El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 23. #4
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Capítulo 23. #4

Pero antes de salir del cuarto de baño, me envuelvo en una de esas toallas blancas y mullidas que solo tienen los buenos hoteles.

Con la mano, limpio un círculo en el espejo empañado para poder mirarme.

Tengo las mejillas encendidas por el calor del agua y los ojos un poco brillantes.

Suspiro. Saco de la bolsa de mis compras los algodones y el botecito de agua micelar, y me desmaquillo con cuidado, retirando los restos del colorete y pintalabios que me puse esta mañana en...

Bueno, en su casa. Me lavo la cara con agua fría para terminar de despejarme, me la seco a toques y enchufo el secador de la pared para quitarme la humedad del pelo.

Cuando termino, rebusco en el fondo de mi bolso y mis dedos tropiezan con algo de plástico. Lo saco y me lo quedo mirando. Es un mini peine plegable.

Un mini peine que ha estado ahí metido todo el maldito tiempo.

Dejo escapar una risa que rebota en las paredes del baño.

Me pasé la mañana entera paseándome por la mansión de Keith Kudo, usando su lavabo y robándole el cepillo con el pelo alborotado y enredado como si acabara de sobrevivir a un huracán, cuando tenía esto a escasos centímetros.

Vaya tela. Me desenredo los mechones negando con la cabeza, rindiéndome ante lo absurdo de la situación.

De vuelta en la habitación, me pongo el pijama azul clarito con corazones blancos; es tan bonito.

La tela de algodón acaricia mi piel limpia y, justo cuando termino de abrocharme el último botón de la camisa, las tripas me rugen y me asusto, llevándome la mano al estómago.

Claro, no he comido nada desde este mediodía, desde que almorcé con ese inútil en el templo y mastiqué sin ganas y con el corazón revuelto.

Me acerco al teléfono de la mesita de noche y marco el número del servicio de habitaciones.

Pido algo ligero para cenar: una ensalada y un buen tazón de sopa de miso bien caliente con noodles.

No tardan ni veinte minutos en llamar a la puerta.

El camarero entra con un carrito y, para mi sorpresa, además de lo que he pedido, han incluido un platito con fruta fresca cortada y unos dulces tradicionales de cortesía por parte de la gerencia.

Les doy las gracias, firmo la cuenta y cierro la puerta, echando el pestillo.

Ahora sí, no me mueve de aquí ni un terremoto.

Me subo a la cama, cruzando las piernas sobre el edredón y acerco la bandeja.

La sopa de miso está deliciosa y me llena el estómago al instante. Mientras ceno, enciendo la televisión que hay frente a la cama, entro en mi cuenta de Netflix y no dudo ni un segundo en qué poner: la segunda temporada de Miércoles.

Doy el primer sorbo a la cuchara mientras la inconfundible sintonía de la serie se escucha por toda la habitación.

Dejo escapar una sonrisa. Ese estúpido fiscal no tiene ni idea de cultura audiovisual, por mucho que se las dé de cinéfilo.

Aunque... El simple hecho de recordar el tono de su voz comparándome con Jenna Ortega hace que me sonroje.

Siento el calor subiendo a los mofletes y me obligo a centrar la vista en la pantalla.

¿De verdad hay algo de Dahlia Hawthorne en el personaje más icónico de Tim Burton?

Muerdo un trozo de sandía y lo pienso. Sinceramente, no lo creo.

Somos de dos mundos completamente opuestos.

Ella es oscuridad y yo me visto con vestidos blancos largos con las piernas al aire.

Mi pelo es rubio como el sol y mis ojos verdes se parecen a las hojas de los girasoles que mamá plantaba en el jardín de casa.

Ella es morena y sus ojos son oscuros y penetrantes, pero...

Viéndola pasearse por la pantalla, dirigiéndose a cualquiera que se cruce en su camino con sarcasmo y luchando de esta manera tan noble por hacer justicia y salvar a los que quiere...

tengo que admitir que, me hace replantearme mi primer pensamiento.

Si lo miro así, en ese aspecto, sí que parece que Burton se haya fijado en mí para crearla.

Las dos tenemos un carácter de mierda, es cierto.

Y compartimos esa actitud fría y evitativa que me nace de golpe cuando me siento acorralada y no quiero saber nada de nadie.

Supongo que son las barreras que construimos ambas para que no nos hagan daño.

Y, sobre todo, está claro que compartimos el mismo sentido inquebrantable de la justicia y la necesidad obsesiva de no dejar ningún misterio sin resolver, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Me llevo un trozo de piña a los labios y miro el móvil a lo lejos, encima de la mesita de noche, sin desbloquear. Es como si a través del protector de pantalla pudiera ver su cara...

—A lo mejor no tienes tan mal ojo, Kudo —murmuro en voz alta, en la soledad de la habitación.

