El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 23. #7
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Capítulo 23. #7

Me siento en el borde del colchón y clavo la vista en la puerta. La memoria me devuelve el recuerdo del portazo que pegué anoche al cerrarla.

Keith estuvo ahí, al otro lado de esa maldita puerta, y lo eché a patadas.

«Genial, Dahlia. Estoy segura de que todo TikTok estaría orgulloso de ti. Todos los que predican que hay que mandar a tomar por culo a lo que te hace mal, a los hombres que juegan con mujeres buenas y vulnerables... Hay que ser fuertes y decirles adiós. Que les coma la miseria».

Siento decirle a esa gente, que a la única que le está comiendo la miseria, es a mí.

Me llevo las manos a la cara y suelto un suspiro mientras me froto los ojos.

Me cuesta aceptarlo. Me cuesta asimilar que el hombre más calculador, frío e inalcanzable de todo el país vino a buscarme a medianoche para decirme que quería besarme.

Pero me cuesta todavía más aceptar que yo tuve los cojones de decirle que se largara.

¿De dónde saqué el valor? ¿Cómo fui capaz de cerrarle la puerta en la cara al hombre que hace temblar todos mis cimientos, sabiendo que, si hubiera dado un paso más, me habría dejado consumir hasta quedar en cenizas?

Sé que hice lo correcto. Salvé mi integridad y salvé a Yuko, porque mantenerme sentimentalmente alejada de él, es salvarla a ella. Evité una explosión que habría dejado víctimas irreparables, pero, joder, qué vacío se siente haber hecho lo correcto. Ahora siento mi alma pesada, fría y solitaria.

Me niego a no apartar la mirada de la puerta y a quedarme sentada en esta cama compadeciéndome de mí misma o arrepintiéndome de haber sido fuerte, así que dejo caer mis pies descalzos sobre la moqueta y me pongo en pie.

Camino hacia la ventana y aparto las cortinas de un tirón.

El sol de Kioto brilla con fuerza, iluminando sus calles, y ya veo a la gente paseando y divirtiéndose.

«Qué diferente eres de Seattle», pienso.

El 17 de julio ya está aquí, el Gion Matsuri está a punto de empezar y no voy a perdérmelo escondida en esta habitación por culpa del fiscal más gilipollas del mundo.

Voy hacia el baño y me miro en el espejo. Tengo las ojeras un poco marcadas, pero no tengo pinta de ser una mujer que anoche lloró hasta quedarse dormida tras cerrarle la puerta en la cara a la peor de sus tentaciones. Estás entera, Dahlia Hawthorne, suspiro.

Cojo mi teléfono, ayer lo dejé cargando y está al cien por cien de batería.

Necesito hablar con ella y escuchar su voz antes de atreverme a salir por esa puerta, así que busco el contacto de Nina y pulso el botón de videollamada, sentándome en el borde de la cama mientras escucho el tono de FaceTime.

Nina descuelga al instante. Aparece en la pantalla con el pelo recogido en un moño despeinado, con los ojos entrecerrados mientras se frota la cara con la manga del pijama. Creo que está en la cocina.

—¡Buenos días, muñeca! —dice con voz adormilada—. ¿Cómo ha amanecido la princesa de nuevo en su casa?

No digo nada. Me acerco al teléfono, le doy la vuelta a la cámara para activar la exterior y hago un barrido enfocando la habitación del hotel: la cama deshecha, la ventana con los altos edificios de Kioto, mis bolsas de la compra tiradas en el sueño y la puerta...

la puerta. Luego vuelvo a hacer clic en la cámara interior para enfocar mi cara de nuevo.

—Buenos días —digo por fin, conteniendo la risa, esperando su reacción.

Nina parpadea un par de veces y abre los ojos de golpe, despertándose por completo. Se incorpora y frunce el ceño hacia la pantalla.

—Un momento... ese no es tu piso —suelta, directa—. Y desde luego, no parece la mansión del fiscal.

—Estás en lo cierto —respondo, encogiéndome de hombros—. No estoy en Tokio.

La cara de Nina es un poema. Empieza a entrar en pánico y casi tira el teléfono al suelo.

—¡Dahlia Hawthorne! Si no estás allí... ¿¡Sigues en casa de Kudo!? ¿Me estás llamando desde el baño para que no te oiga?

—¡No, no! Tranquila, respira —la corto de inmediato y alzo una mano para frenar lo que sea que se esté imaginando ahora mismo—. Estoy en un hotel, el que tenemos asignado los miembros de la policía de Tokio cuando tenemos que pasar la noche aquí, en la ciudad.

Nina niega con la cabeza, está confundida.

—No entiendo absolutamente nada.

Suspiro, preparándome mentalmente para el interrogatorio de tercer grado que sé que se avecina.

—Ayer tomé la decisión de quedarme un día más en Kioto, pero no quería dormir en casa de Keith. Era demasiado para mí, Nina. Fue todo muy intenso y no puedo permitir que algo así vuelva a pasar.

Nina enarca de nuevo la otra ceja con esa expresión de "no entiendo nada de lo que haces" que tan bien domina, cruzándose de brazos frente a la pantalla.

—Permitir que algo no vuelva a pasar, cariño mío, no es lo mismo que no querer que pase. Pero tú a lo tuyo.

Hago como que no he escuchado esa última frase y cambio de tema.

