Capítulo 23. #5
Su última frase me sienta como un puñetazo en el estómago...
Como el mazo del juez dándome en medio del pecho, con muchísima fuerza.
Se me hace un nudo en la garganta tan grande que apenas me deja respirar.
También es mi amiga, es cierto, y antes de que Nina apareciera en mi vida, solo la tenía a ella.
Me está ayudando a aprender el idioma, me ha enseñado Tokio, hemos ido de compras juntas, cocinado juntas...
Soy una hipócrita. Sé que el hecho de que esté tan cerca de Takumi e involucrada también en el caso es la razón por la cual no puedo abrirme a ella igual que lo hago con Nina, pero, de alguna manera, no me hace sentir mejor y creo que no es excusa.
Soy una idiota, y sé que las consecuencias serán horribles, por eso esto tiene que acabar ya.
—Yo también confío en vosotros, Mina —miento—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuelgo la llamada y dejo caer el teléfono sobre el edredón. La sonrisa que he fingido durante toda la llamada tras el teléfono desaparece de mi cara y una tristeza inmensa se apodera de mi corazón.
Vuelvo a mirar la pantalla en pausa de la televisión y mis ojos se llenan de lágrimas por la impotencia.
No es cierto, no confío en ellos lo suficiente como para contarles la verdad, y no puedo confiar en los demás tanto como lo hago en mí misma, o en Nina, por una razón muy simple: el tema de Keith es una bomba de relojería que llevo pegada al cuerpo y el contador va dando marcha atrás, a medida que los días avanzan.
Si no logro desactivarla a tiempo y acaba explotando... lo reducirá todo a escombros. Destruirá mi credibilidad como abogada, pondrá en peligro a Yuko y, lo que más me duele, le romperá el corazón en mil pedazos a Takumi, a Mina y a todos los que de verdad me importan.
“¿Cómo has podido involucrarte emocionalmente con ese hombre?
Te creía más astuta, Dahlia. Te contraté en mi bufete porque eres una buena abogada, y una buena persona.
Te abrí mi corazón y te expliqué el caso en el que me enfrenté a Kudo porque quería que supieras el daño que es capaz de hacerle a cualquiera.
¿Cómo has podido hacerme esto? No te importo.
Ese hombre me hizo renunciar a la abogacía y has dejado que te utilice y te seduzca... Jamás debí confiar en ti. Has perdido el caso, han encarcelado a Yuko, y no has vuelto a verle. ¿Te esperabas que fuera diferente?”
La voz de Takumi escupiéndome estas palabras a la cara se apodera de mi mente y me llevo las manos a las orejas, tapándolas y sacudiendo la cabeza de un lado a otro, suplicando que pare, pero la ansiedad ya ha aparecido, y tengo que hacer que se vaya.
Ni siquiera he sido capaz de contarle a mamá todo esto. A ella, que me ha criado y que me está esperando al otro lado del mundo.
No tiene ni idea por lo que está pasando su única hija.
Quito las manos de los oídos, abrazo de nuevo mis rodillas con más fuerza y escondo la cara entre ellas. Necesito que esto acabe ya, que el juicio pase, que la sentencia se dicte, poder ser feliz y dejar de mentir a la gente que me ha tendido la mano desde que llegué a Japón.
Pero es que... No puedo, no puedo, no puedo, no puedo, no puedo.
No puedo arrancarme de la cabeza sus ojos verdes, ni la forma en la que me mira, ni sus brazos tatuados recorriéndome la espina dorsal y tocándome el pelo por la espalda cuando lo tengo cerca. No puedo.
Solo quiero que me bese de una vez.
«¿Por qué a mí...?», pienso.
Intento racionalizar la situación, pero, de repente, alguien toca con fuerza la puerta de la habitación con el puño de la mano dos veces. El ruido me asusta y me alerto, frotándome la cara con la mano para limpiar las lágrimas.
¿Quién será? A lo mejor han venido a buscar la plata de la cena y los platos, no he pedido nada más al servicio de habitaciones, así que tiene que ser eso.
No creo que sea nadie que quiera hacerme daño, ¿no? Se me pasa por la cabeza, fruto de la ansiedad, aun sabiendo que no es real.
Me desubico por segundos. Este hotel tiene cámaras de seguridad por todos los pasillos y es imposible subir en los ascensores sin una tarjeta magnética válida.
Nadie puede acceder a las plantas más altas sin permiso, ni por casualidad.
Además, creo que hay más policías de otras prefecturas del país hospedados en esta planta.
¿Quién me estará buscando a mí a estas horas?
Tiene que ser algún trabajador del hotel, quizás ha pasado algo y quieren contactar conmigo.
Giro ligeramente la cabeza hacia la mesita de noche y veo el reloj digital marcando las 00:03.
Ya es diecisiete de julio.
17 de julio, Habitación 207
Los golpes siguen y hacen retumbar las paredes. Es evidente que alguien está al otro lado esperando impaciente a que abra, y con esa agresividad, empiezo a pensar que, si fuera el servicio de habitaciones o seguridad por algún asunto importante, no golpearían la jodida puerta con tanta brusquedad.
Hago el intento de abrir la boca para gritar que pare y preguntar quién cojones es, pero tengo la voz completamente cortada, como si las palabras se me hubieran hecho un nudo y hubiera perdido la voz.
