Capítulo 23. #10
Aparecer en la puerta de tu hotel ayer no entraba en mis planes.
Pero cuando volví a casa, me metí en la cama y vi que no estabas al lado, lo primero que hice fue fumarme un cigarro.
O dos. Después bajé sin pensarlo al Porsche.
No has visitado ni un veinte por ciento de lo que es mi casa, Hawthorne, pero tengo una bodega enorme llena de botellas a las que recurro cuando me aburro o...
Cuando lo necesito. No sé distinguir cuál de las dos cosas me pasó anoche.
Lo único que sé es que, por tu culpa, me bebí el sake más caro de todo Kioto.
Un Takeno. Doscientos mil yenes. Los gano en tres minutos, y eso fue exactamente lo que tardé en terminármelo.
Ese pijama azul que llevabas te quedaba horrible.
Mi camiseta te realza mucho más esos ojos verdes.
Ya le he dicho a Natsuko que tire a la basura las dos que usaste, no puedo aguantar ni un segundo más que huelan a ti, por mucho que las lave.
Las he quemado en la hoguera del jardín.
Las cenizas ardían y, mientras el humo subía al cielo, dibujaba tu nombre.
Eres la primera mujer que me ha negado un beso.
No hay ni una sola que no haya querido besarme en mis veintiocho años.
Que me niegues uno no me molesta. Tampoco me importa.
Estás cumpliendo estrictamente mis órdenes, pero yo no estoy cumpliendo las mías.
Te dije que me alejaría de ti y que no te iba a tocar, pero tu presencia en Kioto me está nublando la vista, Hawthorne, y a mí nunca se me nubla la vista.
Ni siquiera en el juicio más sangriento.
Quiero tenerte lejos y no puedo pensar en otra cosa que no sea ganarte y enviarte de vuelta a Seattle.
Japón es mi país y no perteneces a él. El crimen de Katsura es mi caso y lo voy a ganar, te entrometas o no.
No me lo hagas más difícil. Abandona Kioto, es una orden.
Cuando llegues a Tokio, escribirás una carta de renuncia en la que informarás que abandonas el caso y pedirás formalmente que asignen a otro abogado.
Lo harás, te guste o no. Y si no... te obligaré a hacerlo.
Quítate ese vestido rosa que llevas puesto y ponte lo que te he enviado.
Dentro hay una horquilla. Póntela también en el pelo y ni se te ocurra quitártela hasta que acabe el día.
Eres incompetente, bala de plata, así que huye antes de que sea demasiado tarde. No volveré a gastar otra botella que lleve tu nombre”.
Arrugo sin querer la hoja con la presión de mis dedos y me dejo caer sobre la cama, en el borde.
«Las he quemado en la hoguera del jardín.
Las cenizas ardían y, mientras el humo subía al cielo, dibujaba tu nombre».
Siento un escalofrío violento recorriéndome la espalda.
Está perdiendo el control. El fiscal legendario que no ha perdido un caso en veintiocho años en los tribunales japoneses está quemando ropa en su jardín a altas horas de la madrugada porque no soporta mi olor en su casa.
Pero, además...
«Quiero que te quites ese vestido rosa que llevas puesto».
Mis ojos vuelan hacia la ventana.
¿Cómo lo sabe?
¿Cómo demonios sabe que llevo puesto este vestido rosa si lo compré ayer por la tarde, lo acabo de sacar de la bolsa y nadie, absolutamente nadie, me ha visto con él puesto?
Mis ojos se clavan de nuevo en su letra e intento contenerme mientras asimilo la enésima contradicción del hombre que acaba de exigirme por carta que abandone el país.
Pero es que...
Las lágrimas brotan de mis ojos y caen directamente encima.
Una de ellas aterriza sobre el trazo negro de su nombre, emborronando ligeramente la tinta de los kanjis con los que seguramente ha escrito "fiscal Keith Kudo".
Me quedo mirando el papel arrugado bajo mis dedos, y el pecho se me contrae.
No quiero mirarme al espejo ahora mismo porque sé que me acabo de joder completamente el maquillaje que he tardado un rato en hacerme.
El iluminador ahora son mis lágrimas, se me está corriendo la máscara y el colorete se está parcheando.
En medio de todo este nudo en el estómago, lo más frustrante es que sé perfectamente lo que voy a hacer, porque por primera vez desde que puse un pie en ese aeropuerto, voy a hacer exactamente lo que siento. Me da igual no ser la abogada racional que se supone que debo ser.
Me limpio las mejillas con el dorso de la mano, alargo el brazo y saco el móvil del bolso, con el pulso latiéndome con tanta fuerza que podría derribar templos antiguos e indestructibles.
Marco un número de teléfono y me lo llevo a la oreja mientras el corazón me late a mil por hora. La habitación está sumida en un silencio absoluto, roto únicamente por el tono de espera que empieza a sonar al otro lado de la línea.
El primer tono suena y se me hace eterno, pero el segundo se corta abruptamente.
Alguien ha descolgado, pero del otro lado de la línea no llega absolutamente ninguna palabra.
Nadie responde. No escucho un «¿Hola?», ni un «¿Sí?
» o un «Dígame». Tampoco un «Buenos días, ¿quién es?
». Nada. Pero sé perfectamente que está ahí, al otro lado, con el móvil pegado a la oreja, esperando a que sea yo la primera en hablar.
A que sea yo la que se quiebre y ceda ante la presión de su silencio.
Y aunque no pronuncie ni una sola sílaba, lo escucho.
Escucho el sonido rítmico y pausado de su respiración a través del altavoz contra mi oído. Aprieto los ojos y el corazón me sube hasta la garganta, porque lo reconozco al instante.
Sé cómo respira. Lo sé muy bien.
Es la misma respiración que sentí a escasos centímetros de mi cara en el banco de los jardines de Tenjuan y en su cama, mientras dormíamos.
La misma que estaba anoche en la puerta, apestando a alcohol.
Su respiración nunca parece alterada, simplemente domina el mundo entero, y ahora mismo me está quemando viva a través del teléfono sin necesidad de decir mi nombre.
Sin llamarme Dahlia, ni Hawthorne... Ni bala de plata.
—Keith, ven conmigo al festival.
Y una lágrima cae de nuevo sobre mi mejilla.