El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 23. #6
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Capítulo 23. #6

—Es un hecho y una incongruencia, Hawthorne.

Debería estar en mi casa y debería darme exactamente igual si estás en este hotel o volviendo a Tokio.

Hace unas horas dejamos muy claras las reglas, si te pasa algo mañana, no me va a importar.

Sin embargo, mi cuerpo me ha traído hasta aquí... Y me molesta.

—¡Has dejado tú, claras tus putas reglas!

—exclamo—. ¡Así que dile a tu cuerpo que dé media vuelta y se vaya a la mierda!

—Siseo, apretando la mandíbula—. No soy tu experimento, Keith, ni tu entretenimiento, ni un puto juguete para cuando te aburres y no estás haciendo dinero.

No voy a quedarme aquí plantada escuchando cómo te debates entre tu superioridad moral y lo que sea que te pase por la cabeza.

—No me debato. Solo constato una realidad que me molesta.

—¡A mí me molestas tú! —doy un paso al frente, justo hasta el límite del marco de la puerta, sin llegar a cruzarlo—.

¡Me molesta que vengas a marearme! ¡Somos enemigos y estamos enfrentados!

Esta tarde me has dicho que hundirías a mi cliente sin pestañear, así que no vengas a mi puerta a medianoche a decirme que quieres besarme pero que no quieres hacerlo, porque me importa una mierda tu crisis existencial.

Keith baja la mirada un instante hacia mis labios, y vuelve a clavarla en mis ojos. Ni se inmuta ante mi enfado.

—No estoy en crisis, Hawthorne —responde con voz grave—. Solo quería comprobar si ver tu cara de nuevo solucionaba el problema.

—¿Y bien? —le reto, con el corazón latiéndome desbocado, odiando la forma en la que mi cuerpo sigue reaccionando a su presencia a pesar de todo.

—No. No lo soluciona en absoluto.

—Pues búscate otra manera de resolver tus putos problemas, porque yo no soy tu terapeuta.

—Estás desequilibrando mi balanza, Hawthorne, y eso me está irritando demasiado. Pensé que tenerte delante confirmaría que solo eres una molestia temporal o un capricho absurdo provocado por la cercanía de este último mes.

—¿Y qué soy, entonces? —escupo, retándolo con la mirada.

—No lo sé.

Suelto una risa amarga y doy un golpe seco en el marco de la puerta con la palma de la mano, anclándome en mi lado de la habitación, asegurándome de no cruzar la línea que nos separa.

—Qué lástima me das, Kudo. Vuelve a tu mansión, siéntate a oscuras frente a tu piano y supéralo.

Porque te aseguro una cosa: no voy a sobrepasar ni un solo centímetro de esta puerta.

No voy a ceder a tus juegos de poder ni a tus contradicciones de mierda.

Vete a tu casa y déjame en paz de una vez por todas.

No quieres besarme, no quieres follarme, no te importa que mañana me maten o que me caiga por la ventana de este puto hotel y me abra la cabeza, así que emborráchate en otro sitio, métete en tu coche y estámpate, si quieres.

No quiero saber nada más de ti. Olvídame en tu cama, olvídame en tu cocina y olvídame aquí mismo.

Solo vas a verme desde la distancia, a partir de ahora, uno a cada lado del estrado. ¿Te ha quedado claro?

Keith ladea la cabeza y sus ojos bajan desde los míos hasta la tela de mi pijama azul, deteniéndose en mi pecho. Cuando vuelve a mirarme, la comisura de sus labios se eleva y suelta una sonrisa que no me esperaba.

—Lo importante es que te quede claro a ti.

Aprieto los dientes, sintiendo ira.

—He dicho que te largues.

Keith asiente lentamente, da un paso hacia atrás y retrocede, alejándose de la frontera de mi habitación.

—Antes de que cierres la puerta y te convenzas de que has ganado esta conversación, no te mientas a ti misma. Me estás pidiendo que me vaya porque sabes perfectamente que si hubiera dado un solo paso hacia dentro... no serías capaz de echarme.

Y sin esperar respuesta y darme la oportunidad de defenderme, se da media vuelta.

Camina en dirección a los ascensores, dejándome plantada en la puerta, con la respiración entrecortada y la certeza absoluta de que, una vez más, el muy gilipollas acaba de quedar por encima de mí.

Con el corazón en el puño, aprieto la mandíbula hasta que me duelen los dientes. Le sostengo la mirada con frialdad cuando pulsa el botón del ascensor y se gira por última vez para mirarme.

—Vete a la mierda. No te quiero volver a ver, jamás.

Antes de que pueda responder con una sola sílaba —si tenía intención de hacerlo—, doy un paso atrás y cierro la puerta de un portazo.

El estruendo del golpe reverbera por toda la habitación, dejándome sola y a oscuras. Me quedo quieta, apoyando la espalda contra la puerta cerrada.

Él dice que no está borracho, pero yo sé perfectamente que de la boca de ese hombre calculador jamás saldrían unas palabras así si no hubiera un creciente como el alcohol corriendo por sus venas.

El sake le ha dado la excusa y el empujón necesario para vomitar ese "quiero besarte" que su mente sobria jamás habría cruzado el pasillo para admitir.

