo encima, y me acerco de nuevo al espejo. El silencio llena la habitación y ahoga los latidos de mi propio corazón. Levanto los brazos y me paso las manos por la tela, sintiendo la suavidad sobre mis yemas.
Lentamente, acerco la manga del kimono a mi rostro y cierro los ojos, inspirando profundamente.
«No huele a él...», pienso, con un nudo formándose en la garganta. «Pero sé que ha estado en tus manos...».
Abro los ojos y mi reflejo me devuelve una mirada llena de vulnerabilidad.
La barrera de acero que construyo cada mañana se ha resquebrajado por completo, otra vez.
«¿Por qué haces esto, Keith?», me pregunto, sintiendo que una lágrima de pura frustración amenaza con arruinarme el maquillaje.
«¿Por qué me regalas una pieza tan importante, con tanto significado, a mí?
A tu rival. A la abogada que quiere hundirte la carrera.
A la persona que está batallando contigo a muerte en la corte para arrebatarte tu récord invicto. ¿Por qué?».
No tiene ningún sentido lógico. Es la enésima contradicción del hombre que me saca de mis casillas, el mismo que me condena y me salva en cuestión de horas.
Melanie interrumpe mis pensamientos cuando la puerta de la habitación se abre con fuerza, sobresaltándome. Entra casi sin aliento, con las mejillas sonrosadas por haber corrido, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Lo tengo! —grita.
—¿Qué es eso que llevas en la mano? —pregunto, parpadeando al ver la enorme bolsa de tela roja que le cuelga del brazo. Es tan desproporcionadamente grande que casi abulta más que ella misma.
—Ah, es un secreto. Ahora lo descubrirás, ¡vuelve a sentarte!
Me acomodo de nuevo en la silla del escritorio, con cuidado para no arrugar ni un milímetro el kimono.
A través del espejo, observo cómo Melanie se acerca a la mesita de noche —que, todo hay que decirlo, es bastante grande y espaciosa— y empieza a descargar su arsenal, colocando cuidadosamente un montón de horquillas, un peine de púas finas, una plancha de pelo y varios cepillos redondos.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto, levantando una ceja, a medio camino entre la curiosidad y el miedo a que mi pelo sufra las consecuencias del reloj que corre en nuestra contra.
—Te voy a peinar exactamente como me peina mamá a mí cuando salimos de festival —responde, enchufando la plancha.