—He decidido no volver todavía porque hoy se celebra el Gion Matsuri.

¿Lo conoces? Yo no lo conocía, pero me lo ha explicado él, muy a mi pesar.

Me ha dicho que es el festival más importante de la ciudad y que hay desfiles de carrozas, un montón de puestos de comida tradicional, fuegos artificiales... No podía irme sin verlo, entiéndeme.

—No, amor, si entender, te entiendo. A ver, me parece estupendo que no hayas dormido en casa del señor oscuro, de verdad que sí, aplaudo esa decisión —dice Nina, asimilando la información—.

Pero... me sigue pareciendo rarísimo. ¿Por qué?

Hay un montón de festivales mejores aquí en Tokio, y podríamos ir juntas, o con los demás.

¿Por qué quieres ir sola? ¿No te da miedo?

—No, no me da ningún miedo. Y no seas así... Kioto es diferente a Tokio. ¿Nunca has estado aquí?

—Eh, sí... Sí que he estado, pero tampoco me parece nada del otro mundo. Puede que sea más tradicional que Tokio, pero en nuestra ciudad podemos ver lo mismo que allí; también tenemos los mismos templos y paisajes.

—No... No, Nina, te prometo que no. No sé por qué, pero es diferente.

—Bueno, cariño, aquí en Tokio no tenemos la mansión de 17 mil millones de yenes de ese hombre, pero creo que no es detonante suficiente como para que reniegues de tu ciudad.

—¡Nina! —le gritó, sonrojada.

—¡Es broma! ¿Qué te pasa? Estás muy tensa. Está claro que bromeo. Todos nos sentimos espiritualmente conectados con algo o alguien. Si te ha pasado con Kioto, pues déjalo ser.

—Es que... No sé por qué, pero no me quiero ir de aquí todavía.

Quiero pasear, mezclarme con la gente y descubrir algún lado de esta ciudad que esté completamente alejado del crimen del templo Katsura.

Esta ciudad es demasiado bonita como para que el único recuerdo que tenga de estas calles sea un terrible asesinato y la cara de mi cliente asustada detrás de un cristal.

Necesito hacerme creer que aquí también pueden pasar cosas buenas.

Una sonrisa pícara y afilada se dibuja en los labios de mi amiga.

—¿Cosas buenas como lo del viernes por la noche?

—No estamos hablando de esto —vuelvo a sonrojarme.

—¡Ah, pero yo quiero hablar de eso! —exclama Nina, pegándose más a la pantalla, con los ojos brillando de curiosidad—.

La última noticia que tuve de ti fue hace un día entero y ya no hemos hablado más.

El señor oscuro me está quitando a mi mejor amiga y no me respondes los mensajes.

Así que ya me puedes estar contando todo, todo, todo.

¿Qué pasó después de que colgáramos ayer? ¿Hicisteis algo?

Trago saliva y me viene de nuevo la imagen de ambos desayunando tan tranquilamente en su cocina, montándome en su coche hacia los jardines de Tenjuan, nuestra conversación en el banco de piedra y las palabras llenas de frialdad que me escupió.

Empiezo a dudar... Dudo muchísimo si contarle todo lo que viví ayer por la tarde con él.

Así que justo en ese momento, levanto la mirada hacia el reloj de pared de la habitación y veo las agujas avanzar.

Es tarde. Tengo que bajar a desayunar si no quiero que se me hagan las tantas, y tengo el estómago vacío. Si me entretengo contándole a Nina todo ese drama, nos tiraremos dos horas hablando, y no puedo.

Decido obviarlo y mantenerme en lo mismo de ayer: le contaré todo cuando vuelva a Tokio y estemos cara a cara, con una copa de vino en la mano.

—No pasó nada. Desayunamos juntos en su cocina y después, fui directa a la comisaría —miento, intentando que mi voz suene lo más creíble posible—.

Trabajé de nuevo en el caso hasta tarde, revisando las últimas actualizaciones con el inspector Oshida.

Después, vine directamente a este hotel a descansar.

Nina parpadea, no sé si me cree.

—¿Trabajar? ¿Un sábado?

Cierro los ojos un microsegundo. Mierda, he patinado. Nina sabe perfectamente que los sábados intento desconectar, a no ser que sea el mismísimo fin del mundo.

—Sí, claro —me apresuro a arreglarlo—. No tengo días de fiesta en mi trabajo, Nina. Trabajo cuando el cuerpo me lo pide y cuando el caso lo necesita.

—Sí, la noche del viernes a la mañana de ayer, trabajaste mucho con él... —dice— ¿Supongo que entonces hablasteis del caso?

«¿Hablamos del caso? Bueno, en los jardines... En los jardines sí, pero...».

—Sí, pero no sirve de nada. No me cuenta nada y yo tampoco le doy información —miento de nuevo.

—¿Me estás diciendo de verdad que has desperdiciado un sábado de descanso, después de levantarte en su casa, metida en una comisaría trabajando? —insiste.

—Sí, Nina.

Nina se me queda mirando fijamente a través de la pantalla.

Sé que no está muy convencida, la conozco demasiado bien, pero suspira y acaba creyéndome, o al menos finge hacerlo para no alargar la discusión.

Lo siento, Nina, te prometo que te lo contaré a la vuelta con todo lujo de detalles, pienso, con la culpa comiéndome por dentro.

Esto no seguirá así por mucho más tiempo; es mi mejor amiga.