Capítulo 23. #8
Aun así, antes de despedirme, sé que no puedo guardármelo todo. Es la única persona fuera del círculo de mi trabajo, del bufete y de todo el infierno judicial que estoy viviendo en la que me puedo apoyar. La necesito, y necesito ese cable suyo que tiene para mantenerme en tierra y no volverme loca.
—Quiero que sepas que... —digo—. Anoche vino.
Estaba distraída, pero parece que he vuelto a captar su atención.
—¿Qué? ¿Quién vino adónde?
—Keith. Se plantó en la puerta de mi habitación del hotel pasada la medianoche y me hizo poner en pausa la serie que estaba viendo. ¿Te lo puedes creer?
La boca de Nina se abre formando una "O" perfecta.
—Vino borracho —continúo—. Bueno, me dijo que había bebido una botella de sake, pero ya me entiendes. Se quedó en la puerta, junto al pasillo y... Me pidió que lo besara.
La reacción de mi amiga no se puede expresar con palabras, aunque ya me la imaginaba.
—¿PERDONA? ¡DAHLIA! —chilla—. ¡Dime que lo hiciste! ¡Dime que le abriste la puerta y lo metiste en la habitación!
—No. Le dije que no y lo eché.
—¡¿POR QUÉ?! —grita, llevándose las manos a la cabeza, completamente desesperada.
—¡Porque te he hecho caso! —me defiendo, alzando yo también la voz—. Tú siempre me dices que tengo que alejarme de él, que es el enemigo, que me va a hacer daño, ¡y te he hecho caso!
Nina resopla, poniéndose las manos en las caderas.
—Dahlia Hawthorne... Me estás volviendo loca, te lo prometo.
No puedo dejarte sola ni un segundo, eres más tonta...
No me lo puedo creer —Nina resopla y se acerca el móvil a la cara—.
Escúchame, sé perfectamente que estás queriendo darle la vuelta a la tortilla para usar mis propias palabras en mi contra para justificarte, eres muy lista.
Pero no tengo fuerzas para discutir contigo ahora mismo porque tengo unos pancakes en la sartén que se me van a carbonizar. ¿Cómo aguanto un minuto más aquí escuchando tonterías como esta? ¿Cómo no pudiste besarle? ¡Tonta!
—¡Nina! Yo jamás usaría tus palabras para justificarme, ¿por qué piensas eso?
—¡Porque es cierto! ¡No tienes que tomarte todo lo que digo palabra por palabra!
—Ah, genial. ¿Entonces hago lo contrario a lo que me digas?
—En este caso... Sí, puede ser.
—Dios... —Me llevo la mano a la frente, desesperada.
—¿¡Qué!? ¿Acaso no puedo querer un poco de fuego? Estoy harta de llorar por Makoto, necesito que al menos tú me des una alegría.
—¿Qué alegría, Nina? ¿Acostarme con el fiscal?
—Por ejemplo.
No sé por qué se me escapa una pequeña sonrisa, aunque no me hace ninguna gracia.
—¿Y si te vas a salvar tu desayuno?
—Eso, cambia de tema.
—¿Cuál tema?
—¡Joder! Mira, es igual. Dejemos el tema, me estás poniendo la cabeza como un bombo y he dormido fatal.
Mis vecinos son gilipollas y no me han dejado pegar ojo, están siempre discutiendo.
Tengo que ir a entregar un par de pedidos que han encargado para recoger en tienda, así que tengo que colgar.
Disfruta del festival, ¿vale? —Me dice, apuntándome con una espátula que acaba de coger a través de la cámara—.
Pero no te creas que te has librado de mí.
En cuanto vuelvas a Tokio, te voy a ir a recoger a la estación.
¡No pienso dejar que te secuestren otra vez sin que nos veamos primero!
—Dios te escuche, hija mía. La intención es volver esta noche, en cuanto termine de ver el desfile principal, que es al atardecer.
Después despiden el festival con fuegos artificiales, y cogeré el primer taxi que encuentre hacia la estación.
No debería preocuparme por la hora, me aseguraré de que no sea muy tarde para tener margen.
Los domingos hay servicio hasta las doce de la noche, y los fuegos son a las diez.
Después del festival, ya poco me queda por hacer aquí, y tengo que volver a trabajar mañana...
Así que... ¿Por qué no te vienes a dormir a mi casa esta noche?
Entro a las 11, así que no tenemos que madrugar.
A Nina se le ilumina la cara y asiente.
—Me parece un plan perfecto. Mamá me ha dado el día libre, así que, ¿te parece que te acompañe a la oficina? Todavía no me has presentado a tu jefe y a su asistenta.
—¡Claro que sí! Les he hablado de ti y tienen muchas ganas de conocerte.
—Decidido, entonces nos vemos en la estación. Llevaré helado y vino... Mucho vino. No vas a librarte de esto, que lo sepas. Pienso interrogarte hasta la saciedad y por primera vez, vas a ser tú la que estés al otro lado de la mesa.
—Genial —sonrío, vacilándola.
—Pero, escúchame un momento... antes de que cuelgues —El tono de Nina cambia de repente, de forma drástica.
La espátula desaparece de la pantalla y me mira con seriedad—.
Pase lo que pase hoy, y hagas lo que hagas, esta noche quiero que tengamos una conversación muy, muy seria sobre tus sentimientos.
