El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 24. #2
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Capítulo 24. #2

—Así que procura meter ese vestido que llevas puesto en tu maleta y cambiarte.

Aunque es bonito, no te favorece tanto como lo que hay ahí dentro.

Seguramente encontrarás alguna distracción algún día para usar el rosa, pero de momento, hoy se hace lo que yo diga.

Si es que de verdad quieres que te acompañe.

Sabe que nunca me quedo callada ante una provocación así y que, si le respondo, continuaríamos discutiendo toda la mañana y le insultaría o le mandaría de nuevo al infierno mil veces, si hace falta, pero la línea hace un clic sordo de repente.

Me ha colgado.

Dejo el móvil sobre la mesa y suelto de golpe todo el aire que llevaba reteniendo en los pulmones durante la llamada. Me quedo parada un segundo en medio de la habitación, pero sé exactamente lo que voy a hacer.

Sé que me voy a poner el kimono.

No solo porque, muy en el fondo, me muero de ganas de hacerlo, sino por el simple y devastador hecho de que me lo ha pedido él.

Camino hacia la cama, extiendo las manos y lo saco de la caja: pesa un montón.

Me lo quedo mirando, extendido sobre mis brazos, pero es que…

no tengo ni la más remota idea de cómo ponerme esto.

Jamás en mi vida me he puesto un kimono.

Sé que se tiene que poner de una manera específica, siguiendo un orden… pero no puedo hacerlo sola.

Frunzo el ceño y observo la tela azul claro con esas diminutas flores blancas bordadas. «¿Por qué habrá elegido el color azul?», pienso, e intento buscarle una explicación lógica a su elección, pero no logro descifrarlo.

Ni siquiera sé con qué color me relaciona en su cabeza, si es que alguna vez se ha parado a pensarlo cuando no está planeando cómo hundirme en el juzgado.

Suspiro y, movida por un impulso que ni me molesto en contradecir, me acerco al espejo de pie que hay en la esquina de la habitación. Me pongo el kimono por encima, sosteniéndolo con las manos contra mi cuerpo, cubriendo por completo el vestido rosa que me había comprado con tanta ilusión ayer.

Hay algo muy dentro de mí, traicionero, que está deseando soltar la cremallera y dejar que caiga a mis pies y que el kimono sea la única prenda que roce mi piel desnuda. Él lo ha elegido, él ha comprado y él me ha pedido que me lo ponga.

No puedo reprimirte.

Doy una pequeña vuelta, agarrando los extremos para que el vuelo baile mientras giro, y veo cómo los colores pastel iluminan mi rostro.

«Podría acostumbrarme a esto...», pienso, con una sonrisa asomando en mis labios. «¿Cómo no voy a sentirme así? Todo esto que tengo dentro, esta confusión, este deseo que me quema... Todo es culpa de lo que haces, Kudo».

Hay un pequeño, minúsculo y catastrófico problema.

Me quito el vestido de un tirón y me quedo en ropa interior, dispuesta a intentarlo sola, pero, a los dos minutos de empezar, me doy cuenta de que es un absoluto desastre.

No es como ponerse una bata de estar por casa y, sinceramente, parece que requiera tener una ingeniería que mi cerebro occidental no logra procesar. Me estoy empezando a poner nerviosa.

Resoplo, frustrada. Tiro de una cinta y el lado izquierdo se me escurre por el hombro. Lo intento ajustar y entonces el bajo me arrastra por la moqueta… ¡Es imposible, joder!

Si alguien no entra por esa puerta en menos de cinco minutos para salvarme la vida, voy a tener que bajar al vestíbulo tal y como estoy, en pelotas, y la cara de Keith al verme aparecer así va a ser un poema.

De los malos.

Pienso desesperada en quién podría ayudarme.

Sé que, realmente, estoy completamente sola en esta ciudad y Nina no está…

No tengo a nadie más. Trago saliva y mi mirada vuela hacia el reloj de pared.

Las agujas avanzan y recuerdo sus últimas palabras al teléfono: Te recojo en la puerta del hotel en media hora.

El tiempo corre en mi contra, y si no estoy lista cuando él llegue, sé que se va a enfadar. No es que su enfado me importe demasiado a estas alturas de la película, pero mi mente, que es mi peor enemiga, empieza a proyectar escenarios.

Me lo imagino cansado de esperar en el vestíbulo y subiendo de nuevo en el ascensor, aporreando la puerta con los nudillos, tal como anoche. Lo imagino entrando y encontrándome en medio de la habitación, desesperada, vestida únicamente con mi tanga negro y mi sujetador de encaje.

La imagen suena especialmente tentadora, para qué mentir.

Solo de pensarlo se me calienta la sangre.

Pero, siendo honesta conmigo misma, me obligo a sacudir la cabeza y a espantar el pensamiento.

Tener a Keith Kudo viéndome en ropa interior mientras me exige a gritos que me dé prisa es una fantasía que, si lo pienso en caliente, me pone bastante, y más a plena luz del día.

Suelto un bufido y aparto los mechones rubios que se me han pegado a la frente por el esfuerzo.

Me rindo, a la mierda.

—Piensa, Dahlia, piensa —murmuro, mirando el teléfono fijo del hotel.

«Es la única opción que tengo», digo en voz alta para mí misma, acercándome.