De repente, la pantalla se ilumina y empieza a vibrar, interrumpiendo de golpe el diálogo que están teniendo Morticia y Miércoles. Busco rápidamente el mando que se ha perdido entre las sábanas, y pongo el capítulo en pausa. Es Mina, me está llamando.

Suelto el aire retenido en un suspiro y parpadeo, aliviada, porque sé que si es ella quien me llama, no tengo tanto que temer. Si en esa pantalla hubieran aparecido los nombres de Takumi o Fukuda, creo que habría lanzado el móvil por la ventana sin pensarlo dos veces.

Deslizo el dedo para descolgar y me llevo el teléfono a la oreja, observando el precioso rostro de Catherine Zeta—Jones en la TV.

—¿Mina? —contesto, intentando que mi voz suene lo más casual posible.

—Dahlia, por Dios —responde. Es la primera vez desde que la conozco que la noto ligeramente mosqueada, pero tiene un tono de voz tan dulce por naturaleza que es casi imposible creer que te está regañando—.

Oshida nos acaba de llamar. Nos ha contado que lo del fiscal Kudo en la estación fue todo un malentendido y que pasaste la noche con tu amiga Nina.

Pero... ¿Por qué no nos has dicho nada tú?

Estamos desesperados por verte, te fuiste a Kioto por trabajo, ¿lo recuerdas?

Y no hemos vuelto a saber de ti. ¿Dónde estás?

Me encojo un poco sobre mí misma, abrazando mis rodillas contra el pecho. La culpa me muerde el estómago porque tiene toda la razón del mundo.

—Lo sé, Mina, y de verdad que lo siento muchísimo.

Cuando Kudo me quitó el teléfono y le dijo a Oshida que estábamos juntos, me bloqueé.

Ese hombre me tiene un pelín traumatizada, ya lo sabes.

Es imbécil... Entré en pánico solo de pensar que tenía que explicarle a Takumi que me había cruzado con él y lo que había hecho.

Fue un descuido imperdonable por mi parte no llevar un cargador en el bolso, te lo juro, pero no pude cargar el móvil antes.

No tenía pensado pasar la noche en Kioto, pero, cuando perdí el tren, por suerte Nina estaba aquí y me ofreció un techo donde dormir.

Mina se queda en silencio un par de segundos, no sé si me ha creído, pero no puedo inventarme algo mejor. Como le he hablado de Nina varias veces desde que nos conocimos en Tokio, sabe quién es y, si tengo suerte, la historia debería encajarle. Es mi coartada perfecta.

—Te entiendo, Dahlia, de verdad que sí —suspira—. Sé lo difícil que es lidiar con alguien como ese fiscal, pero tienes que reflexionar sobre esto. No puedes actuar así y desaparecer... Nos has tenido muy preocupados a todos, no sabíamos qué pensar.

—Lo sé. Soy una estúpida. ¿Takumi está muy enfadado?

—No, no te preocupes. Hiroshi no está enfadado, está aliviado de que estés a salvo —me asegura—. Pero eso no significa que no quiera hablar contigo cuando os veáis. Va a querer que le expliques exactamente qué pasó en esa estación.

Asiento lentamente, aunque ella no pueda verme.

—Lo entiendo. Hablaré con él cuando vuelva a Tokio, pero voy a aprovechar que tengo el fin de semana libre para quedarme aquí en Kioto con Nina y ver el festival, espero que no os importe.

—Hmm... Me parece bien. Son tus días libres, y al menos esta vez sabemos que estás allí. Te vendrá bien desconectar del trabajo un par de días —dice con cariño—. Pero cuídate esa cabeza, algún día te harás daño como sigas así. Pásalo bien y descansa.

—Gracias, Mina. Oye, antes de despedirnos, ¿cómo está Fukuda? —pregunto, queriendo desviar un poco el tema—. ¿Cómo sigue del accidente de coche?

Suelta una risita que me hace sonreír y me descomprimo un poco.

—Físicamente va mejorando, pero como paciente es insoportable.

No para de pedirle el alta voluntaria a las enfermeras, pero el médico se niega en rotundo a dársela hasta que no termine las pruebas de la contusión.

Es un caso perdido... Y prepárate, porque él también quiere hablar contigo cuando vuelvas.

Mierda. Fukuda no tiene el tacto de Takumi ni la comprensión de Mina, él es como un perro sabueso. Estoy jodida.

—Genial. Haré cola para los sermones —bromeo, intentando quitarle hierro al asunto.

—Te los has ganado a pulso, cariño —replica, aunque se nota que ya no está molesta—. Bueno, te dejo que descanses. Y, por cierto...

—¿Sí?

—Confío en ti. Confío en ti como abogada y como mujer, no es la primera vez que te lo digo, así que espero de corazón que tú también lo hagas con nosotros. Somos un equipo, y sabes que cualquier cosa que necesites, estoy para ti, también soy tu amiga, Dahlia, no solo una compañera de trabajo.