De repente, me llevo los dedos al rostro, extrañada, están mojados.

Son lágrimas. Brotan y caen, resbalando por mi cara una tras otra, incesantes, pero ni siquiera me inmuto.

No estoy sollozando, y tampoco temblando.

Me miro las manos temblorosas en la penumbra y no entiendo qué me está pasando.

Es una reacción puramente física, ajena a mi control racional.

¿Qué estúpida explicación psicológica tendrá esta mierda?

¿Qué le pasa a mi cuerpo para que mi cerebro esté aparentemente sereno mientras mis ojos son incapaces de contener el llanto?

Pero está claro que es el sentimiento de sentirme colapsada mentalmente y el peso insoportable de la represión rompiéndome por dentro.

Lloro porque sé que tiene absoluta y jodida razón.

Si Keith Kudo hubiera dado un solo paso hacia dentro de esta habitación, no habría tenido el valor de sacarlo fuera. No habría rozado ni un milímetro de su cuerpo para empujarlo al pasillo, ni habría tenido un miserable uno por ciento de ganas de que se marchara.

Si hubiera cruzado esa línea imaginaria que tanto nos empeñamos en dibujar, habría echado el pestillo de la puerta sin dudarlo.

Habría dejado que la acusación de Yuko avanzara y avanzara...

Y no iría a los juzgados. La dejaría sola, lo abandonaría todo.

Dejaría tirado a mi equipo, y me daría exactamente igual mi carrera, mis principios, el bufete y las expectativas de los demás.

Que otra abogada y otro fiscal se encarguen de todo esto, si eso significa poder quedarme encerrada entre estas cuatro paredes con él durante cien años.

Sin salir. Sin que el mundo real nos toque.

Teniendo sexo sin parar: en la cama, en la ducha, encima de la mesa, contra el armario, contra la puerta, arriba, abajo, a cuatro, a pelo, fuera, dentro...

Todo.

Esa es la verdad que me aterra y la que mi cuerpo está llorando en silencio.

Reprimirse de esta manera, obligarse a hacer “lo correcto” cuando cada célula de mi cuerpo grita lo contrario...

Quiero hacerle el amor, besarle, dejar que me destroce el corazón y que me lo haga polvo como lo está haciendo ahora mismo.

Pero que haga algo. Me da igual el qué.

He estado a una respuesta de que sucediera. Debería haber dicho: “Hazlo”.

¿Qué más da ya? ¿Qué más da, Dahlia? ¿Qué más da?

Me separo de la puerta y camino hacia la cama. Me meto dentro y empiezo a mirar el techo, sabiendo que esta noche me espera un insomnio eterno. Mi mente va a reproducir su voz grave diciendo «quiero besarte» en bucle hasta que amanezca.

No hay pastillas para dormir, ni tila, ni remedio en el mundo que pueda ayudarme a apagar el cerebro esta noche. Porque la única cura que necesitaba acaba de bajar por el ascensor.

Ni siquiera me molesto en ir al baño a lavarme la cara o a secarme el rastro húmedo de las lágrimas que todavía me manchan las mejillas. Me meto bajo las sábanas y me tapo hasta arriba, cubriéndome entera.

Cierro los ojos con fuerza y empiezo a contar.

Uno... dos... tres...

Mi corazón sigue latiendo con fuerza. Trago saliva y me obligo a concentrarme en los números.

Cuatro... cinco... seis... Hacer este estúpido ejercicio de respiración y conteo me ha funcionado en otras ocasiones de ansiedad extrema, así que rezo a lo que sea que me esté escuchando para que funcione ahora.

No quiero analizar absolutamente nada de lo que acaba de pasar.

Mi cerebro no tiene la capacidad para procesar que ese hombre ha estado hace tres minutos al otro lado de mi puerta.

Así que tomo la decisión más cobarde y a la vez más compasiva que puedo tomar conmigo misma esta noche: voy a creer que ha sido un sueño.

Una alucinación provocada por el agotamiento, el estrés del caso y la soledad de este hotel. Si lo pienso así y lo entierro en la caja de cosas que considero irreales, me dolerá muchísimo menos.

Siete... ocho... nueve...

No hay rastro de la Dahlia de Seattle. Pongo “Wildflower” de Billie Eilish.

“Valentine's Day, crying in the hotel, I know you didn't mean to hurt me, so I kept it to myself”.

Tardo un rato y me peleo contra la imagen de la silueta de su cuerpo en la luz del pasillo, pero la técnica empieza a hacer su trabajo.

Mi pecho deja de subir y bajar y la respiración se controla, recuperando un buen ritmo.

Consigo no pasar la noche en vela, y la oscuridad finalmente me arrastra, cayendo rendida y exhausta.

17 de julio, Habitación 207, Gion Matsuri

Cuando abro los ojos, la luz de la mañana ya se está colando por los bordes de las cortinas de la habitación 207.

Parpadeo, un poco desorientada durante el primer segundo, hasta que la realidad me da los buenos días y bostezo, elevando los brazos y estirándome.

Anoche me obligué a cerrar los ojos repitiéndome que todo había sido una alucinación. Quería convencerme de que era una fantasía retorcida, pero ahora que me he despertado, puedo decir en voz alta que no fue un sueño.