Te lo digo de verdad, Dahlia, bromas aparte.
Un nudo vuelve a mi garganta y suspiro.
—Nina... No sé si...
—No, escúchame —me corta—. No quiero que todo esto que te está pasando con él te afecte laboralmente.
Tienes un trabajo demasiado importante, no trabajas de pastelera como yo, Dahlia.
Si yo fallo en un sabor, lo peor que puede pasar es que el cliente me ponga una mala reseña en internet y se queje de que quería un pastel de vainilla y le entregué uno de chocolate.
Pésimo servicio y ya está. Yo puedo permitirme trabajar llorando por culpa de Makoto, estar distraída y equivocarme, porque no voy a matar a nadie.
No voy a condenar a una persona por el sabor de un pastel, pero, si tú no trabajas bien...
—Continúa, mirándome a los ojos con intensidad— Si te distraes y si te dejas llevar por él y pierdes el norte, mandarán a la cárcel a alguien que no ha matado a nadie.
Eres consciente de eso, ¿verdad? El morbo de vuestra historia me puede, pero sabes que no lo pondría por encima de tu bienestar.
La culpa, la inmensa responsabilidad que tengo como abogada y la sombra de Yuko sentada en el estrado de los acusados con las esposas puestas aparecen en mi cabeza y no lo puedo borrar.
Nina tiene toda la razón del mundo, y es en lo que he estado pensando toda la noche, como si me hubiera leído el pensamiento.
Mi corazón puede estar hecho un desastre por culpa de un hombre que jamás debería haberse cruzado en mi vida, pero el de mi cliente sigue latiendo en una celda por un crimen que no cometió, esperando que yo la salve.
—Soy consciente —respondo—. Lo sé.
—Vale, pues entonces nos vemos esta noche, te quiero.
—Y yo a ti.
Cuelgo la videollamada y me quedo unos segundos mirando la pantalla en negro.
Debía haber sido una simple conversación de "¡Hola!
¿Cómo estás? ¿Vuelves mañana? ¡Pásatelo genial en el festival!
", pero no. Es lo último que necesitaba antes de salir a la calle.
Guardo el teléfono en el bolso, y decido que lo mejor para poder pasar el día tranquilo, es no hablar con nadie y desconectar.
Tengo que vestirme y arreglarme, así que vuelvo al baño y me doy una ducha rápida, sin mojarme el pelo: cinco minutos exactos.
El secador del hotel es bueno, así que, como no tengo plancha, me enrollo el cuerpo en una toalla y lo uso para hacerme un pequeño blow out usando mi salvador: el mini peine que tenía en el bolso.
He intentado hacerme un par de ondas despeinadas.
No están muy marcadas porque se me da mejor hacerlas con la plancha, pero le dan un poco de volumen a mi melena y me veo guapa, que es lo importante.
Me gusta mucho peinarme; después de tantos años, sé exactamente cómo domar mi pelo para que me quede justo como quiero.
Miro el reloj, ya son las once de la mañana.
Es tarde, lo sé, pero es que no he madrugado y voy con el tiempo justo.
Aunque conseguí conciliar el sueño anoche tras el encuentro, la verdad es que no he descansado bien.
Mi cuerpo durmió, pero mi mente seguía en guardia, agotada por todo el esfuerzo que puse en las palabras que le escupí y que sentía, pero a la vez no.
Aun así, no es mala hora para desayunar algo.
Sé que en el festival habrá muchísimos puestecitos de comida callejera, y si me propongo probarlos todos, probablemente acabaré saliendo de allí rodando.
Sinceramente, no me importa en absoluto.
Hoy quiero disfrutar de absolutamente todo lo que Kioto me ofrezca, así que desayunaré algo ligero.
Recuerdo que ayer, mientras caminaba desde los grandes almacenes hacia el hotel, vi una cafetería muy mona en una de las calles de aquí al lado. Seguro que ahí podré tomar un buen matcha antes de sumergirme en el caos y entrar en pánico porque la de ubicarme no me la sé demasiado bien.
El plan para hoy es sencillo: mandaré todas mis cosas en taxi hacia la estación para que las dejen en las taquillas, así podré volver tranquila desde donde esté y no perderé tiempo volviendo al hotel. Es un servicio que ni de coña podría hacer en Seattle porque me lo robarían todo, fíjate.
Antes de preparar la mochila, me acerco al espejo de pie que hay al lado de la cama, me quito el pijama y me pongo el vestido rosa.
Fue un acierto absoluto, y me veo guapa.
Es un look simple, pero refleja a la perfección mi estilo y resalta mi belleza.
Sé que disfrutar de mi propia compañía hoy será estrictamente necesario para poder volver mañana al bufete con la cabeza bien alta.
Me maquillo, me pongo las sandalias y empaqueto bien la tote bag con todas mis cosas: meto el vestido blanco que esperemos que nunca más acabe en la lavadora y el tendedero de Keith Kudo junto a mi ropa interior en una bolsa de plástico, para lavarla en cuanto ponga un pie en mi apartamento, y guardo con profundo rencor esos tacones de aguja que ayer casi me cuestan la vida en los jardines de Tenjuan.
Definitivamente, el outfit de hoy será infinitamente mejor y, sobre todo, menos doloroso.