El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 24.
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Capítulo 24.

(最も短い「決して」— El “jamás” más corto)

“half of my heart” de Josh Makazo, sonando en la aplicación de Spotify.

El silencio al otro lado de la línea se vuelve incómodo.

Escucho cómo su respiración se detiene justo una fracción de segundo, como si estuviera a punto de decir algo; así que trago saliva, sin que me llegue a escuchar, sintiendo que me falta el aire.

Sé perfectamente que la frase que acabo de soltar por la bocaza no tiene absolutamente ningún sentido después de la guerra que libramos hace apenas doce horas en este mismo hotel, pero ya no puedo, ni quiero, dar marcha atrás.

Cuando por fin su voz rompe el silencio, le escucho hablar, como si se acabara de levantar y hubiera terminado de beber el primer café de la mañana.

—Es el «jamás» más corto que has decidido en toda tu vida, ¿no crees?

Cierro los ojos y aprieto el teléfono contra la oreja porque tiene razón.

Esas fueron las últimas palabras que le escupí y le grité anoche, antes de darle con la puerta en las narices: «Vete a la mierda.

No te quiero volver a ver, jamás». Mi voz rebota en mi cabeza; no puedo ser más idiota.

Soy la mujer más incongruente y estúpida que ha pisado este país, y él es perfectamente consciente de ello.

Me quedo completamente callada porque no tengo defensa posible ante esa acusación, así que dejo que el silencio sea mi única respuesta. Mi orgullo se retuerce, pero me niego a colgar.

—¿No crees que estás cometiendo un error? —pregunta, y aunque no lo veo, me imagino perfectamente su expresión.

—Ya cometí un error ayer por la tarde, dejando que me acompañaras a los jardines.

—¿Y lo de subirte a mi coche el viernes por la noche, “forzosamente”, según tú, escaparte de la habitación de invitados y venir a dormir al mío?

—He cometido muchos errores esta semana.

—Y este no es más que uno más, Hawthorne.

Me cuesta descifrar si me está intentando proteger de él o si simplemente está constatando un hecho que nos va a costar la vida a los dos.

El pánico de que me cuelgue empieza a ganarle terreno a mi cabezonería —estoy jodidísima por no querer que lo haga—, así que antes de que la conversación avance hacia un punto sin retorno, decido atacar por otro flanco.

—¿Por qué me has enviado flores y esa caja? —pregunto, cambiándole el tema de golpe.

Escucho un ligero roce al otro lado de la línea, como si hubiera cambiado de postura o se hubiera pasado la mano por el pelo.

—¿La has abierto ya?

—No —miento, mirando la caja destapada sobre mis sábanas—. Solo he leído la carta.

—¿Y qué te ha parecido?

—Catastrófica.

—¿Calamitosa? —me corrige.

—Odio tu letra, Kudo, no entiendo nada —miento de nuevo, aferrándome a vacilarle una y otra vez para no hundirme en el paro cardíaco que me ha provocado leer que ha quemado sus camisetas solo porque olían a mí.

—Si te escribiera cien cartas más, acabarías entendiéndolas —susurra—. Pero eso no va a pasar.

El rechazo implícito en esa última frase me escuece, pero me niego a ser la única que sangre en esta conversación.

—También me dijiste que no me tocarías jamás, que no iba a pasar nada nunca… —Contraataco, apretando la mandíbula—. Y anoche apareciste sin que te lo pidiera, borracho de sake, pidiéndome que te besara.

El silencio vuelve a caer entre nosotros, cargado de toda la tensión no resuelta que lleva días acumulándose bajo nuestra piel. Cuento los latidos de mi corazón mientras espero su respuesta, temiendo haber mencionado el tema demasiado pronto.

Pero entonces, escucho cómo exhala el humo de un cigarrillo antes de hablar.

—Yo también he cometido muchos errores esta semana, Hawthorne.

Keith Kudo acaba de admitir un error en voz alta. Mi mente está tan agotada que ni siquiera sabe cómo procesar esa frase, así que me aferro a lo único físico y real que tengo en la habitación, y cambio de tema antes de que la conversación se vuelva más complicada.

—¿Qué hay en la caja, Keith? —Desvío la mirada hacia el paquete blanco.

—Ábrela del todo y descúbrelo tú misma —responde. Su tono ha recuperado esa sutileza exasperante y autoritaria que tan bien domina.

Con el teléfono contra la oreja y las manos todavía temblando, camino despacio hacia la cama. Dejo a un lado el sobre negro y tiro suavemente de la seda que envuelve lo que hay debajo. Aparto el papel con cuidado, y al ver lo que hay dentro, el corazón se me para; no bombeo ni una gota de sangre.

Es un kimono.

Pero no tiene nada que ver con los que estuve mirando ayer por la noche en los grandes almacenes.

La tela es de una seda tan pura y delicada que se desliza entre mis dedos como si fuera agua.

Es de un color azul claro, estampado con pequeñas y sutiles flores blancas tejidas a mano.

Los bordes y los detalles de las mangas tienen un acabado en color verde pistacho, y lo envuelve un obi —el lazo para la cintura— de color amarillo: mi favorito.

Es una obra de arte. Y es tan, tan precioso, que casi me da miedo tocarlo.

