El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 23. #9
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Capítulo 23. #9

Llamo a recepción desde el teléfono de la mesita de noche para informar que voy a bajar a hacer el check-out, pero que necesito que lleven mis maletas a la estación. Esta vez me contesta un chico muy amable, que dice que no me preocupe por nada y que él se encarga de todas las gestiones.

Ahora sí, camino hacia la puerta, con el bolso colgado del hombro y dispuesta a comerme el mundo, o al menos el desayuno. Pero justo cuando estoy a punto de abrirla, un leve sonido me interrumpe y aparto la mano hacia mí.

El timbre.

Sí, resulta que la puerta de este hotel, al igual que la de mi apartamento en Tokio, tiene un maldito timbre.

Que Keith Kudo se empeñe en ignorarlos y prefiera dar porrazos con los nudillos contra ella como si fuera a derribarla es algo que tendríamos que discutir en algún momento.

Aunque, pensándolo bien, tendré que empezar a aceptar que esa es su tarjeta de presentación para hacerme saber exactamente quién está detrás antes incluso de abrirla.

Doy un saltito hacia atrás, sobresaltada por el sonido repentino. No me esperaba que tocaran el timbre justo cuando estaba a un segundo de salir.

Me recompongo, me sacudo los volantes del vestido y abro la puerta.

Al otro lado hay un botones del hotel, vestido con el uniforme del Kyoto Stars. Es un hombre japonés de mediana edad, calculo que un poco mayor que el inspector Oshida y que Fukuda. Me dedica una sonrisa educada y me da los buenos días.

—Disculpe la intromisión. ¿Es usted la señorita Hawthorne? —pregunta cordialmente.

—Sí, soy yo —respondo, asintiendo.

Antes de decir nada más, el hombre da un paso atrás y me hace una reverencia muy respetuosa.

—Es un honor tenerla en nuestro hotel, abogada Hawthorne. Quería agradecerle profundamente su labor y su esfuerzo por la justicia en nuestro país.

Me quedo un poco descolocada por el gesto, pero se lo agradezco.

—Muchas gracias, es usted muy amable.

—Le pido mis más sinceras disculpas por molestarla a esta hora —añade, incorporándose.

—Oh, no importa, no se preocupe. Estaba a punto de salir a desayunar, la verdad. ¿Puedo ayudarle en algo? Que yo recuerde, no he solicitado nada al servicio de habitaciones.

El botones me mira con amabilidad.

—Estoy aquí porque tengo que entregarle algo que ha llegado a su nombre.

Arqueo una ceja, completamente desconcertada.

—¿Algo para mí? ¿Está seguro? No espero nada, que yo recuerde.

El hombre asiente con total convicción.

—Es para usted, señorita Hawthorne, sin ninguna duda.

Se gira un momento hacia el carrito que había dejado a un lado y se acerca de nuevo. Mis ojos se abren de par en par. En sus manos sostiene una gran caja blanca, bastante grande, cerrada con un elegante lazo a juego. Justo encima de la tapa, hay un ramo enorme y espectacular de flores.

Flores rosas, concretamente dalias... Dalias rosas.

Me quedo sin aire y empiezo a ponerme nerviosa. El botones saca del bolsillo de su chaleco un pequeño papel blanco, que parece ser el albarán de entrega, y lo lee en voz alta.

—“Entregar en la habitación 207, planta diecisiete. Abogada Dahlia Hawthorne. Asegurar la entrega sin fallos”.

Me quedo mirando la caja, el lazo blanco y las dalias rosas completamente paralizada, delante de la puerta de la habitación. Mi mente va a mil por hora e intenta procesar lo que está viendo ante sus ojos, pero no entiende absolutamente nada de lo que está pasando.

Cojo la caja y el ramo, agradeciéndole al botones la entrega con una sonrisa. No quiero molestarle más, así que me despido y cierro la puerta con el pie, de un golpe. Me quedo apoyada en la pared un segundo, asimilando el peso de lo que tengo entre las manos.

Parece que, como la mañana siga así, voy a desayunar a las cinco de la tarde. Aunque, para ser sincera, se me ha quitado el hambre por completo. La simulación que vivo cada día de mi vida en este país da para escribir un libro.

Camino despacio hacia la cama y lo dejo todo sobre las sábanas. Me quedo pasmada, de pie frente a ellos, viéndolos en silencio.

«Es imposible», pienso, frotándome la sien. «Pero...».

Prometo que lo intento, pero a estas alturas, hacerme la tonta no me va a traer nada bueno.

¿Soy una gilipollas si creo que preguntarme ingenuamente: «¿Quién habrá sido?

¿Quién me estará enviando esto?», ¿Vale la pena?

Porque es evidente. Las flores llevan mi puñetero nombre: Dalias.

Este ramo y este paquete son obra de Keith Kudo y nadie más en todo Kioto —ni en todo Japón— haría algo así hoy, a estas horas, y menos después de lo de anoche.

La verdadera pregunta y la que me taladra el cerebro ahora mismo, es: ¿Por qué?

Ya no es solo la sorpresa de que haga algo así por la cara, que también me descoloca enormemente, sino que...

Bueno, no es la primera vez que me envía algo.

Recuerdo perfectamente que, poco después de conocernos, me envió el desayuno a casa para sacarme de mis casillas (y alimentarme de paso).

¿Será eso? ¿A lo mejor hay una caja de bollitos dentro?

Solo de pensarlo se me hace la boca agua, y mi estómago, que hace un minuto parecía cerrado por el shock, empieza a rugir.

Suelto un bufido y me cruzo de brazos, mirando la caja como si fuera a explotar en cualquier momento. A lo mejor hay una bomba.

«Bueno, Keith», digo en mi cabeza, «pues muchísimas gracias por las flores y por el tercer desayuno que me organizas en toda tu vida. A este ritmo, estás cada día más cerca de acabar convirtiéndote en mi chef privado. La cafetería mona de abajo tendrá que esperar».

Levanto la tapa de cartón con infinito cuidado, pero dentro, encima de una especie de papel grisáceo que parece seda, hay un sobre negro.

No hay nada escrito, está sellado, pero sé que es para mí.

Mis dedos, temblorosos, lo toman. Saco la carta que hay en su interior.

La caligrafía es inconfundible, porque es la misma que la de ayer por la mañana en aquella nota que me encontré en su habitación: es su letra.

Trago saliva y empiezo a leer; su voz empieza a sonar en mi cabeza con cada palabra que ha escrito a mano.

“Bala de plata,