Lo descuelgo y marco los números 786 con el dedo tembloroso. El tono empieza a sonar y me muerdo la uña del pulgar mientras espero que conteste, con el corazón a mil por hora.

«Cógelo, por favor, cógelo...». Doy pequeños saltitos de pura desesperación sobre la moqueta.

—Recepción del Kyoto Stars, buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

Al otro lado de la línea suena la voz de la chica que me atendió ayer por la noche cuando llegué, la misma que nos recibió la primera vez que vine con Fukuda. Al instante me viene a la cabeza su imagen: esa chica tan amable, con sus dos coletas pelirrojas y la cara salpicada de pecas.

—Hola, soy Dahlia Hawthorne, de la habitación 207. Sé que es una petición un poco extraña, pero necesito que subas a mi habitación ahora mismo. Necesito ayuda con urgencia… Por favor.

No tarda ni un solo segundo en contestar.

—Por supuesto, señorita Hawthorne. Subo enseguida, no se preocupe.

Cuelgo de golpe y suelto un suspiro de alivio que casi me marea. Me paso las manos por el pelo, intentando calmarme, y recojo las diferentes partes del kimono que se han quedado esparcidas por la cama para tenerlo listo.

El tiempo vuela, y en menos de cinco minutos, suena el timbre.

Abro la puerta de un tirón. La cara de la chica es un auténtico poema cuando me ve plantada en el umbral, en ropa interior, ligeramente despeinada por la desesperación y esa cosa enorme y carísima colgando de un brazo como si fuera un trapo.

Le hago un gesto para que pase.

—Entra, entra, por favor —le digo, apartándome a un lado.

En cuanto cruza y cierro la puerta a sus espaldas, la chica se detiene y me hace una reverencia.

—¿En qué puedo servirle, abogada Hawthorne? —pregunta, con ese tono servicial que, ahora mismo, me pone un poco nerviosa.

—Por favor, no me hables de usted —le pido—. Ni me llames abogada Hawthorne. Aquí, dentro de esta habitación y en este estado tan lamentable, solo soy Dahlia para ti. ¿De acuerdo? ¿Cómo te llamas?

La chica parpadea, sorprendida por mi tono cercano, y esboza una sonrisa tímida.

—Me llamo Melanie. Melanie Watson.

Me quedo paralizada un segundo. ¿Watson?

Suelto una risa, casi sin creérmelo. Qué caprichoso, irónico y retorcido es el maldito destino en este país.

Primero Keith se autoproclama el discípulo de Holmes, y ahora tengo a mi propia Watson secuestrada en la habitación para que me ayude a vestirme para él. Qué poético.

—Encantada, Melanie, tienes unas pecas preciosas. Y el pelo... —Me fijo en que hoy no lleva las dos coletas que le vi ayer; su pelo pelirrojo, largo y con unas ondas naturales, le cae sobre los hombros—. Es precioso, pareces muy joven, ¿qué edad tienes?

—Tengo veinte años… Dahlia —responde tímida, tuteándome, aunque sus mejillas se tiñen de un rojo que hace resaltar aún más sus pecas.

—¿Veinte? ¿Y qué haces trabajando de recepcionista en un hotel como este?

Melanie se alisa la falda del uniforme con las manos y pierde un poco la timidez.

—¡Mi padre es el dueño del Kyoto Stars! —me confiesa con entusiasmo—.

Siempre me ha interesado muchísimo el turismo hotelero, y trabajar aquí, en primera línea, es un gran privilegio a mi edad.

Me permite estudiar la carrera y ganar mi propio dinero al mismo tiempo.

Papá se niega en rotundo a que trabaje y prefiere que solo estudie y me prepare para el futuro…

pero para mí este hotel es muy importante.

He crecido corriendo por estos pasillos, Dahlia. ¡Es como si fuera mi casa!

Me quedo en silencio, asimilando sus palabras.

Admiro profundamente desde ya a esta niña.

Tener la vida resuelta por la posición económica de su padre y, aun así, elegir trabajar, mancharse las manos, enfrentarse al público y aprender el negocio desde abajo...

me recuerda a esa garra que yo misma tuve que sacar para pagarme la universidad, aunque mis motivos fueran por pura supervivencia y no por privilegio.

La miro con respeto, sintiendo una conexión instantánea con ella; pero el reloj sigue corriendo.

No respondo a su historia. En su lugar, camino decidida hacia ella, acortando la distancia, y le tomo ambas manos entre las mías.

—Melanie —le digo, mirándola fijamente a los ojos—. Dime que sabes poner un kimono.

Melanie abre mucho los ojos. Una chispa de seguridad brilla en su mirada, y con una pequeña sonrisa asomando en sus labios, inclina la cabeza hacia abajo en un sí rotundo.

—Siempre ayudo a mamá a ponerse los kimonos —responde, con una sonrisa dulce que le arruga las pecas de la nariz—. No te preocupes, sé exactamente lo que hago. ¿Es la primera vez que te pones uno?

—Sí —confieso, cruzándome de brazos sobre el sujetador de encaje—. Nunca me había acercado a menos de un metro de uno de estos.

Melanie se detiene junto al colchón y clava los ojos en él. Se queda en silencio un par de segundos, como si estuviera contemplando una obra de arte en un museo.

—¿Puedo? —pregunta, levantando una mano.

—Por supuesto, adelante.