—Por qué… ¿Me envías esto? —balbuceo, pasando las yemas de los dedos por la tela—. No puedo aceptarlo; es un kimono carísimo, se nota a leguas.

Escucho una risa seca al otro lado del altavoz.

—Por supuesto que lo es, Hawthorne, es alta costura. ¿Y por qué me hablas de dinero? —replica—. Sabes perfectamente que podría comprar la tienda entera y aun así recuperaría la inversión en menos de una hora.

Pongo los ojos en blanco. Mi corazón sigue latiendo a mil por hora.

—Eres un prepotente... —Susurro en voz baja—.

¿Y a qué viene regalarme flores? No quiero nada de ti, ya deberías saberlo, y menos algo tan importante para mí —paro un momento—.

Además… ¿Por qué dalias de color rosa? No tienes ni idea de lo que significan en el lenguaje de las flores. Eres un estúpido.

—Siempre hablas más de lo que deberías y tienes la lengua muy larga; pero no me viene de nuevo, abogada incompetente.

—No me insultes.

—Defino, querida. Sé muy bien el significado de absolutamente todo. ¿Te viene de nuevo a estas alturas?

Me muerdo el labio inferior y cierro los ojos con fuerza.

No, Keith… Estoy segura de que no lo sabes.

—Aunque, si te soy sincero —añade—, creo que a ti te pegan mucho más las rosas blancas.

Siento cómo la sangre empieza a hervirme ante ese comentario.

Las rosas blancas representan pureza e inocencia; en pocas palabras, me está llamando ingenua en mi propia cara y vacilándome de nuevo.

Sigue creyendo que la abogada de Seattle que cree en la justicia ciega no puede contra el lobo feroz de Tokio.

—¿Por qué sigo dándote conversación? Olvídame y olvida esta llamada; no sé cómo te lo haces, pero siempre acabo haciendo cosas por ti que me hacen parecer gilipollas.

¿A quién se le ocurre? —le digo, e intento recuperar mi carácter alejándome de la cama—.

No me lo voy a poner. Me pondré el vestido rosa que me compré ayer, y ahora mismo voy a llamar al botones para devolverle esta caja y tu estúpido ramo para que te los manden de vuelta a tu casa.

El silencio podría cortarse con un cuchillo. Cuando Keith vuelve a hablar, su voz es puro hielo.

—Si haces eso, te prometo que me plantaré en el hospital de aquel detective tan amigo tuyo y le desconectaré el oxígeno mientras duerme. Así tendré otro caso más que ganar para no aburrirme, aunque ya sepa de antemano quién es el asesino.

Abro la boca, horrorizada.

—No vuelvas a decir eso ni en broma.

—En menos de tres horas estarías vestida de negro. ¿No te gusta la idea?

No contesto.

—Si no quieres experimentar mi lado bromista, ponte el kimono —me ordena—. Te recojo en la puerta del hotel en media hora.

—Eres un puto gilipollas, Kudo —respondo, apretando los bordes del móvil con tanta fuerza que los nudillos se me quedan blancos—. No me des órdenes, te lo tengo dicho.

—La que me has llamado has sido tú. Yo estaba tan tranquilamente liándome un cigarro en el sofá cuando ha empezado a vibrarme el teléfono en el bolsillo.

¿Sabes que saben mejor que los industriales si los sabes hacer bien?

Pero casi nunca tengo tiempo de darles la forma perfecta…

—Hace una pausa y suspira—. En fin… Cosas que pasan después de una larga noche, Rapunzel.

—No vuelvas a dirigirte así a mí en tu vida. Para ti, Hawthorne.

—De acuerdo, bala de plata.

Cierro los ojos y maldigo mi propia impulsividad.

Tiene razón, joder, tiene razón. He sido yo la que le ha llamado, y todavía no sé por qué.

Estaba a punto de salir a la calle y olvidarme de los últimos dos días.

¿Por qué siempre tiene que pasar algo en el último minuto que tiene que destrozarlo todo?

¿Por qué ha tenido que aparecer ese hombre con la caja en las manos a escasos segundos de irme?

¿Qué hubiera pasado si hubiera abandonado la habitación 3 minutos antes?

No me lo hubiera cruzado, hubiera llamado al timbre y nadie le habría abierto la puerta.

Ahora estaría hablando por teléfono con mamá, sentada en una silla mientras como algo para aliviar toda esta puta mierda de ansiedad, pero no.

Estoy al teléfono, al lado de este imbécil que ha descolgado sabiendo que era yo la que llamaba, porque no borré su número en su día, porque me guardé el contacto y porque la idea de ir con él es lo único que tengo clavado en la sien desde que me lo explicó en su casa.

¿Hasta cuándo voy a empujarle y luego suplicarle que no se aleje?

¿Hasta cuándo voy a fingir que quiero tenerle lejos?

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo… ?

—Durante el festival no se puede pecar —interrumpe mis pensamientos—. Así que no me puedo negar a los deseos de la abogacía, si quiere que la acompañe. ¿Sería un caballero si no lo hiciera?

—Caballero no sé, pero eres un miserable.

—Y tú una bipolar que no sabe lo que quiere.

Me quedo callada; ojalá pudiera pegarle un puñetazo detrás del teléfono.