Me levanto de la cama y camino lentamente hacia la puerta, poniendo un pie delante del otro sobre la moqueta para no hacer el más mínimo ruido hasta quedarme pegada frente a ella.
Me quedo totalmente inmóvil, conteniendo la respiración y con el pecho subiendo y bajando erráticamente detrás de la tela de mi pijama azul.
Los golpes han parado y se ha hecho el silencio, pero...
Sé que sigue ahí, detrás de la puerta. Puedo sentir su presencia al otro lado junto a su aliento casi traspasar la puerta.
—Sé que estás detrás de la puerta, Hawthorne.
Se me hiela la sangre en las venas y las rodillas casi me fallan.
Esa voz. Esa maldita voz profunda, raspada e inconfundible.
Es él.
Es Keith.
—¿Qué haces aquí? —pregunto.
—¿Puedes abrir la puerta?
—No —trago saliva, cerrando los ojos con fuerza—. Vete.
—No te lo voy a repetir otra vez, Hawthorne. Abre la puerta.
El pánico choca con mi pecho y levanto la mano, temblando. Rodeo el pomo de metal —está frío— con los dedos, pero... cuando estoy a punto de girarlo, me paralizo.
—No puedo... —Le digo, con la frente apoyada en la madera—. No puedo hacerlo, vete.
Se hace el silencio y pasan dos segundos, tres, cinco, diez...
Cuento cada latido de mi corazón. Veinte segundos.
Treinta. No hay respuesta, y no escucho nada al otro lado, pero sé que no se ha ido.
Tengo la puerta a apenas un milímetro de ceder bajo mi mano, y el tiempo corre, ahogándome en la oscuridad de la habitación sin que ninguno de los dos se mueva.
Pasan tres malditos minutos enteros en un silencio sepulcral.
—Ábreme, bala de plata.
Y entonces, sin dudarlo ni un solo segundo más, giro el pomo y tiro de la puerta hacia atrás.
Ahí está.
Vestido de negro otra vez, con una chaqueta de cuero que no le había visto antes. Lleva el pelo semirecogido hacia atrás, aunque dos mechones le caen sobre las mejillas y me impiden distinguir bien sus ojos. Está cabizbajo, ligeramente encorvado hacia delante...
Me detengo en sus facciones afiladas, en sus pestañas largas y en sus labios carnosos, algo rojizos, como si se los hubiera mordido.
Una ráfaga de aire desde el pasillo me trae su olor: su perfume mezclado con alcohol.
Ha bebido. Aun así, su postura se mantiene firme y rígida; no parece estar demasiado borracho y, si lo está, lo disimula muy bien.
Está plantado delante de mí y no dice nada, solo eleva la cabeza y me mira. Nos quedamos mudos.
Mi corazón va a mil por hora. ¿Por qué estás aquí?, quiero preguntarle, pero sé que no hace falta abrir la boca. Se lo estoy preguntando con la mirada.
Sé que mi expresión es seria, pero también sé que estoy triste y lo sabe porque me está mirando fijamente y se está viendo reflejado en mis ojos.
Me está envolviendo la oscuridad de la habitación 207 porque he apagado las luces antes de poner la serie y apenas entra un suspiro de la luz de la luna por un huequito de las cortinas; mientras que a él lo ilumina de lleno la luz anaranjada del pasillo del hotel.
No hablamos, ni nos decimos nada. Solo nos miramos, hasta que Keith, finalmente, rompe el silencio.
—Quiero besarte, Hawthorne.
Abro los ojos de par en par y la respiración se me corta en seco.
—¿Qué...?
Keith no aparta sus ojos verdes de los míos.
—Quiero besarte, ahora, bala de plata.
El calor me sube por la vena del cuello y agarro el borde de la puerta, clavando las uñas en la madera.
—Estás borracho —digo, buscando la lógica a lo que está pasando.
—Jamás me plantaría ante ti borracho para pedirte esto —replica—. Es solo sake, el más caro de Kioto.
—Me da igual, vete —le ordeno—. No sabes lo que dices.
—Si hay una cosa que tengo muy clara, es que estoy muy seguro siempre de lo que digo, fuera y dentro del juzgado.
Levanto la barbilla, negándome a retroceder o a dejarme engatusar por él.
—Pues vete al juzgado a decir tonterías, porque yo no tengo ningunas ganas de escucharlas.
Ninguno de los dos se mueve. Él no da un paso hacia dentro, y yo no doy un paso hacia atrás.
—He acabado aquí y te acabo de decir que quiero besarte, pero no sé por qué —continúa—. Aunque no quiero hacerlo, tampoco quiero que tú lo hagas. Qué redundancia... Ahora que estoy frente a tu puerta, supongo que ya no hay vuelta atrás.
Me quedo paralizada. Sus palabras son un jarro de agua helada, pero a la vez encienden una chispa de rabia en mi pecho.
Es el fiscal más inteligente del país, el hombre que tiene respuesta para absolutamente todo, y me está diciendo en la cara que es víctima de una contradicción que no logra resolver: querer besarme.
—¿No sabes por qué? —repito. La tristeza que asomaba en mis ojos desaparece, y la reemplazo por indignación—. Sí que hay vuelta atrás. Coge el ascensor, métete en tu puto coche de mierda, y vete a tu casa. ¿Entiendes mi idioma, o quieres que te lo diga en el tuyo?